Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un asesinato musical
Un asesinato musical - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 ... 124
Перейти на страницу:

La puerta de la sala de reuniones se abrió de golpe.

– Bueno, ¿qué me decís ahora? -tronó la voz de Balilty, reventando de orgullo. Repitió lo que ya le había dicho a Michael por teléfono-: ¡No entiendo cómo han podido dejarlo así! ¡Si vale medio millón de dólares! Estaba enroscado en el armario de la cocina. Envuelto en un papel. Ese tipo de papel blanco satinado que se usaba antes para forrar los estantes de la cocina. Si no hubiera buscado bien, detrás de las botellas y del cacao, habría pensado que no era más que un rollo de papel. Imaginaba que tardaríamos meses en encontrarlo, si es que lo encontrábamos, y mira tú por dónde, así de pronto -tenía los ojos enrojecidos y parpadeaba continuamente, como si le dolieran. Una barba de uno o dos días le daba un aire de descuido. Los faldones de su camisa de rayas colgaban en parte por encima del cinturón, sobre su protuberante barriga, y tras sus anchas espaldas apareció Dalit.

Michael se sintió rebosar de ira al ver a la chica. Apretó las mandíbulas y fijó la mirada en Shorer, que estaba sentado a su lado, examinando la taza de café con gran concentración, como si no hubiera reparado en Dalit ni en la mirada de Michael. Por un instante, Michael pensó en levantarse. Incluso se le ocurrió tirar la silla y salir de la sala pegando un portazo, para no volver hasta que aquella cara pálida y radiante se hubiera esfumado. Renunció a esa posibilidad y a otras que le vinieron a la cabeza por estimarlas melodramáticas y absurdas, y optó por arrellanarse en el almohadillado asiento, estirar las piernas, cruzar los tobillos y abandonarse a un sentimiento de desesperación mientras contemplaba las manecillas del reloj de pared que tenía enfrente y se ponía a frotar tenazmente una mancha de grasa del contrachapado de formica de la mesa de reuniones.

Balilty tomó asiento a la cabecera y prodigó elogios, a sí mismo, a Dalit y también a Tzilla; luego hizo a regañadientes un comentario sobre el buen trabajo realizado por Eli. Zippo lo observaba con humilde expectación, hasta que bajó los ojos cuando quedó claro que Balilty no iba a mencionar su nombre. A Michael le pareció percibir una expresión de alivio en los rostros de Eli y Tzilla, motivada por la presencia de Shorer y por la supuesta resolución de los problemas de Michael. Tzilla se sentó frente a él y evitó mirarlo a los ojos. Balilty dirigía sus palabras hacia la esquina de la mesa ocupada por Michael y Shorer. Consagró algunos minutos a recapitular el curso de los acontecimientos, «para poner en situación al jefe de Investigaciones Criminales», dijo mirando a Shorer, «pese a que ya sé que Ohayon le informó anoche». Luego Balilty pasó a describir en detalle el estado en que se encontraba el piso de Herzl. («Un sótano apestoso de Beth HaKerem, con dos palmos de mierda en el suelo; se te quedan pegadas las suelas al andar, si es que encuentras algún sitio donde poner el pie; haría falta una excavadora para limpiarlo. Es increíble lo que se puede acumular. El tipo no tiene ni sesenta años y hay que ver todo lo que ha amontonado ahí. Instrumentos musicales incluidos. No sé nada de estas cosas, pero me da la impresión de que algunos son valiosos. Aquello parece una chatarrería.») Pese al escepticismo de los peritos, Balilty se había tomado la molestia de registrar a fondo el armario de la cocina. Y allí estaba el cuadro, bien escondido. («Detrás de un montón de botellas baratas de vino tinto y de coñac medicinal. ¿Quién bebe esas cosas hoy día? Y de un bote prehistórico de cacao holandés. Parecía que no habían abierto el armario desde hacía años y, sin embargo, las puertas no tenían ni una mota de polvo. El que escondió el cuadro las limpió a fondo. ¡Y yo que no he parado de hablar a la Interpol de los dos gabachos a los que les echamos el guante!») A continuación, Balilty explicó que en ninguno de los picaportes de aquel piso asqueroso había una sola huella digital, muy en especial en la cocina.

– Un buen contraste con el revoltijo y la suciedad que había por todos lados, y eso nos indica que no fue Herzl quien escondió el cuadro. ¿Para qué iba a borrar sus huellas? Es su casa, es lógico que sus huellas estén por todas partes -concluyó pensativo.

– ¿Cómo lo sabes? -le rebatió Eli Bahar-. Puede que alguien escondiera otra cosa allí. Tal vez él escondió el cuadro y luego llegó otra persona buscando algo y fue ella la que borró las huellas.

– Podría ser -dijo Balilty, torciendo la boca en un gesto desdeñoso-. Pero te garantizo que las cosas sucedieron como yo he dicho.

– ¿Qué garantiza el que lo digas tú? -se quejó Eli. Miró a Michael, y éste apoyó la barbilla en la mano sin decir nada.

– Os lo repito -insistió Balilty enfático-, creedme -levantó un brazo y abrió la mano-. Los armarios de la cocina estaban muy limpios. ¿Para que perder el tiempo hablando de eso? -hizo notar que no se veían indicios de que hubieran allanado el piso y que en el picaporte de la puerta principal, como en todos las demás, no había ni una huella-. A fin de cuentas, Herzl vive ahí y no se pasea por su casa con los guantes puestos -resumió con satisfacción-. No le hace falta borrar sus propias huellas, ¿no es así? -se volvió expectante hacia Shorer.

Shorer carraspeó, desmenuzó sobre su taza vacía de café la cabeza de una cerilla quemada que había sacado del cenicero y la tiró.

– Eso parece -reconoció a regañadientes, y escuchó con atención la gráfica descripción de Balilty sobre cómo había despertado a media noche a un especialista en pintura para que confirmase la autenticidad del cuadro.

– Porque según he podido saber -dijo Balilty dándose importancia-, gracias a mis conversaciones con la Interpol y con toda clase de expertos, en el mercado circulan muchas falsificaciones. Debíamos asegurarnos de que era el cuadro auténtico. Tendríais que haberlo visto. Alucinó.

– ¿Quién? -preguntó Zippo, que hablaba por primera vez.

– El especialista, el profesor Livnat. Al coger el cuadro, le temblaban las manos. En confianza os digo que a mí no me pareció nada del otro jueves. Si no me hubieran contado que era tan importante, del siglo XVII y todo eso, ni me habría parado a mirarlo.

– En la fotografía se ve muy bonito -dijo Tzilla titubeante-, sobre todo la cara de la mujer.

– ¿Y qué ha opinado al respecto el señorito Van Gelden? -preguntó Shorer.

– Pues sí, lo primero que hicimos fue ir a buscarlo. Zippo lo fue a buscar al psiquiátrico y lo trajo a casa de Herzl. Y, por cierto, antes de que se me olvide: él y su hermana irán a Zichron Yaakov en un coche de la policía. No vamos a correr ningún riesgo. Les haremos creer que es por su propia seguridad -dijo Balilty, y miró a Michael-. No puedo arrestarlos, ni retenerlos a la fuerza. Yo no les digo lo que pienso y ellos no me lo preguntan -añadió pensativo.

1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 ... 124
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)