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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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La clara luz rosada del amanecer arrancaba destellos de las ramas, las hojas y las piedras. Todas las briznas de hierba parecían talladas en esmeraldas, cada gota de agua se había transformado en un diamante. Las flores y las setas parecían recubiertas de cristal. Hasta los charcos de barro tenían un brillo castaño. Entre el follaje deslumbrante, las tiendas negras de sus hermanos también parecían envueltas en una fina película de hielo.

«Así que también hay magia más allá del Muro.» Se descubrió pensando en sus hermanas, quizá porque había soñado con ellas la noche anterior. Sansa diría que aquello era un encantamiento y se le llenarían los ojos de lágrimas ante el maravilloso espectáculo, mientras que Arya saldría corriendo entre gritos y risas, y querría tocarlo todo.

—¿Lord Nieve? —oyó.

Era una voz suave y tímida. Se volvió.

Encima de la roca que le había dado refugio durante la noche estaba la cuidadora de los conejos, acuclillada, envuelta en una capa negra tan grande que se perdía en su interior. «La capa de Sam —comprendió Jon al instante—. ¿Por qué lleva la capa de Sam?»

—El gordo me dijo que os encontraría aquí, mi señor —siguió la chica.

—Si has venido a por el conejo, nos lo comimos. —Aquella confesión lo hizo sentir ridículamente culpable.

—El viejo Lord Cuervo, el del pájaro que habla, ha regalado a Craster una ballesta que vale cien conejos. —Cruzó los brazos sobre la hinchazón de su vientre—. ¿Es verdad, mi señor? ¿Sois hermano de un rey?

—Hermanastro —reconoció—. Soy el bastardo de Ned Stark. Mi hermano Robb es el Rey en el Norte. ¿Qué haces aquí?

—El gordo, Sam, me dijo que viniera a veros. Me dio su capa para que nadie se fijara en mí.

—¿Craster no se enfadará contigo?

—Mi padre bebió ayer mucho vino de Lord Cuervo. Dormirá prácticamente todo el día. —Su aliento se condensaba en el aire en nubecillas nerviosas—. Dicen que el rey hace justicia y protege a los débiles. —Empezó a bajar de la roca con torpeza, porque el hielo la había vuelto resbaladiza, y patinó. Jon la agarró antes de que cayera y la bajó al suelo. La mujer se arrodilló en el suelo helado—. Os lo suplico, mi señor…

—No me supliques nada. Vuelve a tu casa, no deberías estar aquí. Nos han ordenado que no habláramos con las esposas de Craster.

—No tenéis que hablar conmigo, mi señor. Pero llevadme con vos cuando os vayáis, es lo único que os pido.

«Lo único que me pide —pensó—. Como si no fuera nada.»

—Si queréis, seré vuestra esposa. Mi padre tiene diecinueve, no le pasará nada por perder una.

—Los hermanos negros juran no tomar esposa, ¿no lo sabías? Además, somos invitados en la casa de tu padre.

—Vos no —dijo ella—. Os he observado. No habéis comido de su mesa, ni dormido junto a su hoguera. No os ha tratado como a un invitado, así que no le debéis nada. Tengo que irme, es por el bebé.

—Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Él me llama Elí. Por la flor, el alhelí.

—Es muy bonito. —Se acordó de que Sansa le había dicho en cierta ocasión que debía decir eso cuando una dama le dijera su nombre. No podía ayudarla, pero quizá le agradase la cortesía—. ¿Quién te da miedo, Elí? ¿Craster?

—Es por el bebé, no por mí. Si fuera una niña no sería tan grave, la dejaría crecer unos años antes de casarse con ella. Pero Nella dice que va a ser niño, y ella ha tenido seis, entiende de estas cosas. Los niños los entrega a los dioses cuando viene el frío blanco, y últimamente viene mucho. Por eso empezó a entregarles las ovejas, aunque le gusta el cordero. Pero ya no quedan ovejas, y luego serán los perros, y luego… —Bajó los ojos y se acarició el vientre.

Jon recordó que en el Torreón de Craster no había visto niños, ni tampoco hombres aparte del propio Craster.

—¿Qué dioses?

—Los dioses fríos —dijo—. Los de la noche. Las sombras blancas.

