El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Tuvo que apretar el paso para no rezagarse y en cuanto llegaron a la celda se dio la vuelta plantándose ante los celadores.
– Gracias. Traigan agua y coñac, y déjennos a solas. -Era una carrera contra el tiempo. El doctor Wade, o algún otro médico, no tardaría en llegar. Si tenía razón, mejor que no se tratara de Corriden Wade. Pero debía cerciorarse. Cualquiera que la sorprendiera haciendo lo que se disponía a hacer se quedaría horrorizado. Hasta podrían demandarla. Sin duda haría peligrar su carrera. Si ese alguien era Corriden Wade, podía incluso perder la vida.
El celador se marchó, dejando la puerta abierta, y su compañero aguardó fuera, junto al umbral. ¿Qué podía hacer para ahorrar tiempo?
– ¿Se encuentra bien, señorita?
– Sí, por supuesto, gracias. Soy enfermera. He atendido a muchos hombres heridos. Ahora debo examinarlo para determinar cuáles son las peores heridas. El médico lo agradecerá cuando llegue. ¿Dónde está ese coñac? ¿Y el agua? Con un poquito tengo bastante, ¡dese prisa! -Le temblaban las manos. Tenía la boca seca. Notaba el pulso acelerado en el pecho.
Rhys seguía inconsciente. En cuanto recobrara el sentido ya no podría hacer nada. No debía meter más prisa al celador o levantaría sospechas.
Desabrochó el cuello de Rhys y le quitó la corbata. Desabotonó la camisa y la abrió. Con mucha delicadeza comenzó a explorar la parte superior de su cuerpo. No llevaba vendajes. Poco podía hacerse con las magulladuras, salvo aplicar ungüentos, por ejemplo de árnica. Las peores ya se estaban curando. Las costillas rotas se soldaban bien, aunque le constaba que todavía le provocaban dolor, sobre todo al toser, al estornudar y al revolverse en la cama.
¿Dónde estaba el celador con el coñac y el agua? ¡Hacía siglos que se había ido!
Desabrochó el cinturón del pantalón con cuidado. Allí era donde estaban las peores heridas, las que había tratado el doctor Wade sin permitir que ella las viera por respeto al pudor de Rhys. Bajó un poco el pantalón y vio el cardenal azul y morado que ya se desvanecía. Aún presentaba marcas de rasguños donde le habían dado patadas pero sus contornos ya eran amarillentos y más pálidos. No advirtió que llevara más vendajes.
– ¡Señorita!
Se quedó helada.
– ¿Sí?
– El agua, señorita -dijo el celador en voz baja-. Y un poco de coñac. ¿Está muy mal?
– Aún no estoy segura. Gracias por traer esto. -Cogió el cuenco con agua y el coñac y los dejó encima de la mesita-. Se lo agradezco mucho. Puede encerrarme. Estaré perfectamente bien. Vuelvan para avisarme cuando llegue el médico. Llamen a la puerta, por favor. Tendré al enfermo preparado.
– Sí, señorita. ¿Seguro que se encuentra bien? Está muy pálida. Igual usted también tendría que tomar un trago de coñac.
Hester intentó sonreír y lo hizo con esfuerzo.
– Tal vez sí, gracias.
– Muy bien, señorita. Llame cuando quiera salir.
– Así lo haré. Ahora más vale que vea qué puedo hacer por él. ¡Gracias!
Por fin se marchó y la dejó a solas. Se volvió hacia Rhys y comenzó de inmediato. No había tiempo que perder. Podían regresar con el médico en cualquier momento. Si se equivocaba, no tendría ningún argumento para explicar lo que estaba haciendo. Probablemente sería su perdición, ¡incluso si tenía razón pero no conseguía demostrarlo!
Le bajó los pantalones y la ropa interior, descubriendo su cuerpo hasta los muslos. No había ningún vendaje a la vista, ni yeso, ni gasas, ni esparadrapo. Sólo la más espantosa magulladura, como si hubiese encajado repetidos puñetazos y patadas. Con el estómago en un puño, lo hizo girar, poniéndolo boca abajo, y comenzó la exploración que le diría lo que necesitaba saber, aunque bastaba con ver el lento hilillo de sangre que todavía manaba y la carne desgarrada y violácea.
Sólo le llevó un instante. Luego, con manos temblorosas, torpes por la rigidez de los dedos, volvió a subirle la ropa y le dio la vuelta, faltando poco para que lo tirara del banco. Intentó abrocharle los pantalones pero estaban arrugados por detrás y no cerraban. Cogió su chaqueta y lo cubrió con ella justo cuando empezó a abrir los ojos.
