El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
El juez miró a Rathbone.
– ¿Sir Oliver? La objeción del señor Goode es razonable.
– Señoría, me refería a si estaba sujeto a emociones fuera de lo común en un hombre en su estado. Miss Latterly ha cuidado a muchos hombres malheridos. Pienso que está en mejor posición que nadie para saber a qué atenerse en esos casos.
– Estoy de acuerdo. -El juez asintió con la cabeza-. Puede contestar, miss Latterly.
– Sí, Señoría. Rhys sufría unas pesadillas atroces en las que intentaba gritar y agitaba los brazos a pesar del dolor espantoso que debían provocarle las manos rotas. Sin embargo, cuando estaba despierto, se negaba en redondo a responder a las preguntas sobre el incidente, mostrando una extrema aflicción, hasta el punto de reaccionar con violencia contra todo el mundo, sobre todo contra su madre, cuando se insistía sobre la cuestión.
– ¿Y a qué conclusiones llegó? -preguntó Rathbone.
– No saqué ninguna conclusión. Me tenía desconcertada. Yo… temía que en efecto hubiese matado a su padre y que recordarlo le resultara insoportable.
– ¿Sigue siendo de esa opinión?
– No…
– ¿Por qué no?
Hester tomó aliento con un prolongado suspiro.
Todos los presentes en la sala estaban pendientes de su respuesta. Goode, con el ceño fruncido, escuchaba con suma atención.
– Porque esta mañana, al verle caer, de pronto he recordado algo que aprendí en el ejército. De entrada me ha parecido demasiado monstruoso para que fuese cierto pero después, en la celda donde lo han trasladado, he estado a solas con él varios minutos hasta que ha llegado el médico. He efectuado un breve examen de sus heridas… por debajo de la cintura. -Se interrumpió, con el rostro transido de dolor.
Rathbone aborrecía obligarla a decir aquello pero no había alternativa posible.
Hester vio su mirada y no se amedrentó.
– Le violaron -dijo en voz muy baja, aunque perfectamente audible-. Rhys fue la última víctima de los violadores.
Tras un jadeo colectivo de asombro, la sala se sumió en un silencio absoluto que sólo rompió un gemido de Sylvestra, que se vino abajo, incapaz de soportar el tormento que le estaba desgarrando el alma.
– Rhys y su padre discutieron porque Rhys sabía una parte de lo que estaba ocurriendo. Su padre le había criticado por utilizar prostitutas, y tanta hipocresía le enfureció, pero por respeto a su madre no quiso destapar el asunto. Salió furibundo de la casa y se dirigió a St Giles. Por pura casualidad, su padre hizo lo mismo.
Suspiró de nuevo y su voz se hizo más grave.
– Tres sujetos le agredieron en Water Lane -prosiguió Hester, y aunque aquello era ofrecer testimonio de oídas, Goode no la interrumpió. El horror crispaba su peculiar semblante-. Le derribaron y le violaron -continuó-, tal como venían haciendo con las mujeres y tal vez con otros muchachos. Quizá nunca lo sepamos. Entonces, mientras se defendía y gritaba, uno de ellos se detuvo al darse cuenta de quién era… Leighton Duff acababa de violar y pegar una paliza a su propio hijo. -Hablaba con voz ronca-. Trató de evitar que siguieran pegándole pero sus compinches habían ido demasiado lejos para echarse atrás. Si le dejaban con vida, los acusaría. Fueron ellos quienes mataron a Leighton Duff y quienes creyeron haber matado a Rhys.
Englantyne Wade no sabía qué cara poner. Fidelis sostenía a Sylvestra y la acunaba haciendo caso omiso de la compasión que inspiraban al resto del público.
– ¿Cómo es posible que sepa todo esto, miss Latterly? -preguntó Rathbone.
– Porque Rhys ha recobrado el habla -contestó-. Me lo ha contado él.
– ¿Y le ha dicho los nombres de los otros asaltantes?
– Sí… eran Joel Kynaston, el director de su antiguo colegio, y Corriden Wade, su médico. Esta era en parte la razón por la que no podía contárselo a nadie. El resto eran fruto de la vergüenza y la humillación.
Englantyne Wade levantó la cabeza de golpe, con ojos como platos y el cutis macilento. Le faltaba el aire. Fidelis guardó la compostura con aplomo, como si en el fondo de su corazón no le sorprendiera.
