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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– Lo comprendemos -aseguró Rathbone, y entonces se lo explicó al jurado-. Quiere decir que ejercen la prostitución de un modo no profesional cuando pasan momentos de estrechez.

– ¿No es eso lo que he dicho? Sí. No es culpa suya, son unas desgraciadas. ¿Quién se queda viendo cómo pasan hambre sus hijos sin hacer nada para evitarlo? No sería humano. -Suspiró-. Como he dicho, algunas se sacaban unos cuartos con ese trabajo extra. Bueno, primero empezaron a timarles la paga. No tienen chulos que las protejan, ¿entiende? -Su hermoso rostro se ensombreció de ira-. Después fue peor. Esos tipos no sólo las timaban, sino que se ponían muy brutos y comenzaron a pegarles. Al principio, sólo un poco y luego la cosa fue a más. -Fue torciendo el gesto hasta hacer patentes su rabia y su pesar-. Algunas se llevaron unas palizas de miedo, con huesos rotos, dientes rotos, narices rotas, hasta patadas les habían arreado. Las hay que todavía son unas crías. Así que reuní un poco de dinero y contraté a alguien para que averiguara quién estaba haciendo aquello. -Se interrumpió de golpe, sin dejar de mirar a Rathbone-. ¿Quiere que le diga a quién contraté y lo que averiguó?

– No, gracias, señora Hopgood -respondió Rathbone-. Nos ha proporcionado un excelente fundamento para que podamos discernir lo sucedido a estas pobres mujeres. Sólo una cosa más…

– ¿Sí?

– ¿A cuántas mujeres conoce que fueran maltratadas de ese modo?

– ¿En Seven Dials? Unas veintitantas, que yo sepa. Luego se fueron a St Giles…

– Gracias, señora Hopgood -interrumpió Rathbone-. Por favor, cuéntenos sólo lo que sepa de primera mano.

Goode se levantó otra vez.

– Todo lo que hemos oído hasta ahora son testimonios de oídas, Señoría. La señora Hopgood no se cuenta entre las víctimas y no ha mencionado al señor Rhys Duff. Me he mostrado muy paciente, igual que su Señoría. Todo esto es trágico y aborrecible pero del todo irrelevante.

– No es irrelevante, señoría -arguyó Rathbone-. La acusación se fundamenta en que Rhys Duff fue al barrio de St Giles en busca de una prostituta y que su padre lo siguió, lo castigó por su conducta y en la pelea resultante Rhys mató a su padre, quedando muy malherido. Por consiguiente, lo que ocurrió con esas mujeres es pertinente al fundamento.

– No protesto porque estas desafortunadas mujeres fueran violadas, Señoría -le contradijo Goode-, pero si lo fueron, eso sólo añade brutalidad a la conducta del acusado y contribuye a validar el motivo. No es de extrañar que su padre le acusara de pecados graves y que intentara escarmentarle, llegando a amenazarle con entregarlo a la justicia.

Rathbone giró en redondo para situarse frente a él.

– ¡Usted no ha demostrado ninguna clase de acto violento contra ninguna mujer, ni de St Giles, ni de Seven Dials!

– ¡Caballeros! -exclamó el juez, con dureza-. Sir Oliver, si está decidido a demostrar ese punto, más vale que tenga la absoluta certeza de estar contribuyendo a la causa de su cliente, y no a su condena, pero si así se da por satisfecho, adelante, demuéstrelo. Proceda con premura.

– Gracias, Señoría.

Despidió a Vida Hopgood y una por una fue llamando a media docena de mujeres de St Giles que Monk había localizado. Comenzó por una de las primeras y menos malheridas. El tribunal guardó un incómodo silencio y escuchó sus patéticos relatos de pobreza, enfermedad, desesperación, salidas a la calle para conseguir unos peniques vendiendo su cuerpo y luego el engaño, seguido por una escalada de violencia.

Rathbone detestaba hacer aquello. Las mujeres tenían el rostro macilento y apenas si podían expresarse, ofuscadas por el miedo y la vergüenza. Se despreciaban a sí mismas por lo que hacían pero la necesidad las acuciaba. Detestaban verse allí, en la magnífica sala del tribunal, delante de unos abogados con peluca y togas exquisitas, del juez con su toga escarlata, y tener que hablar de sus necesidades, de su humillación y su pesar.

