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Un asesinato musical

Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:

De la celebrada autora israeli, Batya Gur, nos llega una nueva novela de Michael Ohayon, la cuarta de esta popular serie de thrillers fascinantes e inteligentes. En esta ocasion, Michael Ohayon, un detective culto, solitario y encantador, entabla amistad con una chelista perteneciente a una familia de musicos de fama internacional. Pero su aficion a la musica le llevara a investigar un inesperado caso de doble asesinato que afecta el entorno de su nueva amiga y que tiene que ver con el descubrimiento de un antiguo requiem barroco. Puede una obra de arte convertirse en el movil de un crimen brutal?
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– Si se te ocurre algo, lo que sea, no dejes de decírmelo. Te ayudaré con mucho gusto -concluyó ella, y salió.

– Tengo que comentar un par de cosas con usted -dijo Izzy Mashiah, la respiración rasposa y silbante, como si le faltara el aire-. Tengo varios motivos de preocupación. Me dijo que me pusiera en contacto con usted en caso de necesidad.

– Claro, cómo no -repuso Michael. Se preguntó si Izzy habría reparado en la vigilancia a que lo tenían sometido, en el coche de la policía aparcado frente a su casa, o en que tenía intervenido el teléfono-. ¿Ahora? ¿Por teléfono?

– ¡No, no! -exclamó Izzy Mashiah horrorizado-. Es un asunto delicado.

– ¿Es urgente? -preguntó Michael al tiempo que echaba una ojeada al reloj.

– No sé qué importancia le atribuirá usted -dijo Izzy con desconsuelo-. A mí me parece bastante urgente.

– ¿Se trata de la llave? -aventuró Michael.

– ¿Qué llave?

– La llave de casa de Herzl Cohen, la que tenía Felix van Gelden.

– No sé de qué me está hablando -Izzy se quedó en silencio y su respiración se volvió más jadeante, el silbido más estridente.

– La llave que la sargento Dalit encontró en su casa -explicó Michael.

– ¿Quién es la sargento Dalit? -dijo Izzy alarmado-. No conozco a ninguna sargento Dalit.

– La policía con quien habló usted anoche -repuso Michael impaciente-. ¿No ha hablado con una mujer llamada Dalit sobre la llave del piso de Herzl?

– No conozco a ninguna Dalit -aseguró Izzy Mashiah en tono quejumbroso-. No comprendo qué me quiere decir.

– Está bien, quizá no fuera Dalit. Pero ¿qué hay de la llave?

– ¿Qué llave? No sé nada de llaves -Izzy expectoró y resolló.

– Tranquilícese -dijo Michael, aparentando calma-. ¿No recibió una visita de la policía ayer noche?

– Anoche no recibí ninguna visita -replicó Izzy Mashiah.

– ¿Está seguro?

– ¡Cómo no voy a estarlo! -dijo Izzy a voz en grito-. Puede que me esté volviendo loco, pero no tanto -añadió con amargura.

– Está bien. Entonces, ¿de qué quería hablar conmigo?

El resuello asmático de Izzy remitió un poco cuando dijo:

– De muchas cosas, pero no por teléfono.

– ¿Podemos dejarlo para esta noche?

– Supongo que sí -suspiró Izzy Mashiah-. Aunque sería mejor ahora mismo.

– Ahora no puedo, es imposible -explicó Michael como si hablara con un niño-. ¿No podría contárselo a otra persona?

– Preferiría hablar con usted, si no le importa. Gabi lo admiraba, me sentiría más cómodo con usted. Si tengo que esperar hasta la noche, esperaré.

– Será tarde -le advirtió Michael.

– No pienso ir a ningún lado -repuso Izzy con tristeza-. Lo estaré esperando.

– Hay algo que no comprendo -dijo Michael desde la puerta de la sala de reuniones-. Concededme un minuto, por favor.

– ¿Todavía no te has ido? -preguntó Tzilla sorprendida.

– Concededme un minuto -repitió Michael-. ¡Un momento de atención, por favor! -todos quedaron en silencio y lo miraron expectantes.

Michael se esforzó en mirar a Balilty y sólo a Balilty. Vio por el rabillo del ojo el movimiento de la mano de Shorer, que garrapateaba con una cerilla quemada sobre un papel en blanco sujeto cuidadosamente con la otra mano, como si sus pensamientos vagaran muy lejos de allí. Pero Michael sabía que estaba muy atento.

– Acabo de hablar con Izzy Mashiah -dijo quedamente, sin retirar la vista de Balilty.

– ¿Y? -replicó Balilty impaciente-. ¿Qué pasa?

– Lo que pasa -dijo Michael despacio- es que nadie ha hablado con él sobre la llave de casa de Herzl. No conoce a ninguna policía llamada Dalit.

