El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué iba a venir por ti, Patrick -le preguntó- en vez de por cualquiera de los otros?
– Porque llevo algún tiempo persiguiéndolo y creo… bueno, me parece que puede ser que se haya enterado de que soy yo.
– ¿Quieres decir que eres solo tú?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Terry, el asunto es largo y complicado. Baste decir que… que estoy preocupado, y quiero que tú estés…
– ¿Que esté cómo, Patrick?
– En guardia… alerta -dijo él-. Ten los ojos abiertos.
– ¿Y los niños, Patrick? Ese hombre… ya sabes, ¿les haría daño? -le preguntó ella.
– Terry, solo quiero que tengas los ojos abiertos, nada más. No; no haría daño a los niños -dijo Kane; aunque, en realidad, no sabía lo que podía hacer Richard, de lo que era capaz.
El novio de Merrick Kuklinski, Richie Peterson, empezaba a maltratarla. Empezó por dar empujones a Merrick; después, llegó a pegarle y a romper cosas. A pesar de lo mucho que Merrick quería a Peterson, juró que no iba a entrar en una relación de pareja con malos tratos como la que había tenido que sufrir su madre. Por tanto, puso fin a toda relación sentimental y a todo trato con Peterson, irrevocablemente y sin disculparse. Este se quedó descorazonado, hundido. Perseguía a Merrick, le suplicaba que se lo pensara, le prometía que cambiaría; pero ella no quiso atender a sus súplicas.
Si Merrick hubiera contado a su padre que Richard Peterson la había maltratado, Richard lo habría matado y lo habría echado a las ratas. Pero Merrick se callaba los malos tratos, y Richard seguía tratando bien a Peterson. Lo trataba con una confianza fuera de lo común por parte de Richard. Peterson era joven, no estaba fuera de la ley, y llevaba mucho tiempo saliendo con Merrick. Para Richard, Peterson era como un hijo adoptivo. Pero aquella familiaridad acabaría por volverse en contra de Richard.
Chris Kuklinski seguía reafirmando su individualidad a base de relacionarse con muchos amigos masculinos. A veces tenía relaciones con ellos en furgonetas aparcadas delante de la casa, estando Richard en casa; otras veces llevaba a chicos a su dormitorio de la planta baja, mientras Richard veía la televisión en el primer piso.
Chris conocía bien el mal genio de su padre, por supuesto, pero no sabía nada de la doble vida de este. No tenía idea de que al hacer aquellas cosas estaba provocando una situación que podía ser muy delicada y peligrosa. Si Richard la hubiera encontrado haciendo esas cosas, se habría vuelto loco, y al chico que estuviera con ella lo habría mandado al hospital o, peor aún, a la tumba. La tragedia podía producirse en cualquier momento.
Pat Kane intentó seguir a Richard varias veces, pero aquello resultó ser muy difícil. La costumbre de Richard de hacer cambios de sentido y giros repentinos, de detenerse al borde de la carretera y pasar un rato esperando, hacía que resultara casi imposible seguirlo. Kane también pensó en visitar la tienda de Phil Solimene, en Paterson, para ver de qué podía enterarse; pero por una serie de circunstancias fortuitas Solimene conocía a Pat Kane y sabía que era policía, de modo que lo reconocería en cuanto entrara.
Kane llegó a considerar que Solimene era un posible punto flaco, un medio que podía servir para demostrar algo contra Richard, pero la cuestión era ¿cómo? En realidad, Solimene era un verdadero forajido con el alma negra y que sabía muy bien lo peligroso que era Richard, y tendría que encontrarse muy apurado para traicionar a Richard o para ayudar a la Policía de alguna manera.
Pero aquello acabaría por cambiar con el tiempo.
Kane, tenaz por naturaleza, se dedicó a continuación a estudiar los datos telefónicos de Kuklinski, y descubrió al poco tiempo que tenía cuatro líneas telefónicas diferentes y que pagaba facturas de teléfono enormes, de varios miles de dólares al mes.
Al estudiar con mayor detenimiento las llamadas de Richard, Kane advirtió que este había estado llamando por teléfono al número de Louis Masgay, pero había dejado de llamarlo precisamente a partir del día de la desaparición de este.
– Interesante -observó el teniente Leck cuando Kane se lo comentó-. Sobre todo, si tenemos en cuenta que Kuklinski negó conocer siquiera a Masgay.
