Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Jon silbó. El lobo huargo engulló el conejo después de triturar los huesecillos con los dientes, y trotó hacia él. La mujer los miró con ojos nerviosos. Era más joven de lo que le había parecido a primera vista. Calculó que tendría quince o dieciséis años, con el pelo oscuro pegado por la lluvia a un rostro demacrado, descalza y hundida en el barro hasta los tobillos. El cuerpo que se adivinaba bajo las pieles cosidas mostraba las primeras señales del embarazo.
—¿Eres una de las hijas de Craster? —preguntó.
—Ahora soy su esposa —dijo la muchacha poniéndose una mano sobre el vientre. Se arrodilló junto a la conejera rota con tristeza—. Iba a aparear a los conejos. Ya no quedan ovejas.
—La Guardia los pagará. —Jon no tenía dinero, de lo contrario se lo habría dado… aunque tampoco sabía de qué le iban a servir unas monedas de cobre, o incluso de plata, al otro lado del Muro—. Mañana por la mañana hablaré con Lord Mormont.
—Mi señor. —La muchacha se limpió las manos con las faldas.
—No soy ningún señor.
Llegaron otros hermanos negros, atraídos por los gritos de la mujer y por el destrozo de la conejera.
—No le hagas caso, chica —gritó Lark de las Hermanas, uno de los exploradores más desagradables—. Estás hablando con Lord Nieve en persona.
—Bastardo de Invernalia y hermano de reyes —se burló Chett, que había dejado a los perros para enterarse de lo que pasaba.
—Parece que ese lobo te mira con cara de hambre —dijo Lark—. A lo mejor quiere probar un bocado de esa barriguita tierna que tienes.
—La estáis asustando. —A Jon aquello no le hacía ninguna gracia.
—Todo lo contrario, la estamos avisando. —La sonrisa de Chett era tan fea como los forúnculos que le cubrían casi toda la cara.
—No podemos hablar con vosotros —recordó la muchacha de repente.
—Espera —dijo Jon, demasiado tarde.
La chica se dio media vuelta y echó a correr. Lark fue a coger el segundo conejo, pero Fantasma fue más rápido. Cuando le enseñó los dientes, el de las Hermanas resbaló en el lodo y cayó sentado sobre su huesudo trasero. Los demás se echaron a reír. El lobo huargo cogió el conejo con la boca y lo depositó ante su amo.
—No hacía falta asustar a la chica —les dijo Jon.
—No acepto reprimendas de ti, bastardo. —Chett culpaba a Jon de la pérdida de su cómodo puesto al lado del maestre Aemon, y no sin motivo. Si no hubiera ido a hablar a Aemon de Sam Tarly, Chett seguiría cuidando del anciano ciego, en vez de una manada de iracundos perros de caza—. Puede que seas el cachorrito del Lord Comandante, pero no eres el Lord Comandante, y si no tuvieras a esa fiera siempre cerca no serías tan osado.
—No pelearé contra un hermano mientras estemos al otro lado del Muro —respondió Jon, con un tono más seco del que pretendía.
—Te tiene miedo, Chett. —Lark se incorporó sobre una rodilla—. En las Hermanas tenemos un nombre para la gente como él.
—Ya me sé todos los nombres, ahorra saliva.
Se alejó seguido de Fantasma. La lluvia ya no era más que una ligera llovizna cuando alcanzó la puerta de entrada. Pronto llegaría el ocaso y después otra noche oscura, húmeda, deprimente. Las nubes ocultarían la luna, las estrellas y la Antorcha de Mormont, y la negrura de los bosques sería impenetrable. Hasta mear se convertiría en una aventura, aunque no de las que Jon Nieve había imaginado.
Entre los árboles, algunos exploradores habían encontrado suficiente mantillo y leña seca para encender una hoguera debajo de un saliente de piedra. Otros habían plantado tiendas o se habían preparado refugios rudimentarios extendiendo las capas sobre las ramas más bajas. Gigante se había metido en el tronco hueco de un roble muerto.
—¿Qué opinas de mi castillo, Lord Nieve?
—Parece cómodo. ¿Sabes dónde está Sam?
—Sigue en esta misma dirección. Si llegas hasta el pabellón de Ser Ottyn es que te has pasado. —Gigante sonrió—. A no ser que Sam también haya encontrado un árbol. Menudo árbol tendría que ser.