A Balilty se le abrió la boca y se le achicaron los ojos.

– ¿Es eso lo que ha dicho? -preguntó asombrado. Se volvió vivamente hacia Dalit, quien, con expresión de desconcierto, se encogió de hombros, abrió los brazos en un ademán de impotencia y no dijo nada.

– ¿Qué historia es ésta? -le preguntó Balilty severo-. ¿Estuviste ayer con él o no?

– Claro que sí -repuso Dalit, y abrió de par en par sus ojos azul claro. El aleteo de sus pestañas pareció arrojar sombras sobre la pálida tez de la chica.

– ¿Y hablasteis de la llave?

– Pues claro -contestó Dalit con deliberada serenidad. Se atusó una fina ceja con el dedo y entrelazó las manos.

– ¿Y la llave?

– La llave… -por un instante fue como si se abriera una brecha en su seguridad-. La entregué con el informe al laboratorio de Criminalística, junto con el resto de las pruebas. Anoche lo guardé todo y lo he llevado allí personalmente.

– ¿Fuiste al laboratorio anoche?

– He ido esta mañana, antes de venir aquí -replicó Dalit a la defensiva, mirando a Balilty con gesto dolido-. La he dejado allí, en un sobre -añadió.

Balilty entornó los ojos. Miró a Michael.

– Alguien no está diciendo la verdad -dijo al fin. Sus palabras resonaron en el silencio de la sala-. Es decir que alguien está mintiendo a lo grande. ¿Qué dicen los vigilantes en el informe de ayer? Deben de mencionar la visita de Dalit. ¿Qué pretende al decir que no conoce a ninguna sargento Dalit?

– Aún no hemos recibido el informe de ayer -explicó Tzilla con inquietud-. Llegará al mediodía.

– Quizá no me vieron -intervino Dalit vacilante.

– ¿Por qué no iban a verte? ¿Es que fuiste a escondidas o qué? -inquirió Balilty, y sin esperar a que le respondiera, volvió a decirle a Michael-: ¿Qué pretende diciendo que no conoce a ninguna sargento Dalit?

– Yo me he limitado a repetir lo que he oído -dijo Michael a la vez que se reclinaba contra la puerta, que había cerrado hacía rato-. Si quieres, puedes escuchar la grabación de la conversación en el despacho de Shorer. ¿Por qué se iba a inventar Mashiah una cosa así? ¿Qué podría sacar de ello?

– Habrá que volver a hablar con él -dijo Balilty nervioso-. Nunca nos había sucedido nada semejante. Es una verdadera locura. ¿Por qué iba a negarlo si ya ha entregado la llave?

– Eso digo yo -comentó Michael-. Eso mismo me pregunto yo.

– No tengo ni idea -insistió Dalit cuando Balilty volvió a mirarla.

Dalit se había ruborizado. Michael estaba perplejo. No sabía qué pensar. Se arrepentía de haber hablado en público. No porque pusiera en duda la palabra de Izzy Mashiah, en quien por algún motivo confiaba, sino porque estaba convencido de que iba a aflorar algo desagradable y sórdido, algo turbio, y era él quien lo había rescatado de las profundidades. Sin reflexionar, sin pensar en las consecuencias. Había transgredido sus propias normas. Porque iba a llegar tarde a la cita con Dora Zackheim. Y también por haber querido saldar las cuentas con Dalit. Pero ya no sentía la menor ansia de venganza, ni ninguna satisfacción. ¿Adonde había ido a parar la ira que lo inflamaba hacía un instante? ¿Cómo no se habría parado a pensar en sus resquemores y en el deseo de devolverle la jugada a Dalit? ¿Cómo no había reconocido que ésa había sido su motivación? Quizá albergara sentimientos de los que no era consciente.

– Ponme al habla con el laboratorio -le dijo Balilty a Zippo, impaciente.

Eli Bahar salió de la sala detrás de Michael con el encargo de ir a buscar a Izzy Mashiah. Dalit se encogió de hombros y recogió sus papeles con movimientos nerviosos, espasmódicos.

– ¿Qué está pasando? -le dijo Michael a Eli una vez que hubieron salido del edificio-. ¿Qué te parece a ti?

– Esa chica me ha dado mala espina desde el principio -reconoció Eli-. Pero pensaba que serían imaginaciones mías, por eso de que Balilty me había relegado a un segundo plano, dejándome de chico de los recados. Ahora ya no sé si sería por eso. Creo -prosiguió, mordiéndose el labio inferior- que también habrá que verificar lo de nuestro hombre en Nueva York. ¿Cómo podemos saber si ha hablado realmente con él sólo porque lo diga?

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