Rathbone echó un vistazo a los rostros del jurado y percibió distintas emociones en ellos. Quería ver hasta qué punto su imaginación era capaz de concebir la clase de vida que les estaban describiendo. ¿Cuántos de ellos, si no todos, habían empleado los servicios de esas mujeres? ¿Qué sentían ahora? ¿Vergüenza, ira, compasión o repulsa? Más de la mitad levantó la vista hacia el balcón para ver a Rhys, con el rostro transido de emoción, aunque resultaba imposible decir qué era lo que despertaba la ira y la repulsa que evidenciaban sus rasgos.

Rathbone también miró a Sylvestra Duff torciendo los labios con horror ante aquel mundo que se abría frente a ella, algo que jamás habría imaginado, mujeres cuyas vidas eran tan diferentes de la suya que bien podrían pertenecer a especies distintas. Y, sin embargo, vivían a pocos kilómetros de distancia, en la misma ciudad. Y su hijo se había servido de ellas, hasta cabía pensar, por lo que ella sabía, que hubiera quizá engendrado un hijo con alguna.

A su lado, Fidelis Kynaston estaba pálida pero menos conmocionada. Ya poseía cierto conocimiento del dolor, del lado oscuro del mundo y de quienes vivían en él. Para ella era una nueva exposición de unos hechos que ya conocía.

Al otro lado, Englantyne Wade se mantenía inmóvil mientras una oleada tras otra de desdicha pasaba por encima de ella, cosas que jamás hubiese imaginado llegar a oír descritas con tanta crudeza.

Al día siguiente, los relatos contenían aún más violencia. Las testigos presentaban señales de las palizas: se vieron caras hinchadas, moretones y dientes rotos.

Ebenezer Goode dudó antes de interrogar a cada una de ellas. Ninguna reconoció a sus asaltantes. Cada acto brutal sumaba puntos a su fundamento. ¿Qué clase de desafío era aquel? Por otra parte, tampoco era necesario demostrar que aquellas mujeres eran prostitutas. No había un solo hombre o mujer en la sala que no lo supiera; todos reflexionaban sobre sus emociones a propósito de su comercio y su lugar en la sociedad, o en sus propias vidas. De todos modos, se trataba de una cuestión emotiva más que racional. Las palabras no eran más que espuma en la superficie de una gran marea de sentimiento.

Una oleada de ira y repulsa barrió la sala cuando salió a declarar Lily Barker, de sólo trece años y con el hombro dislocado. Con voz entrecortada contó a Rathbone los golpes y patadas que le habían dado tanto a ella como a su hermana. Repitió los improperios que le habían gruñido y refirió, cómo intentaba arrastrarse para esconderse en la oscuridad.

Fidelis Kynaston estaba tan pálida que Rathbone pensó que sufría más con lo que oía que Sylvestra, sentada a su lado.

El juez se inclinó hacia delante, con el rostro tenso por la angustia.

– ¿Aún no ha establecido cuanto necesita, Sir Oliver? Seguro que no es preciso abundar más. Es un asunto espantoso, esta espiral de violencia y brutalidad. ¿Qué más se propone mostrarnos? ¡Exponga sus argumentos!

– Tengo una víctima más de violación, Señoría. Esta vez de St Giles.

– Muy bien. Comprendo que necesita establecer que sus asaltantes se trasladaron al barrio pertinente. Pero sea breve.

– Señoría.

Rathbone llamó a la mujer a quien violaron y pegaron la noche antes de Nochebuena. Tenía la cara llena de magulladuras y moretones. Le costaba trabajo hablar por culpa de los dientes rotos. Poco a poco, fue cerrando los ojos, negándose a mirar a las personas que la observaban mientras refería su terror, dolor y humillación. Comenzó describiendo cómo la acorralaron tres hombres, cómo uno de ellos la inmovilizó, cómo se rieron los tres, hasta que al final la tiraron al suelo.

En el balcón, Rhys tenía el semblante demudado, los ojos tan hundidos que casi podía verse su calavera bajo la piel. Se inclinó sobre la barandilla, con las manos entablilladas en tensión, temblando.

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