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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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Una mampara metálica de color negro separaba el pequeño vestíbulo de la sala donde un adolescente espigado estaba en pie ante un atril, de espaldas a ellos. El chico no dejó de tocar. Dora Zackheim no dijo nada, se limitó a menear la cabeza y a chasquear la lengua con disgusto mientras se aproximaba al violinista y le señalaba a Michael una silla situada junto a la mesa del vestíbulo. Podría hacer las veces de mesa de comedor, pero en aquel momento estaba cubierta con un tapete amarillo bordado con flores azules. Encima había una máquina de escribir muy vieja y un florero de cristal veneciano con tres gladiolos rojos. De pronto aquel lugar le recordó a Michael una casa de su pequeña ciudad natal donde vivía una familia de inmigrantes polacos recién llegados, cuyo único hijo, un chaval de su edad llamado Adán, le había sido encomendado en «adopción», lo que quería decir que debía ayudarle a hacer los deberes hasta que se familiarizara con la nueva lengua. El padre era bajo y delgado, de mirada movediza y melindrosa, y la madre, alta y aristocrática. Adán no tardó en ponerse al nivel de sus compañeros y, ya sin requerir la ayuda de Michael, se convirtió en el primero de la clase. En casa de aquella familia también había una mesa cubierta con un tapete bordado y un jarrón con flores rojas encima.

– La mano izquierda no está suficientemente suelta, ni tiene bastante fuerza. Está rígida -oyó decir a Dora Zackheim con una voz rebosante de severa censura. Y luego, casi en un grito-: ¡Ya basta! ¡Ya basta! ¡Para! -el chico se retiró el violín del hombro y se volvió hacia su profesora-. ¡Es una zarabanda! -exclamó ella con disgusto-. ¿Qué hay del tempo? ¡Andante y vivo a la vez! ¡Desde el principio!

El chaval comenzó a tocar de nuevo y ella lo interrumpió con unas palmadas.

– A la mano izquierda le sigue faltando flexibilidad -le regañó-. Los dedos no tienen suficiente fuerza -agarró el brazo del chico y lo sacudió hasta que la mano se balanceó libremente-. ¡Ni siquiera así! -se quejó-. Esta mano está envarada. Y no has trabajado suficiente con el índice. Probablemente, hoy no has practicado bastantes escalas -el chico musitó algo-. No somos esclavos del reloj -dijo mirándolo enfadada-. Una hora no significa nada. La mano está rígida y a los dedos les falta fuerza. ¡No dominas el instrumento! ¡Ni que fuera un trozo de madera! ¡Y menudo tono! -aplastó la colilla de su puro en un gran cenicero de cristal y pegó una palmada-. ¿Qué tono es ése? ¡Terrible! Nada que ver con como debería ser -dijo disgustada. Miró al chico, quien aguantaba el chaparrón como si estuviera acostumbrado, y luego miró a Michael, que se apresuró a desviar la mirada; luego dijo en un susurro dramático-: La semana pasada, en un acto de homenaje al compositor Paul Ben Haim, mi alumno Shmulik interpretó esta zarabanda muchísimo mejor -el muchacho la miró sin despegar los labios-. Sí, ya lo sé -prosiguió ablandándose-, tampoco es que él sea Jascha Heifetz, pero lo hizo mucho mejor de lo que lo estás haciendo tú hoy -el chico bajó la cabeza como para esquivar un golpe. Al fin, la profesora se quedó en silencio, volvió a refunfuñar para sí, y luego posó la mano en el brazo de su alumno y dijo quedamente-: No me gusta verte así. Estás triste. ¿Tienes problemas en el colegio? ¿Tomas bastante el aire? Ya llevas así algún tiempo -el chico permaneció en silencio y se encogió de hombros. Dora se acercó una cajita metálica amarilla, extrajo de ella un purito, lo encendió con un gran mechero de plata, ladeó la cabeza y miró al chico. Él seguía sin decir nada. Dora le retiró delicadamente el violín de las manos. Y el chico se volvió a mirar a Michael. En sus ojos azules, casi transparentes, ardía una franca curiosidad; sus cejas, espesas y oscuras, se enlazaban sobre la nariz y hacían resaltar la palidez de su rostro, con pelusa en las mejillas-. Basta por hoy. Te espera un largo viaje. Muy largo -dijo la profesora preocupada. El chico guardó el violín en el estuche-. Zichron Yaakov, ¿Queda a una hora o a dos? -le preguntó ella a Michael mientras el chico se encaminaba a la puerta.

