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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Eso es incongruente -dijo Michael-. Nita sólo tiene treinta y ocho años. Herzl llegó a Israel en el cincuenta y uno. Nita ni siquiera había nacido, y lo conoce desde que nació. Cuando conoces a alguien desde siempre, no te asustas de él repentinamente a los tres años, a menos que haya hecho algo.

Balilty estaba desconcertado. Hizo el cálculo y dijo:

– Pues sí, yo qué sé. No tiene importancia. Es lo que ha dicho y ya está.

– Sí que tiene importancia -intervino Shorer-. Estamos hablando de Herzl Cohen, el empleado de su padre, en cuya cocina has encontrado el cuadro robado. Según tengo entendido -prosiguió señalando con un gesto a Michael-, hay muchos misterios relacionados con él, y el hecho de que inspirase miedo a Nita es uno de ellos.

– Quién sabe, puede que no hubiera reparado en él antes. Tal vez fue la primera vez que lo vio de verdad. Podéis escuchar la cinta vosotros mismos -dijo Balilty con desaliento-. En todo caso, lo importante es que la asustó. Pero ella dice que sabía muy bien que era inofensivo. Que es una buena persona. Pero le daba miedo. Está convencida de que no ha hecho daño a nadie, y menos que a nadie a su padre.

– ¿Y qué me dices de la persona que sí hizo daño a su padre? ¿La persona que lo asfixió? ¿Cabe la posibilidad, en opinión de Nita, de que a esa persona sí le hiciera daño Herzl? Dicho de otra forma, ¿que haya castigado al asesino del viejo Van Gelden? -preguntó Eli Bahar-. ¿Se lo preguntaste?

– Aunque te sorprenda, sí -repuso Balilty-, se lo pregunté. Y me dijo que no se atrevía a opinar, pero que le resultaba difícil imaginar a Herzl cometiendo un acto violento. Aunque sabemos, y ella también lo mencionó, que ha sufrido varias crisis.

Dalit le tocó el brazo a Balilty y él se inclinó hacia ella. Mientras Dalit le susurraba algo al oído al jefe del equipo, Michael se enfureció por las familiaridades que se le permitían a aquella chica y por la dependencia de Balilty hacia ella.

– Sí, Dalit ha tenido el acierto de recordarme a Meyuhas, el abogado -dijo Balilty con una solemnidad rayana en lo cursi-. Aún no hemos logrado ponernos en contacto con él. Está de vacaciones. Es el único que puede saber algo. Estamos tratando de averiguar el motivo de la pelea del viejo Van Gelden y Herzl -le explicó a Shorer-. Meyuhas vuelve mañana. Él nos aclarará las cosas. Entretanto, sí hemos dado con la canadiense. Nuestro representante en Nueva York la ha interrogado. Dalit ha hablado con él.

– ¿Qué canadiense? -preguntó Shorer.

– La que estuvo con Theo van Gelden el día en que robaron el cuadro y asesinaron a su padre. Theo estuvo con dos mujeres -prosiguió Balilty, suspirando- en una sola tarde, antes de dar un concierto por la noche. Hay gente que está hecha de acero. ¡Qué os parece, todo en un solo día! Y ahora tiene una coartada sólida.

– Tenemos que mantener bien vigilada a la señorita Van Gelden -dijo Shorer-. ¿Hay alguien con ella en estos momentos?

– Solamente la canguro, el policía de guardia a la puerta del edificio y su hermano -repuso Tzilla.

– Están preparándose para ir a Zichron Yaakov -le recordó Eli Bahar.

– Está bien, hay que ponerlos bajo vigilancia desde que salgan, si no antes. No me gusta nada este asunto de que no sepa lo que sabe. Es peligroso. No queremos encontrarnos con otro cadáver hoy -dijo Shorer.

– Lo haremos -dijo Balilty frunciendo la boca-. Enseguida.

– ¿Qué se sabe de la partitura de la que habló Herzl? ¿Alguna novedad? Es necesario que un experto escuche la melodía -soltó Michael de pronto.

– ¿Qué melodía? -preguntó Balilty sorprendido.

– La que Herzl le tarareó a Theo en el psiquiátrico -dijo Michael-. Tenemos que ponerle la cinta a un músico.

