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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– ¿Y ha sido su médico, cuando ha necesitado uno?

– Sí.

– ¿Estaba al corriente del profundo y violento desacuerdo que había entre él y su padre, y en tal caso, a qué se debía?

Wade iba a tener grandes dificultades para contestar aquella pregunta afirmativamente. Si lo admitía, parecería incompetente por no haber hecho nada para impedir aquella tragedia. Sería como hablar a posteriori y Sylvestra lo consideraría una traición, tal como sin duda harían algunos miembros del jurado.

– ¿Doctor Wade? -insistió.

Wade levantó la cabeza y le miró con aire resuelto.

– Sabía que había cierta tensión entre ellos -contestó, haciendo oír su voz, diríase que arrepentido-. Pensé que se trataba del resentimiento normal que un hijo puede sentir debido a la disciplina que su padre, como es natural, le impone. -Se mordió el labio y suspiró de manera audible-. No podía imaginarme que fuera a desembocar en algo así. Me siento culpable. Tendría que haber prestado más atención. Poseo una dilatada experiencia con hombres de todas las edades, y bajo condiciones extremas, fruto de mi servicio en la Marina. -Un amago de sonrisa se dibujó en sus labios y se esfumó-. Supongo que al estar cerca de casa, con personas a las que aprecias, uno se resiste a admitir semejantes cosas.

Fue una respuesta inteligente, honesta y que no le comprometía. Y se ganó el respeto del jurado. Rathbone lo apreció con claridad en sus rostros. Habría sido más sensato no preguntar pero ahora ya era demasiado tarde.

– ¿No pudo preverlo? -repitió.

– No -dijo Wade, bajando la vista-. No pude, que Dios me perdone.

Rathbone estuvo a punto de preguntarle si pensaba que Rhys estaba loco, mas optó por abstenerse. Ninguna respuesta sería lo bastante valiosa como para justificar el riesgo que entrañaba semejante pregunta.

– Gracias, doctor Wade. Esto es todo.

Goode ya había establecido la violencia de la pelea y el hecho de que Leighton Duff y Rhys estaban involucrados, y que no había ninguna razón para sospechar que hubiese nadie más presente. Llamó a los sirvientes de casa de los Duff quienes, muy a su pesar, se vieron obligados a testificar sobre la disputa de la noche en que murió Leighton Duff y la hora en que ambos hombres habían salido de la casa. Al menos ahorró a Sylvestra el mal rato de prestar declaración.

Todo este tiempo Rhys estuvo recostado en el balcón, con la piel cenicienta, los ojos inmensos destacando en el rostro demacrado, y un celador a cada lado, quizá más para sostenerle que para contenerle. No parecía capaz de ofrecer ninguna resistencia y mucho menos de intentar fugarse.

Rathbone se obligó a dejar de pensar en él. Debía utilizar la inteligencia más que la emoción. Por más compasión que sintieran los demás, debía mantener la mente clara.

No veía cómo arrojar la más leve duda, razonable o no, sobre la culpabilidad de Rhys, y se devanaba los sesos sin el menor asomo de esperanza para dar con cualquier circunstancia atenuante.

¿Dónde estaba Monk?

No osaba mirar a Hester. Imaginaba con demasiada claridad el pánico que sin duda sentía.

A lo largo de toda la tarde y del día siguiente, Goode llamó a declarar a un tropel de testigos que situaron a Rhys en St Giles en un periodo que abarcaba varios meses. Ninguno pudo ser rebatido. Rathbone tuvo que callar y observar. No tenía nada que argüir.

El juez levantó la sesión temprano. Daba la impresión de que quedaba poco más que hacer que recapitular. Goode había demostrado todas sus afirmaciones. No había otra alternativa excepto admitir que Rhys había ido de putas a St Giles, que su padre se había enfrentado a él, que pelearon y Rhys lo mató. Goode había evitado mencionar las violaciones, pero si Rathbone le desafiaba diciendo que el motivo del asesinato era demasiado remoto para ser creíble, sin duda llamaría al estrado a las mujeres apaleadas, quienes aún conservaban parte de sus heridas. Así se lo había hecho saber. Lo único que le había refrenado era el mal estado de salud del reo. La suerte ya le había castigado de un modo terrible y la condena por homicidio bastaría para ahorcarle. No necesitaba más.

