Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
– Pero se lo decían a Iris…
– Iris era mucho más guapa que yo. Pronto me eclipsó. Mamá la citaba siempre como ejemplo. Yo me daba cuenta de que estaba orgullosa de ella y no de mí…
– Y eso dura todavía, ¿verdad?
Enrojeció, dio un mordisco a su cruasán y esperó a que se deshiciese en la boca.
– No hemos seguido el mismo camino. Pero es verdad que ella es más…
– Pero ¿y ahora, Jo? -interrumpió Philippe-.Ahora…
– Mis hijas me dan un sentido, un objetivo en la vida, pero no me hacen existir, es cierto. Escribir da cierto sentido a mi existencia. Cuando estoy escribiendo, porque cuando me releo… ¡no! Podría tirarlo todo.
– ¿Escribir tu informe de habilitación para dirigir trabajos de investigación?
– Sí… -balbuceó, comprendiendo que acababa, una vez más, de meter la pata-. Sabes, yo soy uno de esos seres que se desarrollan lentamente. Me pregunto si no me voy a despertar demasiado tarde, si no voy a dejar pasar mi oportunidad y, al mismo tiempo, no sé qué puede ser esa oportunidad que deseo con todas mis fuerzas…
Philippe sintió el deseo de tranquilizarla, de decirle que se tomaba las cosas demasiado a pecho, que se hacía reproches sin razón. Su actitud rígida, sus ojos fijos expresaban algo demasiado intenso y añadió como si leyera el pensamiento:
– ¿Así que crees que has dejado pasar tu oportunidad, que tu vida se ha acabado?
Ella le miró con aire grave y después sonrió para disculparse por estar tan seria.
– En cierto sentido, sí… Pero, sabes, no importa. No será una renuncia desgarradora, sólo un pequeño paso hacia la nada absoluta. El deseo de vivir se va deshaciendo y, un día, nos damos cuenta de que se reduce a casi nada. Tú no sabes nada de eso. Tú has cogido la vida por los cuernos. Nunca has dejado que nadie te imponga su ley.
– Nadie es realmente libre, Joséphine. Y yo no más que cualquiera. Y quizás, en cierto sentido, tú eres más libre que yo… Pero lo ignoras, eso es todo. Un día podrás tocar con tus propias manos tu libertad y, ese día, sentirás pena de mí.
– Como tú la sientes por mí en este momento…
El sonrió y no quiso mentir.
– Es cierto, he sentido pena por ti e incluso, a veces, desagrado. Pero has cambiado. Estás cambiando. Te darás cuenta de tu metamorfosis cuando se haya completado. Siempre somos los últimos en darnos cuenta del camino que hemos recorrido. Pero estoy seguro de que un día, tendrás el tipo de vida que te gusta y, esa vida, la habrás construido tú sola.
– ¿Lo crees de veras?
Ella esbozó una sonrisa breve y triste.
– Eres tu enemiga más temible, Jo.
Philippe cogió el periódico, su taza de café y preguntó:
– ¿Te molesta si me voy a leer a la terraza?
– En absoluto. Así podré retomar mi ensoñación. ¡Sin Sherlock Holmes a mi lado!
El abrió el Herald Tribune pensando en el día anterior. Es tan fácil hablar con Jo. Hablar de verdad. Con Iris, me cierro como una ostra. Ella había propuesto ir a tomar una copa al bar del Royal. El no había querido contrariarla y había aceptado. En realidad, no tenía más que un deseo: volver a ver a Alexandre. Había terminado de escribir su carta. ¡Qué alegría la de Alexandre cuando la recibió! Fue a Babette a la que se lo había contado. ¡Había que verlo! Estaba que parecía que iba a estallar. Se precipitó en la cocina diciéndole: «¡He recibido una carta de mi papá! ¡Una carta en la que me dice que me quiere y que me va a dedicar todo su tiempo! ¿Te das cuenta, Babette? ¿No es genial?». Agitaba la carta en el aire hasta marear. Desde entonces, Philippe había cumplido su palabra. Había prometido a Alexandre enseñarle a conducir, y todos los sábados y domingos por la mañana le llevaba a algún camino poco transitado, le sentaba sobre sus rodillas y le enseñaba a coger el volante.
Iris había pedido dos copas de champán. Una joven vestida de largo tocaba el arpa con sus largos y afilados dedos.
