El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
La mujer describió cómo se habían mofado de ella, repitió sus insultos. Uno le dio una patada, le dijo que era una mierda de la que había que deshacerse para limpiar la raza humana de las mujeres de su clase.
En el balcón, Rhys comenzó a aporrear la barandilla con las manos. Uno de los celadores trató de detenerle, pero tenía todos los músculos del cuerpo tan agarrotados que no lo consiguió. Su rostro era una máscara de puro dolor.
Nadie más se movía.
La mujer del estrado siguió hablando, despacio, esforzándose para pronunciar cada palabra. Contó cómo la tiraron una y otra vez al suelo hasta que terminó hecha un ovillo sobre los adoquines.
– Eran duros y estaban mojados -dijo, con voz ronca-. Entonces uno se me tiró encima. Pesaba mucho, olía a una bebida extraña, algo bastante seco. Otro me levantó las rodillas y me rompió el vestido. Entonces noté cómo entraba. Era como si me desgarrara por dentro. Me hacía un daño horrible. Yo…
Se interrumpió, abriendo los ojos con horror mientras Rhys se zafaba de los celadores, boqueando con desesperación, torturando su garganta con un sonido que no lograba articular, como si en su interior no dejara de gritar.
Un celador le embistió y le agarró un brazo. Rhys la emprendió a golpes con él, sumido en un paroxismo de terror y aversión. El otro celador intentó reducirle sin éxito. Rhys perdió el equilibrio, histérico de miedo, se tambaleó un momento sobre la barandilla, quiso volverse y cayó.
Una mujer chilló.
El jurado se puso en pie.
Sylvestra gritó su nombre y Fidelis la estrechó entre sus brazos.
Rhys había aterrizado con un estrépito horrible y yacía inmóvil.
Hester fue la primera en reaccionar. Se levantó de su asiento del fondo de la tribuna, en un extremo de la fila para acudir presta si la requerían, y se arrodilló junto a él.
Entonces, súbitamente, se produjo una gran agitación. La gente gritaba y se daba empujones. Había personas heridas, algunas de cierta gravedad. Los reporteros se abrían paso como posesos para ir a dar la noticia. Los ujieres intentaban en vano restablecer un poco el orden. El juez golpeaba con furia con el mazo sobre la mesa. Alguien pedía a gritos un médico para una mujer a quien un banco, al volcar, había roto una pierna.
Rathbone se dirigió hacia donde estaba tendido Rhys. ¿Dónde estaba Corriden Wade? ¿Lo habrían retenido para que atendiera a la mujer? Rathbone ni siquiera sabía si Rhys seguía vivo. Una caída desde esa altura podía haberle matado. No era difícil partirse el cuello. Le pasó por la cabeza la idea de que igual sería una misericordiosa huida del espantoso final que le aguardaba.
¿Se habría suicidado, al oír el completo horror de su crimen contado desde el punto de vista de la víctima, con sus sentimientos de vergüenza, humillación, impotencia y dolor? ¿Era eso lo más que podía hacer para alcanzar alguna clase de redención?
¿Era el fracaso definitivo de Rathbone o quizá lo único que en verdad había hecho por él?
¡Pero Rhys no había violado a esa mujer! Estuvo jugando a las cartas con Lady Sandon. Había sido Leighton Duff quien la había violado y apaleado. Leighton Duff… ¿y quién más?
El alboroto en la sala del tribunal era insoportable. Algunas personas gritaban, pidiendo paso para una camilla. Alguien chillaba una y otra vez, en vano. A su alrededor todo el mundo se empujaba para ir de un lado a otro.
Inclinada sobre el cuerpo de Rhys, Hester, en un momento de desesperación, tuvo el mismo pensamiento que había cruzado la mente de Rathbone… ¿Era así como Rhys escapaba al fin del dolor corporal que le afligía y de la agonía mental, aun peor, que le impedía incluso dormir? ¿Era ésa la única paz que podía encontrar en un mundo convertido en una pesadilla infinita?
Entonces le tocó y supo que seguía vivo. Deslizó una mano hacia su nuca, entre el abundante pelo. Palpó los huesos con cuidado, explorándolos. El cráneo no tenía ninguna depresión. Apartó la mano. Ni rastro de sangre. Tenía las piernas torcidas pero la columna vertebral recta. A juicio de Hester, Rhys sufría una conmoción pero no estaba herido de gravedad.
