El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Te estoy hablando de cuentas inmensas de grandes empresas y de personas que tienen mucho dinero que esconder, de personas que no podrían acudir jamás a la Policía, ¿entiendes? -dijo Remi, hablando sin apenas mover los labios, como si fuera un ventrílocuo.
– Entiendo.
– Necesitamos una cuenta en los Estados Unidos donde poder cobrar los cheques. ¿Te interesaría a ti participar en la empresa?
– ¿Qué ganamos nosotros?
– La mitad debe ser para el banquero. Nosotros nos repartiremos la otra mitad.
– ¿Y dices que lo único que tengo que hacer es abrir una cuenta y depositar esos cheques?
– Exactamente.
– ¿De cuánto dinero estamos hablando?
– De no más de setecientos cincuenta mil dólares. Si se supera esa cantidad, la transacción pasa automáticamente a controlarse más.
– Estás de broma.
– Yo no hago bromas con el dinero.
– Me apunto, claro -dijo Richard, y accedió a abrir otra cuenta de empresa en los Estados Unidos para facilitar esta operación. Todo parecía demasiado fácil para ser verdad, pero Richard había oído contar cosas más raras todavía, y conocía bien el negro instinto de rapacidad que se escondía en los corazones de los hombres; por ello, aceptó de buena gana el trato que le había propuesto Remi.
El cheque de Nigeria no tardó en llegar. Era de 455.000 dólares. A Richard le correspondía un 25%. Richard lo tomó y se volvió a los Estados Unidos en un asiento de primera clase de un vuelo de la Pan Am, con intención de volver pronto a Zúrich.
Pat Kane entró en el despacho del teniente Leck y dijo:
– La única manera en que podremos atrapar a Kuklinski es poniendo cerca de él a alguno de los nuestros. Vamos a tener que infiltrar a alguien verdaderamente bueno. A alguien capaz de engañarlo, de hacerlo salir al descubierto.
– ¿Habías pensado en alguien? -le preguntó Leck.
– He estado hablando con el jefe de homicidios del condado de Bergen, Ed Denning. Dice que conoce a un infiltrado de primera, es del ATF [8].
– Claro, prueba a ver. ¿Por qué no? -dijo Leck, sabiendo que Kane tenía razón, que la había tenido desde el principio.
A principios de abril, Pat Kane fue en su coche a Trenton, Nueva Jersey, para reunirse con aquel superagente infiltrado.
45
Dominick Polifrone tenía treinta y nueve años; ojos oscuros, duros, callejeros; pómulos marcados; bigote de Fu Manchú; llevaba un peluquín negro que le sentaba mal. Medía cerca de un metro ochenta; era un hombre tuerte, robusto, ancho de hombros, hijo de inmigrantes italianos, de piel oscura y cetrina. Polifrone estaba casado y era feliz en su matrimonio, y tenía tres hijos pequeños. Se había infiltrado con éxito muchas veces en círculos de la Mafia; había recogido pruebas sólidas que habían servido para conseguir condenas en tribunales federales, y ninguno de los condenados por mediación suya se había enterado de que la culpa había sido de él. Polifrone sabía andar y hablar, sabía vestir, sabía qué decir y cómo decirlo. Había adoptado la personalidad, la apariencia ruda, los andares contoneantes, el habla y los dichos de los tipos de la Mafia. En muchas ocasiones hablaba poniendo un «joder» en cada frase. Polifrone impresionó inmediatamente a Pat Kane. Cuando se conocieron, Pat no solo pensó que era capaz de hacer el trabajo, sino que podía hacerlo muy bien. Según contaría más tarde Pat, Polifrone era perfecto, «como salido de una película de mafiosos». De hecho, según dijo también Kane, «casi parecía demasiado auténtico para ser de verdad».
