Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Dicho de otro modo, ¿crees que está mintiendo? -preguntó Michael, y le sorprendió sentir que la ansiedad le trepaba a la boca del estómago.
– Tengo presente que pasó mucho tiempo desde que encontró a Herzl hasta que informó de ello. Por más vueltas que le doy, no encuentro una explicación -dijo Eli Bahar.
– Pero ¿qué motivos podría tener? -reflexionó Michael. Ya estaban junto a la puerta del coche. Contempló las cúpulas de la iglesia rusa, y, una vez más, lo conmovió su belleza ingenua, inalterada. Parecía una ilustración de un viejo libro colocada entre los aparcamientos, la valla de las dependencias policiales, los remolinos de gente, el quiosco que había junto a la iglesia. De pronto, le llamó la atención su color marrón oscuro-. ¿No eran verdes? -preguntó perplejo.
– ¿El qué? ¿Qué era verde?
– Las cúpulas de la iglesia. Antes de que me fuera de permiso eran verdes. Estoy seguro.
– Sí -dijo Eli con una repentina sonrisa en los labios-. Eran verdes. Pero son marrones desde hace mucho. No sé por qué, tal vez las han pintado.
– Dalit debía de saber que al final lo descubriríamos. ¿Qué sentido tiene? ¿Qué puede mover a cualquiera a hacer algo así, sobre todo si sabes que te van a descubrir? -perseveró Michael.
– En otros tiempos habrías dicho: «La realidad nunca dejará de sorprendernos» -replicó Eli, la vista fija en las puntas de sus negras zapatillas de deporte-. Hace mucho que no lo dices. Si es verdad, sencillamente es que está loca.
– Aquí no hay nada sencillo -dijo Michael, el oído atento al runrún del motor del coche-. Y además eso no es una explicación sino una descripción. Es obvio que aquí hay un elemento de locura. Pero ¿cuál? Hazme un favor -recordó de pronto-. Ve a Zichron Yaakov con los Van Gelden, que no vaya Zippo. ¡Es importante!
– ¿Cómo? -dijo Eli sombrío-. ¿Quieres que se lo pida a Balilty? ¿Por qué iba a hacerlo? No pienso pedirle nada. Que me mande él si quiere -su rostro moreno, de ojos verde oliva, adquirió una expresión taciturna. Se mordió el labio inferior.
– Hazme ese favor -rogó Michael-. No lo hagas por ti, sino como un gesto de amistad hacia mí. ¿De qué nos valdría que fuera Zippo? En primer lugar, es necesario que alguien se entere de lo que hablen en el viaje. Y, en segundo lugar, es realmente peligroso.
– Se grabará todo. Van a ir en la furgoneta del laboratorio. Hay micrófonos, lo sé muy bien porque me he encargado de la instalación. Ya ves el tipo de encargos que me hacen ahora. Balilty no me considera apto para otra cosa.
– Necesito que vaya alguien en quien pueda… alguien que comprenda… alguien que… Ya me entiendes. Necesito que vaya alguien que no le quite la vista de encima a Nita. Nunca se sabe…
Eli agachó la cabeza, examinó de nuevo la punta de sus zapatillas y trazó un pequeño círculo con el pie derecho.
– Está bien, lo intentaré -dijo a regañadientes-, haré lo que pueda.