– ¿Qué has hecho esta mañana en París?
– He estado trabajando…
– Cuéntame…
– Venga Iris, no es interesante y, además, cuando estoy aquí, no tengo ganas de hablar de mi trabajo.
Se habían situado al borde de la terraza. Philippe observaba un pájaro: intentaba transportar un trozo de pan de molde que había debido de caer del plato que el camarero había depositado al traer las copas de champán.
– ¿Y cómo está el hermoso abogado Bleuet?
– Siempre tan eficaz.
¡Y cada vez más pagado de sí mismo! El otro día, en el avión que le llevaba a Nueva York en primera clase, descontento con la cocción de su filete, había redactado un mensaje de protesta que metió en el sobre de Air France para los comentarios sobre el viaje. Antes de cerrar el sobre, había adjuntado su tarjeta de visita y… ¡el filete! Air France dobló sus puntos de fidelidad.
– ¿Te importa que me quite la chaqueta y me afloje la corbata?
Ella le había sonreído y le había acariciado suavemente la mejilla con la mano. Una caricia que denotaba cierta costumbre conyugal. Afección, en verdad ternura, pero también una forma de relegarle al rango de niño impaciente. No soportaba que ella le tratase como a un niño. Sí, lo sé, eres muy guapa, eres magnífica, tienes los ojos del azul más profundo del mundo, ojos que son ejemplares únicos, un porte de sultana anoréxica, tu belleza no peligra por ninguna preocupación, reinas, soberana y serena, sobre mi amor y verificas con una palmadita en mi mejilla que todavía te pertenezco. Todo eso, en otro tiempo, pudo emocionarme, embrujarme, tomaba tu condescendencia afectuosa por una muestra de amor pero, ya ves, Iris, ahora me aburro contigo, me aburro porque toda esa belleza está construida sobre mentiras. Te conocí por culpa de una mentira y no has dejado de mentirme desde entonces. Creí, al principio, que iba a cambiarte, pero no cambiarás nunca porque estás satisfecha con lo que eres.
Sonrió ligeramente mordiéndose el labio e Iris interpretó mal su gesto:
– Nunca me dices nada…
– ¿Qué quieres que te diga? -preguntó siguiendo los progresos del pájaro, que se había empeñado en el trozo de pan e intentaba cogerlo con su pico.
Iris lanzó un hueso de aceituna sobre el pájaro, que intentó volar llevándose el botín. Sus esfuerzos por despegar eran patéticos.
– ¡Qué mala eres! Quizás sea la cena de toda su familia.
– ¡Eres tú el malo! Ya no me hablas.
Refunfuñó, se enrabietó, se enfurruñó, pero él le dio la espalda y sus ojos volvieron al pájaro, que, constatando que ya no le atacaban, había depositado su fardo y trataba de cortarlo en dos con pequeños picotazos. Philippe sonrió, se relajó y estiró los brazos soltando un suspiro de alivio.
– ¡Ay! ¡Por fin lejos de París!
Ea observó con el rabillo del ojo: seguía enfurruñada. Ya conocía esa actitud que gritaba: ocúpate de mí, mírame, soy el centro de la Tierra. Ya no es el centro de la Tierra. Me he cansado. Me canso de todo: de mis negocios, de mis compañeros de trabajo, del matrimonio. El abogado Bleuet me ha presentado un asunto formidable y apenas le he escuchado. Ya no me gusta la pareja que formamos. Estos últimos meses han sido particularmente tristes y vacíos. ¿Soy yo el que ha cambiado o ha sido ella? ¿Soy yo el que ya no se contenta con las sobras que ella tiene a bien concederme? En todo caso, hay que constatar que ya no pasa nada. Y, sin embargo, continúa. Pasamos el verano juntos, en familia. ¿Estaremos juntos todavía el verano que viene? ¿Habré pasado página? Sin embargo, no tengo nada que reprocharle. Muchos hombres deben envidiarme. Algunos matrimonios segregan un suave aburrimiento que se vuelve una especie de anestesia. Seguimos porque no tenemos la fuerza ni la energía para marcharnos. Hace algunos meses, no sé por qué, me desperté. ¿A causa de mi encuentro con John Goodfellow? ¿O lo encontré precisamente porque me había despertado?