– ¡Rhys! -se le quebró la voz. Ya no soportaba más la angustia que llevaba dentro. Le dolía la garganta. Las manos no le obedecían.
Jadeó para recobrar el aliento. Rhys la emprendió con ella. Quería zafarse y alejarla.
– ¡Rhys! -Le agarró los brazos por encima de las tablillas, clavando los dedos en su carne-. Rhys, ¡sé lo que le ocurrió! ¡No es culpa suya! ¡No es el único! ¡He conocido a soldados que pasaron por lo mismo, hombres valientes, guerreros!
Rhys se puso a temblar con tanta violencia que no conseguía mantenerlo quieto, ni siquiera estrechándolo entre sus brazos. La intensidad de su rabia hizo que ella temblara también. Rhys sollozaba de forma incontrolable, llorando sin posible consuelo, mientras ella le acunaba y le acariciaba la cabeza.
Hasta transcurridos unos minutos, Hester no sabría decir cuántos, ésta no se dio cuenta de que podía oírle. Su llanto se oía. La desesperación, la caída, o el saberse descubierto le habían devuelto el habla.
– ¿Quién fue? -preguntó, apremiante-. ¡Tiene que decírmelo! -Aunque en su fuero interno estaba segura de saberlo. Sólo había una explicación a por qué no lo había sabido nadie más, por qué Corriden Wade no se lo había referido a nadie, ni a ella, ni a Rathbone. Se aclaraban muchas cosas, el miedo de Rhys, su crueldad y rechazo ante su madre, su silencio. Recordó con una punzada de dolor la campanilla apartada de la cómoda, fuera de su alcance.
– ¡Voy a protegerle! -prometió resuelta-. Me encargaré de que los celadores se queden con usted todo el tiempo, o me quedaré yo, se lo juro. ¡Ahora hable!
Lentamente, con la voz entrecortada por la angustia, en un susurro, como si no quisiera oírse a sí mismo, le habló de la noche en que murió su padre.
La puerta se abrió de golpe y Corriden Wade entró con su maletín en la mano, el rostro demacrado, la mirada sombría y furiosa. Los dos celadores se encontraban justo detrás de él, con un aire de suspicacia.
– ¿Qué está haciendo, miss Latterly? -inquirió Wade, mirando el rostro pálido y crispado de Rhys-. Déjeme a solas con mi paciente, por favor. Es evidente que corre peligro-. Se volvió hacia los celadores-. Voy a necesitar agua limpia, varias palanganas y vendajes. Quizá miss Latterly pueda encargarse de esto último. Sabrá mejor lo que necesito…
– Ni hablar -dijo Hester bruscamente, situándose entre Rhys y Wade. Miró a un celador-. Por favor, vaya a buscar a Sir Oliver Rathbone ahora mismo. El señor Duff quiere prestar declaración. Es fundamental que lo traiga a toda prisa. Estoy convencida de que entiende la urgencia… y la importancia.
– ¡El señor Duff no puede hablar! -exclamó Wade con desdén-. Es obvio que esta tragedia ha turbado a miss Latterly, cosa que no me sorprende. Quizá sea mejor que la saquen fuera y vean si pueden…
– ¡Traigan a Sir Oliver! -repitió Hester gritando, enfrentándose al celador-. ¡Ahora mismo!
El hombre titubeó. Entendía la autoridad del médico. Siempre obedecería antes a un hombre que a una mujer.
– Traiga a mi abogado -dijo Rhys, con voz ronca-. ¡Quiero prestar declaración antes de morir!
Wade se puso blanco como el papel.
Uno de los celadores carraspeó.
– Ve a buscarle, Joe -dijo con urgencia-. Yo espero aquí.
El otro celador obedeció a toda prisa.
Hester no se movía de donde estaba.
– ¡Esto es absurdo! -comenzó Wade, como si fuera a apartarla de un empujón, pero el celador le agarró por el hombro. No sabía nada de medicina pero sí de últimas voluntades.
– ¡Suélteme! -ordenó Wade, furioso.
– Lo siento, señor -dijo el celador, con fría formalidad-, pero esperaremos al abogado antes de comenzar ningún tratamiento en la persona del reo. Está bastante bien, por ahora. La enfermera lo ha atendido. Ahora espere aquí y tenga un poco de paciencia, en cuanto el abogado termine con su tarea, podrá hacer usted lo que guste.