Rathbone salió de la sala del tribunal sintiendo que le habían derrotado sin presentar siquiera un amago de batalla. No había hecho nada por Rhys. Ni siquiera había comenzado a cumplir con las esperanzas que Hester y Sylvestra habían depositado en él. Estaba avergonzado y, sin embargo, no se le ocurría añadir nada que fuera a ser provechoso para Rhys.

Por supuesto, podía acosar a los testigos, poner objeciones a las preguntas de Goode, a su táctica, su lógica o a lo que fuese, pero eso sólo serviría para crear el efecto de una defensa. Sería una farsa. Así lo veía él y, sin duda, así lo vería Hester. ¿Acaso serviría siquiera para aliviar a Rhys? ¿O le daría falsas esperanzas?

Como mínimo, ahora debía tener el coraje de ir al encuentro de Rhys y no eludirlo como preferiría hacer.

Cuando llegó junto a Rhys, Hester ya estaba con él. Se volvió al oír los pasos de Rathbone, con ojos desesperados, suplicando un poco de esperanza.

Se sentaron juntos en la celda gris del sótano del Old Bailey. Rhys tenía el cuerpo dolorido, los músculos agarrotados, las manos rotas le temblaban. Se le veía desamparado. Hester se sentó a su lado, abrazándole por los hombros.

Rathbone no sabía qué más hacer.

– ¡Rhys! -exclamó-. ¡Tiene que contarnos lo que ocurrió! Quiero defenderle, ¡pero no tengo con qué! -Sus músculos también se tensaron, la frustración le hizo cerrar los puños-. ¡No tengo armas! ¿Le mató usted?

Rhys meneó la cabeza, no más de un centímetro en cada dirección, aunque su negativa fue clara.

– ¿Lo hizo otra persona?

Otra vez el mismo movimiento ínfimo, aunque esta vez de asentimiento.

– ¿Sabe quién fue?

Asintió, con una sonrisa amarga y los labios temblorosos.

– ¿Tiene algo que ver con su madre?

Se encogió ligeramente de hombros, y luego lo negó.

– ¿Un enemigo de su padre?

Rhys se volvió, sacudiendo la cabeza, golpeándose los muslos con las manos entablilladas.

Hester le agarró las muñecas.

– ¡Basta! -gritó-. Tiene que decírnoslo, Rhys. ¿No entiende que le declararán culpable, a menos que podamos demostrar que lo hizo otra persona o, como mínimo, que otro pudo hacerlo?

Asintió despacio, aunque rehusó mirarla.

En el aire flotaba la violencia de la verdad.

– Le ahorcarán -sentenció Rathbone, a propósito.

El cuello de Rhys se agitó como si quisiera decir algo, luego se dio por vencido y no volvió a mirarles.

Hester miraba fijamente a Rathbone, con los ojos bañados en lágrimas.

Él permaneció quieto un par de minutos. No había nada que decir o hacer. Suspiró y se marchó. Mientras caminaba por el pasillo se cruzó con Corriden Wade, que entraba en la celda. Al menos sería capaz de proporcionarle algún alivio físico, o incluso algún preparado lo bastante fuerte como para provocarle unas horas de sueño.

Más adelante encontró a Sylvestra, tan consternada que parecía al borde de sufrir un colapso. Suerte que Fidelis Kynaston estaba con ella.

* * *

Rathbone pasó la velada a solas en su domicilio, incapaz de comer ni de sentarse junto al fuego. Caminaba preocupado de un lado a otro de la habitación, dando vueltas a un dato inútil tras otro, cuando el mayordomo anunció que Monk se encontraba en el vestíbulo.

– ¡Monk! -Rathbone se aferró a aquel nombre como si fuese la balsa de un náufrago-. ¡Monk! ¡Hágale pasar de inmediato!

Monk se veía cansado y pálido. Tenía el pelo mojado y el rostro húmedo.

– ¿Y bien? -inquirió Rathbone, aspirando alterado, con las manos tensas y un hormigueo en los brazos-. ¿Qué tiene?

– No lo sé -repuso Monk, más bien sombrío-. No sé si servirá para mejorar las cosas o si no hará más que empeorarlas. Leighton Duff era uno de los violadores que actuaron en Seven Dials y más tarde en St Giles.

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