¿Dónde estaba Corriden Wade? Levantó la vista hacia el gentío y no vio a nadie conocido; había un grupo apiñado junto al banco volcado, donde alguien yacía tendido. Rathbone se encontraba al otro lado de la multitud, que empujaba a diestro y siniestro.
Hester vio a Monk y sintió una punzada de alivio. Se abría paso a codazos, pálido y enojado. Le gritó algo a alguien. Un hombre corpulento cerró el puño con ganas de pelea. Otros tiraron de él. Dos mujeres lloraban sin razón aparente.
Monk finalmente llegó y se arrodilló junto a Hester.
– ¿Está vivo? -preguntó.
– Sí, pero tenemos que sacarlo de aquí -respondió, notando que el miedo le agudizaba la voz.
Monk bajó la vista hacia Rhys, que estaba inconsciente.
– Gracias a Dios, no puede notar nada -dijo en voz baja-. He mandado al celador a buscar uno de esos bancos largos, para trasladarlo.
– Hay que ingresarlo en un hospital -dijo Hester, desesperada-. ¡No puede quedarse en la celda! ¡No sé el alcance de sus heridas!
Monk abrió la boca como para responder pero se mordió la lengua. Uno de los celadores había bajado del balcón y apartaba a la gente para acercarse a Rhys.
– Pobre diablo -dijo, lacónicamente-. Más le habría valido matarse pero, ya que no está muerto, haremos cuanto podamos por él. Perdone, señorita, deje que lo ponga en el banco que nos trae Tom.
– Vamos a llevarlo al hospital más cercano -insistió Hester, levantándose temblorosa, faltándole poco para tropezar con su propia falda.
– Lo siento, señorita, pero tenemos que llevarlo de vuelta a la celda. Es un prisionero…
– ¡Cómo quiere que escape! -exclamó furiosa, dejando que toda su impotencia y su dolor se convirtieran por un momento en vano enojo-. ¡Está totalmente inconsciente, estúpido! ¡Mírelo!
– Sí, señorita -dijo el celador, impasible-, pero la ley es la ley. Lo llevaremos a su celda y usted podrá quedarse con el reo, si no le importa que la encerremos con él. Seguro que le envían un médico en cuanto lo encuentren.
– ¡Claro que me quedaré con él! -se atragantó-. ¡Y traigan al doctor Wade de inmediato!
– Lo intentaremos, señorita. ¿Necesita algo para darle? ¿Agua, quizá, o un poco de coñac? Seguro que puedo conseguirle un poco de coñac.
Le costó trabajo controlarse. Aquel hombre hacía cuanto podía.
– Gracias. Sí, tráigame agua y coñac, por favor.
El otro celador y otros dos hombres llegaron con el banco de madera. Con una delicadeza sorprendente asieron a Rhys y lo tendieron en la camilla improvisada, para acto seguido sacarlo de la sala del tribunal, apartando a empellones a los mirones, y llevarlo hacia su celda.
Hester los siguió, haciendo caso omiso de la gente que la rodeaba, de las miradas curiosas y los murmullos. Sólo podía pensar en la gravedad de las heridas de Rhys y preguntarse por qué se había arrojado desde el balcón. ¿Había sido un accidente al tratar de zafarse de los celadores que intentaban reducirlo o había querido matarse intencionadamente? ¿Había perdido el último resquicio de esperanza?
¿O era que les había mentido todo el tiempo y que había matado a su padre y violado y pegado a todas aquellas mujeres?
Se negaba a creer esto último… No lo haría hasta que no tuviera más remedio. Mientras hubiera cualquier otra posibilidad, por remota que fuese, se aferraría a ella. Ahora bien, ¿cuál era esa posibilidad? ¿Qué otra explicación plausible quedaba? No dejaba de rebuscar en su imaginación y sus recuerdos.
Mientras seguía a los celadores se le ocurrió una, tan extrema y horrible que dio un traspié y por poco cayó. Se puso a temblar. Tenía frío, estaba mareada y su mente buscaba a toda prisa el modo de averiguar si sería cierto lo que había imaginado y cómo podría probarlo. Y comprendió entonces por qué Rhys no podía hablar, por qué, aunque pudiese… no lo haría.