Y de repente Jon volvió a encontrarse en la Torre del Lord Comandante. Una mano cortada le trepaba por la pantorrilla, y cuando la pinchó con la punta de su espada larga, cayó agitándose, abriendo y cerrando los dedos. El hombre muerto se puso en pie, con los ojos azules brillando en el rostro abotargado e hinchado. De la gran herida del vientre le colgaban jirones de carne desgarrada, pero no sangraba.

—¿De qué color tienen los ojos? —preguntó.

—Azules. Brillantes como estrellas azules, e igual de fríos.

«Los ha visto —pensó—. Craster mintió.»

—¿Me llevaréis con vos? Sólo hasta el Muro…

—No vamos hacia el Muro. Vamos hacia el norte, en busca de Mance Rayder y esos Otros, esos espectros blancos. Los estamos buscando, Elí. Tu bebé no estaría a salvo con nosotros.

—Pero volveréis. —El miedo se reflejó en el rostro de la chica—. Cuando acabéis de hacer la guerra, volveréis a pasar por aquí.

—Es posible. —«Si es que queda alguno con vida»—. Eso lo tiene que decidir el Viejo Oso, el que tú llamas Lord Cuervo. Yo no soy más que su escudero, no elijo qué ruta vamos a tomar.

—Entiendo. —Jon percibió el sentimiento de derrota en su voz—. Siento haberos molestado, mi señor. Yo sólo quería… dicen que los reyes cuidan de las personas, y pensé… —Salió corriendo, desesperada, con la capa de Sam ondulando a su espalda como unas enormes alas negras.

Jon la miró alejarse, perdida ya toda su admiración ante el amanecer cristalino. «Maldita sea —pensó con resentimiento—, y maldito sea Sam por enviármela. ¿Qué pensaba que podía hacer por ella? Estamos aquí para luchar contra los salvajes, no para salvarlos.»

Los hombres de la Guardia empezaban a salir de sus refugios, se desperezaban y bostezaban. La magia se había esfumado, el brillo del hielo volvía a ser rocío vulgar a la luz del sol naciente. Alguien había encendido una hoguera, y hasta él llegaba el olor de la leña ardiendo entre los árboles, junto con el aroma ahumado de la panceta. Jon cogió su capa y la estampó contra la roca para romper la fina capa de hielo que se había formado durante la noche. Luego se ciñó a Garra. Unos metros más adelante meó contra un arbusto helado, su orina levantó una nube de vapor en el aire frío y derritió el hielo del suelo. Luego se anudó los calzones de lana negra y se guió por el olfato.

Grenn y Dywen estaban entre los hermanos que se habían reunido en torno a la hoguera. Hake tendió a Jon un trozo de pan desmigado y relleno con panceta quemada y pescado salado calentado en la grasa de la panceta. Lo devoró mientras oía a Dywen alardear de que se había acostado con tres de las mujeres de Craster aquella noche.

—Es mentira —dijo Grenn con el ceño fruncido—. Yo lo habría visto.

—¿Tú? —Dywen le dio una colleja de revés—. ¿Ver algo tú? Si estás más ciego que el maestre Aemon. Ni siquiera viste al oso.

—¿Qué oso? ¿Hubo algún oso?

—Siempre hay un oso —declaró Edd el Penas en su habitual tono de resignación pesimista—. Cuando yo era pequeño un oso mató a mi hermano. Más adelante yo llevé sus dientes al cuello en una bolsita. Y eran buenos dientes, mejores que los míos. A mí los dientes no me han dado más que problemas.

—¿Sam durmió en el Torreón anoche?

—Dormir, lo que se dice dormir… El suelo es duro, la paja huele mal, y mis hermanos roncan como animales. Ya que hablamos de osos, ninguno tiene un gruñido tan fiero como el de Bernarr el Moreno. Por la noche se me subieron encima varios perros. Ya tenía la capa casi seca cuando uno me meó encima. O quizá fue Bernarr el Moreno. ¿Te has fijado en que la lluvia cesó en el momento en que tuve un techo sobre la cabeza? Ahora que vuelvo a estar fuera, empezará de nuevo. A los dioses y a los perros les encanta mearme encima.

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