– Gracias, miss Latterly.
Rathbone se volvió hacia el juez para hacer una declaración y se interrumpió. El rostro del juez estaba grabado con un horror y una piedad tan profundas que al verlo resultaba imposible no sentirse conmocionado.
Rathbone miró a los miembros del jurado y vio las mismas emociones reflejadas en sus caras, con la excepción de cuatro cuya incredulidad no les permitía aceptar los hechos. La violación era cosa de mujeres, de mujeres descarriadas que se buscaban problemas. Aquello no podía pasarle a un hombre… ¡A ninguno! Los hombres eran inviolables…, al menos en lo referente a la intimidad de su cuerpo. El horror y la incomprensión les tenía anonadados. Estaban sentados con la mirada perdida, ajenos a cuanto les rodeaba, sin percatarse siquiera del extraño silencio que reinaba en la tribuna.
Rathbone miró a Sylvestra Duff. Estaba tan pálida que no parecía viva. Englantyne Wade tenía la cabeza inclinada hacia delante y se cubría el rostro con las manos. La única que se movía era Fidelis Kynaston. Seguía sosteniendo a Sylvestra, acunándola. Rathbone creyó ver que le hablaba al oído. Su expresión era de ternura, como si fuese a cargar con parte de aquella última agonía; dos amigas compartiendo sendas desgracias.
El juez rompió el silencio.
– ¿Tiene algo más que añadir, Sir Oliver?
– No, Señoría -contestó Rathbone-. Si alguien tiene dudas, presentaré las pruebas médicas pertinentes, aunque preferiría con mucho no someter al señor Duff a más penas y pesares de los que ya ha padecido. Poseo una declaración jurada sobre lo que ocurrió en Water Lane la noche en que murió su padre. Sin duda se celebrarán nuevos juicios y lo llamarán a testificar, lo cual ya será bastante duro de por sí, contando con que recobre tanto la salud como el equilibrio mental. Mientras, me conformo con basarme en la palabra de miss Latterly.
El juez se volvió hacia Ebenezer Goode.
Goode se puso de pie, muy serio.
– Estoy al corriente de la experiencia como enfermera de miss Latterly, Señoría. Si ella se aviene a verificar para el tribunal en qué fundamenta su juicio, aparte de la palabra del señor Duff, lo acataré.
El juez se volvió hacia Hester.
Con las palabras imprescindibles, en voz baja ante el silencioso tribunal, describió las magulladuras y desgarros que había visto, comparándolos con heridas semejantes que había curado en Crimea y con lo que los propios soldados le habían contado.
Le dieron las gracias y le permitieron marcharse. Regresó a la tribuna tan aturdida y turbada que apenas notaba la presencia de la gente. Ni siquiera se apartó de inmediato al notar que un hombre se arrimaba y la rodeaba con un brazo.
– Has hecho bien -dijo Monk, con delicadeza, sosteniéndola con una fuerza sorprendente, como si fuera a llevarla en volandas-. No se puede cambiar la verdad, ni siquiera ocultándola.
– Hay verdades que es mejor no saber -contestó en un susurro.
– No es cierto, no con verdades como ésta. Sólo que es mejor descubrirlas según cuándo y cómo.
– ¿Y la pobre Sylvestra? ¿Cómo va a poder soportarlo?
– Paso a paso, día tras día, y sabiendo que lo que construya a partir de ahora será duradero, porque descansará sobre la realidad, no basándose en mentiras. No puedes hacer que sea valiente, eso es algo que nadie puede hacer por otra persona. -Se interrumpió, sin dejar de abrazarla.
– Pero ¿por qué? -dijo casi para sí misma-. ¿Por qué lo arriesgaron todo para hacer algo tan… vano? -Y mientras decía esto iba rememorando comentarios de Wade, cargados ahora de un significado radicalmente distinto, comentarios sobre el modo en que la naturaleza depura la raza desprendiéndose de los incapaces, de los moralmente inferiores. También recordó las alusiones de Sylvestra a propósito de Leighton Duff, de su afición por el peligro en sus días como jinete de carreras de obstáculos, de su entusiasmo ante el riesgo, la euforia de asumirlo y salir airoso contra todo pronóstico-. ¿Y qué me dices de Kynaston? -susurró a Monk.