Por un instante, Michael meditó si estaba dispuesto a prescindir de la hora de soledad que tanto le apetecía, pero al ver la sonrisa amistosa del chico no pudo menos de anunciar que él iría después al Beit-Daniel, y que si el muchacho podía esperar hasta que terminase de hablar con la señora Zackheim, lo llevaría en coche.

– ¡Qué buena suerte, Yuval! -exclamó Dora Zackheim encantada, acentuando erróneamente la primera sílaba del nombre-. Se lo agradecemos mucho. Trabaja demasiado, sin descanso -le dijo a Michael como si Yuval no estuviera presente-. Y en estos tiempos los autobuses son peligrosos -reflexionó en voz alta-. Nunca se sabe lo que puede pasar. Corren tiempos muy difíciles -continuó, meneando la cabeza-. Y hemos empezado a las siete de la mañana -dio una larga calada al puro, tosió y añadió en tono confidencial-: Por lo general me veo obligada a decir que no se esfuerzan demasiado. ¿Pero él? ¡Demasiado! -cabeceó de nuevo-. Demasiado trabajo y demasiada poca vida. Los chicos de su edad tienen que disfrutar de la vida. ¿Cuándo volverán a tener dieciséis años?

Como si no hubiera oído nada, Yuval echó un vistazo al anaquel inferior de una gran estantería de madera que cubría la pared y sacó una revista.

– ¡Es el Musical America donde viene un artículo sobre usted! -dijo emocionado a la vez que buscaba la página donde aparecían fotografías de Dora-. Shmulik me lo había dicho. ¿Lo puedo leer ahora, Dora?

Ella hizo un ademán desdeñoso.

– Paparruchas, un montón de paparruchas -masculló-. Se han caído algunos libros -añadió, y Yuval se agachó a recoger tres libros de bolsillo.

– Es muy amable de su parte que se ofrezca a llevarlo, viene desde Haifa -explicó Dora Zackheim-. Y ya es la tercera vez que viene esta semana. Cada clase nos ocupa mucho tiempo. Salió de casa a las cinco de la mañana -Yuval se ruborizó.

– Pero tengo que hablar con usted en privado -dijo Michael, y miró la gran puerta corredera que dividía en dos la sala. Estaba entreabierta y dejaba ver una cama que ocupaba casi todo el espacio de la otra mitad.

– Podemos cerrar la puerta -repuso ella jovialmente-. No hay ningún problema. No se oirá nada -añadió, y luego declaró muy animada-: Pero antes vamos a tomar un zumo o un café.

Yuval se sentó junto a Michael y empezó a leer la revista mientras jugueteaba con el borde del tapete que cubría la mesa. Dora Zackheim entró en la cocina y Michael la vio maniobrar con gran decisión en el pequeño espacio rectangular, verter líquidos y removerlos con estrépito. Yuval levantó la cabeza y a Michael le pareció que hacía grandes esfuerzos para reprimir una carcajada. Sus ojos titilaban.

– No sabía si hoy me había merecido el chocolate -comentó jocoso cuando la profesora apareció cargada con una bandeja de madera sobre la que reposaban unos vasos encajados en soportes de plata-, como he tocado tan mal; y resulta que hasta voy a tomar galletas.

Ella ladeó la cabeza y le dirigió una mirada crítica, aunque también afectuosa.

– Me alegro de verte contento al fin -dijo-, porque ayer y hoy me has tenido preocupada con ese humor tan mustio.

Una vez acabado el tentempié, Dora Zackheim le hizo un gesto a Michael, quien la siguió a la otra mitad de la habitación. Ella forcejeó en vano con la puerta corredera, que por lo visto no solía cerrar.

– Permítame -dijo Michael.

Dora Zackheim se apartó y le dio las gracias con un gesto. Luego abrió una ventanita que daba a una calle estrecha e indicó a Michael que se sentara en la única silla de la habitación. Ella tomó asiento en la cama y puso las piernas vendadas sobre un taburete. Su expresión se había tornado seria. En sus ojos azules había una mirada intensa.

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