Al final fue Fantasma el que encontró a Sam. El lobo huargo salió disparado como un dardo de la ballesta. Sam estaba alimentando a los cuervos bajo un saliente de roca que lo protegía en cierto modo de la lluvia. Se oía un chapoteo cada vez que se movía.
—Tengo los pies calados —dijo con tristeza—. Cuando me bajé del caballo, me metí en un agujero hasta las rodillas.
—Quítate las botas y sécate los calcetines. Iré a buscar leña seca. Si la tierra no está mojada bajo la roca, a lo mejor podemos encender una hoguera. —Jon le enseñó el conejo—. Y nos daremos un banquete.
—¿No tienes que atender a Lord Mormont en el Torreón?
—Yo no, pero tú sí. El Viejo Oso quiere que dibujes un mapa. Craster dice que nos va a señalar dónde está Mance Rayder.
—Ah. —Sam no parecía muy deseoso de conocer a Craster, aunque eso implicara refugiarse de la lluvia junto a una hoguera.
—Pero dijo que antes podías cenar. Sécate los pies. —Jon fue a buscar leña, escarbando entre las ramas caídas para aprovechar las que estaban abajo, más secas. También quitó capas de musgo mojado hasta encontrar otras que sirvieran de incendaja. Pese a todo, tardó siglos en conseguir que la chispa prendiera. Colgó la capa de la roca para que la lluvia no afectara a su hoguerita humeante, con lo que quedaron en el interior de un agradable refugio.
Se arrodilló para despellejar el conejo mientras Sam se quitaba las botas.
—Me parece que me está creciendo musgo entre los dedos —declaró con tristeza mientras los movía—. Seguro que el conejo está bueno. Ni siquiera me importa lo de la sangre y eso. —Apartó la vista—. Bueno, sólo un poco.
Jon ensartó el conejo en un palo a modo de espetón, puso un par de piedras a ambos lados de la hoguera y colocó el palo sobre ellas. El conejo era un animal escuálido, pero mientras se asaba olía como el banquete de un rey. Los otros exploradores les lanzaban miradas de envidia. Hasta Fantasma lo contemplaba con ojos hambrientos y olisqueaba el aire mientras las llamas se reflejaban en sus ojos rojos.
—Ya te has comido el tuyo —le recordó Jon.
—¿Ese Craster es tan salvaje como dicen los exploradores? —preguntó Sam. El conejo estaba poco hecho, pero sabía de maravilla—. ¿Cómo es su castillo?
—Un vertedero con techo y una hoguera para cocinar.
Jon contó a Sam lo que había visto y oído en el Torreón de Craster. Cuando concluyó su narración, afuera la oscuridad era ya absoluta, y Sam se estaba lamiendo los dedos.
—Estaba rico, pero ahora me gustaría comer una pierna de cordero. Una pierna entera, sólo para mí, con salsa de menta, miel y clavos. ¿Tenían corderos ahí?
—He visto un redil, pero no había ovejas.
—¿Y cómo alimenta a todos sus hombres?
—Tampoco he visto a ningún hombre. Sólo a Craster, sus esposas y unas cuantas niñas. No sé cómo se las arregla para defender el Torreón, lo único que tiene es un dique de barro. Bueno, más vale que vayas a dibujar ese mapa. ¿Sabes por dónde es?
—Si no me caigo en el barro… —Sam se volvió a poner las botas, cogió pergamino y plumas, y salió a la noche, mientras la lluvia empezaba a repiquetear contra su capa y las alas de su sombrero.
Fantasma apoyó la cabeza sobre las patas y se quedó dormido junto a la hoguera. Jon se tendió junto a él, agradeciendo su calor. Tenía frío y se sentía mojado, pero no tanto como antes. «Puede que esta noche el Viejo Oso se entere de algo que nos lleve hasta el tío Benjen.»
Cuando despertó, lo primero que vio fue su aliento que se elevaba como una nube en el aire frío de la mañana. Le dolían los huesos al moverse. Fantasma se había marchado, y el fuego se había extinguido. Jon tendió la mano para coger la capa que había colgado sobre la roca, y se encontró con que estaba rígida, congelada. Salió y se incorporó en un bosque que se había tornado en cristal.