Los dos hombres, tan diferentes como el día y la noche, uno osado y audaz, el otro cortés e introspectivo, se sentaron a hablar, y Pat Kane le contó poco a poco todo lo que tenía. Mientras hablaba, Polifrone iba frunciendo la ancha frente con curiosidad, con surcos que se hacían más profundos conforme Kane iba hablando. La curiosidad no tardó en convertirse en consternación, y después en franca rabia. Cuando Kane hubo terminado de exponer todo lo que tenía, Polifrone dijo:
– ¿Me estás diciendo que ese cabrón ha matado a toda esa gente y que sigue suelto por ahí, joder?
– Eso mismo es lo que estoy diciendo -dijo Kane, con la cara de muchacho rígida como una piedra, con la mirada firme y decidida, lleno de resolución de acero.
– ¡Eso es increíble! -dijo el otro.
– Y que lo digas. ¿Estás dispuesto a ayudar?
– La cuestión no es si estoy dispuesto a ayudar. Claro que lo estoy. La cuestión es cómo voy a conseguir que mis jefes lo aprueben.
Polifrone trabajaba para la Oficina Federal de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, que no se dedicaba a investigar asesinatos. Los homicidios quedaban fuera de su jurisdicción. Pat Kane ya lo sabía, naturalmente, y tenía preparada una respuesta.
– Yo te lo diré -dijo Kane-. Por las armas de fuego. Trafica con armas de fuego.
– ¿Directamente? -Sí.
– Eso bastará, joder.
Polifrone fue a hacer unas llamadas telefónicas, resumió a sus superiores lo que les había contado Kane, y al cabo de una hora ya le habían dado luz verde. Kane y él se dieron un apretón de manos.
– ¡Vamos a atrapar a ese cabrón! -dijo Dominick. Y así empezó una colaboración poco frecuente entre la Policía Estatal de Nueva Jersey y el Gobierno federal. Esta colaboración llegaría a convertirse en uno de los trabajos policiales estatales-federales más amplios de la historia; sería un equipo de trabajo sin igual en la historia de Nueva Jersey.
Pero era mucho más fácil decir «vamos a atrapar a ese cabrón» que hacerlo.
Richard Kuklinski era un hombre muy desconfiado y peligroso. Olía a un policía a un kilómetro de distancia. Era un don que había desarrollado, pulido incluso, a lo largo de toda una vida dedicada al crimen, a acechar y matar a voluntad, de toda una vida de depredador en una selva muy peligrosa, pues así era como concebía él su mundo. ¿Cómo podían conseguir que Dominick Polifrone se acercara a Kuklinski, cuánto más que se ganara su confianza y su buena fe? Esta era la pregunta del millón, era la gran montaña que tenían que escalar.
Aquella noche, Pat Kane llegó a su casa emocionado y muy contento, como si hubiera vuelto a nacer. Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía en vez de estar taciturno y retraído. Por primera vez desde que había caído en sus manos aquel caso que crecía cada vez más, Kane veía una luz al final de un túnel oscuro y traicionero, sembrado de los muchos cadáveres descompuestos de las víctimas de Richard Leonard Kuklinski.
Cuando Richard llegó a su casa de vuelta de Zúrich aquel fin de semana estaba de buen humor. Siempre que había ganado dinero estaba de buen humor. Al día siguiente fue a ver a John Spasudo y le habló del viaje, le contó lo bien que había ido.
– ¡Ya te lo decía yo, Rich! ¡Ya te lo decía yo!-exclamó Spasudo, apretando la mano enorme de Richard.
– Es cierto, amigo, es cierto -dijo Richard; y al poco tiempo los dos se repartieron los beneficios de la operación con las divisas nigerianas; era una buena cantidad de dinero, y existía la perspectiva de ganar más dinero todavía. Mucho más dinero. Richard no había creído que pudiera ser tan fácil, pero ahora tenía fe, y John Spasudo era, de momento, su nuevo mejor amigo.
¿Por qué no se limitó Richard a matar a Spasudo, a quedarse con su parte del dinero y quitárselo de encima? Cuando se le hizo esta pregunta hace poco, respondió: Porque me resultaba útil. Pensé que si había sido capaz de llevar adelante aquello, quién sabía de lo que sería capaz.
[8] Oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. (N. del T.)