12
Michael llegó a Jolón mucho después de lo previsto. Un aspersor danzaba tras el seto en una estrecha franja de césped. Tiestos de arcilla roja rebosantes de petunias salpicaban el verde de rosa brillante, púrpura y blanco delante de una fila de modestos edificios de apartamentos estucados en blanco. Un camino pavimentado, corto y recto como una regla, conducía a la entrada. Mientras zigzagueaba por las callejuelas de detrás de la calle mayor, Michael había hecho caso omiso un par de veces de las señales que indicaban CALLEJÓN SIN SALIDA. Se había guiado por el mapa trazado por Theo. «Sigue viviendo en el apartamento de tres palmos que le dieron cuando llegó a este país después de la guerra. En uno de esos vecindarios de los años cincuenta, donde los edificios parecen trenes. ¡Y, para colmo, en Jolón! Es muy indicativo de la clase de persona que es», había dicho Theo, alzando la vista del papel sobre el que estaba dibujando. «En cualquier otro lugar del mundo se habría hecho rica. ¡Una profesional de su calibre! Montones de primeros violines de todo el mundo le deben su carrera. Sigue en Jolón por voluntad propia. No es que no le hayan hecho otras propuestas, no se vaya a creer», dijo Theo a la vez que meneaba el índice, «pero ella siempre decía que lo importante no eran ese tipo de cosas. No tenía fuerzas para mudarse. El piso le parecía adecuado, el que tenía en Budapest no era mejor. Aunque antes de la guerra ya era una violinista de mucho renombre, a punto de iniciar su trayectoria internacional. Luego estalló la guerra, y cuando terminó, no volvió a tocar. Estuvo internada. No sé muy bien dónde, creo que en Auschwitz. Cuando nos daba clase, a veces hacía alguna demostración, y recuerdo que tocaba de maravilla. A los veinte años, tuvo una hija de su primer marido. La hija vive en Cleveland. También se dedica a la música, es cantante. Dora Zackheim ha tenido tres maridos. Los ha sobrevivido a todos», dijo Theo riendo. Luego se puso serio de nuevo y señaló, entre paréntesis, que, según creía, el primer marido, el padre de la niña, había muerto en el Holocausto; retomó la sonrisa para hablar del tercero: «Arrastró a Israel al último de sus maridos. Me acuerdo de él. Tenía bigote y usaba sombrero, siempre con un pie en la calle. Se libró de él enseguida. Y nunca quiso mudarse. Durante la guerra apenas se permitía soñar con tener un metro cuadrado propio donde vivir. Por eso se conformaba con lo que tenía, o, como ella dice, las cosas son un milagro tal como están. Es imposible tacharla de esnobismo cuando se ve cómo vive. Como si en el mundo no existiera nada aparte de la música, sus alumnos, y tal vez un puñado de libros. Gabi también trató de convencerla de que se mudara, pero como si nada».
Michael se tomó un descanso al llegar a la puerta del piso, tras haber subido sesenta y cuatro peldaños estrechos y empinados, hasta la cuarta planta. Se maravilló de que una mujer tan mayor realizara aquella ascensión todos los días. Del otro lado de la puerta llegaba el sonido de un violín. Era la zarabanda de la Partita n.° 2 de Bach, la primera obra musical que había aprendido a amar por sí mismo, sin que nadie se la enseñara, un descubrimiento propio. Lo que hacía que le gustara aún más. La música se oía nítida, en toda su exquisita belleza. Michael esperó a que el intérprete hiciera un alto para llamar a la puerta. Un par de veces, al creer que la música había cesado, levantó el dedo en dirección al timbre, pero ambas veces lo dejó suspendido en el aire porque la música se reanudó de inmediato.
Al fin se atrevió a pulsar el timbre. La música no se interrumpió, pero unas pisadas rápidas se aproximaron a la puerta y ésta se abrió. Vio ante él a una mujer menuda. Tenía el cabello de un castaño deslustrado, como si se hubiera volcado encima un frasco de tinte. Sus ojos, claros y azules en un rostro casi sin arrugas, relucían de expectación y vitalidad, como si cualquier puerta abierta pudiera dar paso a una gran aventura. La primera reacción de Michael ante el inesperado aspecto juvenil de aquella mujer, a la que de no haber sabido su edad no habría echado más de sesenta años, fue de perplejidad. Se presentó en un susurro, mientras el violín continuaba sonando, y ella movió vigorosamente la cabeza arriba y abajo y le tendió una mano nudosa. Michael comprendió que el temor que Dora Zackheim inspiraba a Theo lo había llevado a imaginarla como una mujer muy alta, de semblante arrugado y labios fruncidos. Nunca habría pensado que fuera tan menuda, tan llena de gracia y vitalidad, y que incluso irradiara alegría. Hasta ese momento no reparó en el fino puro que sujetaba entre los dedos de la mano izquierda, y a punto estuvo de sonreír al recordar que el viejo profesor Hildesheimer insistía muy serio en llamar cigarrillos a esos puritos. Dora Zackheim señaló que llegaba muy tarde, y que era mejor así, añadió con marcado acento húngaro, porque aún no había terminado la clase. Exhaló una nube de humo blanco azulada y dio media vuelta para conducirlo al interior de la casa. Al ver una pequeña protuberancia entre sus omóplatos y las flacas piernas enfundadas en medias ortopédicas asomando bajo la falda del vestido marrón de rayas, Michael se convenció de que Dora Zackheim tenía ochenta y seis años.