Aunque aquello resultaba francamente sugestivo, tampoco demostraba de ningún modo que Kuklinski hubiera matado a Louis Masgay, aunque desde luego que apuntaba en dicho sentido. Kane siguió comprobando los centenares de números de teléfono a los que se había llamado desde la casa de los Kuklinski. Revisar todos aquellos números sin relación aparente entre sí era un trabajo monótono y agotador; pero de pronto, fue como si uno de los números saltara del papel a la cara de Pat Kane.
– ¡Bingo! -exclamó este; y entró corriendo en el despacho del teniente Leck-. Ya lo tenemos -anunció.
– ¿Qué hay? -preguntó Leck.
Richard seguía trabajando como de costumbre. Aceptaba contratos para realizar asesinatos por todo el país. Compraba y vendía mercancías robadas, drogas y armas de fuego; distribuía pornografía de un extremo a otro de los Estados Unidos. Por entonces alquiló unas oficinas en Emerson y puso en marcha una nueva empresa a la que dio el nombre de Sunset Inc. Se servía de la empresa para comprar y vender partidas de artículos con defectos y para vender artículos falsificados, ropa vaquera y jerséis, bolsos, incluso perfumes. Richard hacía coser etiquetas falsas a las prendas y las vendía como auténticas. Los mayoristas que vendían en todos los mercadillos del país se las llevaban a manos llenas. Richard no llevaba nunca a su casa la pornografía que distribuía. Barbara no habría consentido una cosa así. Pero de cuando en cuando sí guardaba de un día para otro en el garaje de la casa partidas de películas X envueltas en plástico. El hijo de Richard, Dwayne, encontró una vez uno de estos cargamentos y se quedó atónito al ver aquellas cajas con las carátulas llenas de fotos pornográficas procaces. Era un espectáculo excitante para cualquier chico adolescente normal.
Dwayne no se había sentido nunca unido a su padre. Aunque Barbara y sus hermanas hacían todo lo posible por ocultar la verdad a Dwayne, este sabía que Richard pegaba a su madre, que destrozaba los muebles, que rompía cosas. Dwayne suponía que su padre acabaría por descargar su ira en él, tarde o temprano. Él estaba dispuesto a defender a su madre aunque le costara la vida, y solía pensar en ello, en que un día intentaría impedir que su padre maltratara a su madre y él mismo se convertiría en blanco de la agresión. Dwayne seguía procurando tener armas al alcance de la mano para poder defenderse, para eslar pro parado, dispuesto para la acción, si llegaba el momento de tener que defender a su madre de Richard.
Pero Dwayne no tenía idea de lo peligroso, de lo francamente mortífero que era Richard, y por muchos preparativos que hiciera, jamás tendría ninguna posibilidad de sobrevivir si entablaba combate con su padre.
Richard hacía todo lo que podía por agradar a su hijo. Intentaba ser un buen padre. Compraba constantemente regalos para Dwayne, que solían consistir en armas de diversos tipos: una espada, cuchillos de todas clases, pistolas de aire comprimido, una ballesta. No se trataba de una ballesta cualquiera, sino de una de superlujo con la que se podría haber abatido a un oso, con flechas con punta de caza, afiladas como hojas de afeitar y hechas para matar, para atravesar fácilmente la carne y los músculos y romper los huesos. A Dwayne no le interesaba ninguna de aquellas armas, rara vez usaba la ballesta, pero sí llegó a pensar en usarla contra su padre, en matarlo con ella, de hecho, para proteger a su madre. Dwayne estaba muy unido a Barbara, pero tampoco era ni mucho menos un niño de mamá. Le encantaban los deportes y la acción, levantaba pesas y tenía el cuerpo esbelto y musculoso. La gran pasión de Dwayne era la lucha libre, y brillaba en este deporte, en el que ganaba casi todos los combates. Toda su familia, Richard incluido, acudía a ver sus combates de lucha libre, y lo animaban con desenfreno. La asistencia de Richard a los combates de Dwayne era una de las pocas cosas en las que a Dwayne le gustaba que participara su padre. Richard no lo llevaba a ver partidos de béisbol, de fútbol ni de fútbol americano; no iba con él de pesca ni hacía nunca las cosas que suelen hacer juntos los padres con los hijos. Pero a Dwayne sí que le gustaba que su padre acudiera a ver sus encuentros de lucha libre y lo animara.