– Entendido -dijo Balilty-. Dalit, toma nota de eso. ¿Has pensado en alguien?

– El meollo de la conversación fue la referencia a esa partitura, y no sabemos cuál es. Hay que recurrir a un musicólogo. Consulta a Nita o a Theo, sin decirles de qué se trata.

– ¿Por quién me tomas? -preguntó Balilty enfadado. Echó un rápido vistazo a Zippo, que en ese momento se cubría el rostro con las manos-. Ya se lo he consultado, indirectamente. Tanto a Nita como a Theo. Y ahora que estamos en ello -añadió de pronto-, tú vas a ir a un sitio que estará lleno de músicos. ¿Por qué no te llevas una cinta? Dalit te hará una copia.

– Ya la he hecho -intervino Dalit.

– Excelente -dijo Balilty-. Dásela para que se la ponga a los genios, que la identificarán después de oír un par de notas. Quizá éste sea otro de esos casos donde todo se deduce a partir de una frase.

– Tengo que irme -dijo Michael, y, evitando mirar a Dalit, recogió la cinta que le puso delante-. No se puede hacer esperar a una señora de ochenta y seis años.

– Un caballero siempre es un caballero -señaló Zippo.

– Y necesitaré un casete -dijo Michael-, con pilas nuevas.

– Zippo va a llevar a Theo y a Nita a Zichron Yaakov -dijo Balilty-. Pensé enviar a Tzilla, pero está demasiado cansada después de la noche que ha pasado.

– Zippo también ha pasado en pie toda la noche. Manda a Eli -dijo Michael autoritariamente, antes de caer en la cuenta de que no era él quien estaba al frente del equipo-. Lo único que necesitamos es un chófer -se disculpó. Y vio que la expresión de Eli se ensombrecía de nuevo tras haberse animado fugazmente.

– Los puedo llevar yo -afirmó Zippo ofendido.

– Aquí hay un millón de cosas pendientes -comentó Michael en un intento de calmar los ánimos-. ¿Por qué obligarte a ir hasta Zichron Yaakov?

– No me causa ningún problema conducir hasta Zichron Yaakov. Cuando mi abuela aún vivía, hacía ese trayecto en un par de horas. Bueno, no iba hasta Zichron Yaakov, me quedaba un poco antes, justo pasado Hadera. Iba cada dos días. En unas condiciones mucho peores.

– Como quieras -dijo Michael, y vio que Eli bajaba la cabeza-. Había pensado que, a la vuelta, Eli podría pasarse por el laboratorio a recoger los documentos -explicó-. Piénsatelo -le dijo a Balilty-. Me marcho.

En ese momento apareció en la puerta la secretaria de Shorer.

– Izzy Mashiah quiere hablar con el superintendente jefe Ohayon -le dijo a Balilty-. Ha tratado de llamarte directamente -le explicó a Michael-, pero no respondías. Tiene que decirte algo urgente.

– Deberías tener el móvil encendido -le reprochó Balilty a Michael-. ¿Cómo quieres que me ponga en contacto contigo cuando me hace falta? Y no me vengas con que les tienes alergia. Uno no se puede permitir tener alergias que interfieren en el trabajo.

Michael salió de la sala de reuniones y siguió a la secretaria de Shorer. Iba mirando los minúsculos pasitos que daba. Como una mujer china de pies vendados, se bamboleaba enfundada en su falda de tubo, sobre los finos tacones.

La secretaria se detuvo a la puerta del despacho y miró a Michael con afecto maternal.

– No tienes muy buen aspecto -dijo-. ¿Te encuentras bien?

– Eso creo -sonrió con esfuerzo-. Ya se me pasará -aseguró. Al comprender que ella esperaba una explicación más concreta y que su silencio la heriría, añadió-: No lo he tenido fácil últimamente -y levantó el auricular del teléfono.

– ¿Puedo hacer algo por ti? -le preguntó la secretaria antes de retirarse con aparatosa discreción.

Sin soltar el auricular, Michael trató de poner cara de agradecimiento mientras decía:

– Ahora mismo no se me ocurre nada, gracias -ella asintió gravemente, ajena por completo a la ironía de las palabras de Michael. Él se sentía como si estuvieran recitando un diálogo de una novela rosa.

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