El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Richard quería deshacerse del cadáver de Hoffman, y para ello fue en su furgoneta hasta el restaurante Harry, en la Ruta 46, en Hackensack. Se tomó un emparedado de rosbif y una pepsi light y decidió dejar el bidón donde estaba Hoffman a espaldas del restaurante Harry. Lo dejó allí como quien tira un neumático usado que ya no sirve para nada. El bidón siguió allí muchísimo tiempo; Richard llegó a almorzar varias veces allí, se comió un buen emparedado de los de Harry, apoyándose en el bidón mismo. Un día, desapareció sin más, sin que nadie dijera nada de haber encontrado un cadáver. Todo aquello divertía a Richard. Hasta la fecha, no tiene la menor idea de dónde fue a parar el bidón que contenía los restos de Paul Hoffman.
43
Roy DeMeo se había metido en líos bien grandes. Su actitud de ególatra que se creía intocable había terminado por llevarlo a mal fin, y ahora estaba hundido hasta el cuello.
En primer lugar, volvían a asediarlo las consecuencias del asesinato sin sentido de Vinnie Governara. Dominick Montiglio, sobrino de Nino Gaggi, se había metido en líos por asuntos de drogas y había acabado por llegar a un acuerdo con los federales, de manera que podría salir del paso a cambio de entregar a su tío Nino y a Roy DeMeo; y eso fue lo que hizo. Además, a DeMeo lo habían detenido por compraventa de coches robados, y fue responsable de que detuvieran a Nino Gaggi por haber matado a Jimmy Esposito y a su hijo Jimmy. Había habido mala sangre entre DeMeo y Jimmy hijo a raíz de una operación de tráfico de cocaína en la que Jimmy hijo creía que le habían estafado varios centenares de miles de dólares. Esposito padre, siciliano de la antigua escuela al que había «hecho» el propio Carlo Gambino, se quejó a Paul Castellano de que Nino y Roy estaban vendiendo cocaína. En otros tiempos, bajo el reinado de Carlo, esto podría haber equivalido a una sentencia de muerte para Nino y para Roy, y, en efecto, Esposito buscaba la muerte de los dos. Pero habían cambiado los tiempos. El propio Castellano había estado recibiendo mucho dinero ganado «de manera extraoficial», y acabó por dar a Nino luz verde para acabar con Jimmy padre y Jimmy hijo.
Pero aquello no era tarea fácil. Esposito padre era un siciliano astuto. No se fiaba de Gaggi, ni mucho menos de DeMeo. Por fin, Nino consiguió atraer a Jimmy padre a «una sentada amistosa» en casa de Roy. Por el camino, en un área de descanso al borde de la carretera Belt Parkway, Nino y DeMeo mataron a tiros a los dos Esposito, padre e hijo. Este fue un crimen estúpido y mal preparado, pues lo presenciaron varios automovilistas que circulaban por la Belt Parkway, que avisaron a la Policía, y Nino Gaggi quedó detenido tras una breve persecución. DeMeo había conseguido escapar, pero en esencia el plan había sido suyo, y ahora se encontraba hundido en la mierda: había sido causante indirecto de que a su jefe, un capitán de la Mafia, lo detuvieran y lo acusaran de un doble homicidio. Era una posible sentencia de muerte.
Roy creía que tenía los días contados. Los efectos de la tensión saltaban a la vista. Parecía que había perdido el control de sí mismo. Tenía el aspecto de un hombre hundido, desaliñado, alcoholizado, a punto de hundirse; de un hombre que muy bien podía acudir a la Policía para intentar llegar a un acuerdo para salvarse a sí mismo, a su familia, para conservar su dinero, para conseguir una nueva identidad. El mundo del hampa sabía que DeMeo tenía un primo, Paul DeMeo, que era un catedrático de Derecho célebre y respetado, y empezaron a correr rumores de que DeMeo no era de fiar, de que su primo le estaba aconsejando que llegara a un acuerdo con el Gobierno. Así, DeMeo tuvo los días contados. Los hombres de todas las familias del crimen organizado empezaron a reunirse a hablar del peligro que representaba DeMeo, de todo lo que sabía; hablaban de quitar a DeMeo de la circulación.
Naturalmente, Richard oyó estos tambores que sonaban con fuerza en la selva del hampa.
La investigación del detective Pat Kane no conducía a nada. No encontraba por ninguna parte a Danny Deppner. Barbara Deppner no había recibido ninguna noticia suya, y repetía a Kane que debía de estar muerto, que Richard Kuklinski lo habría matado, sin duda. Pero no había ninguna prueba de esto, ningún cadáver, nada.
Pero el detective Kane seguía creyendo que Richard era un frío asesino a sueldo, un maestro del crimen capaz de cometer asesinatos impunes. Todo esto afectaba mucho al joven Kane. Aquello estaba derrumbando su fe en los conceptos del bien y de la justicia. Empezaba a beber más de lo conveniente. Sus relaciones con su esposa, Terry, se estaban volviendo tensas. Hasta sus colegas opinaban que «daba más importancia a aquel asunto de la que tenía en realidad».
Pero Kane no estaba dispuesto a rendirse. Siguió trabajando en el caso sin descanso, siguió estudiando la mentira descarada, insidiosa, que era, según creía, la vida de Richard Kuklinski. Kane sabía que a Richard lo apreciaban sus vecinos, que lo consideraban un buen padre de familia. Sabía también que iba a misa todos los domingos, que hasta ejercía de sacristán en la iglesia. Pero estaba convencido de que Richard era un monstruo, un agente del mismo diablo, disfrazado de padre de familia. Kane era hombre religioso, creía fervorosamente en la Iglesia católica y en todas sus enseñanzas y preceptos. Estaba seguro de que Dios le había encomendado la misión de poner fin a la carrera sangrienta de Richard Kuklinski, una misión en la que él no podía fracasar.
Kane no podía dejar de acordarse de cómo había matado Kuklinski a Gary Smith con una hamburguesa envenenada porque este había ido a ver a su hija pequeña. ¿Qué diablo de hombre era capaz de hacer una cosa así? Recordaba también cómo había roto de un puñetazo los parabrisas de los coches de un adolescente y de una mujer por discusiones de tráfico sin importancia.
En vista de que no podía acudir a ninguna otra parte, Kane volvió a empezar por el principio y fue a visitar a Percy House. House seguía en la cárcel, seguía sin poder salir bajo fianza.
Percy House era un forajido brutal, un matón bravucón que abusaba de los que eran más débiles que él. Solía pegar a Gary Smith y a Danny por no cumplir sus órdenes; pegaba a Barbara Deppner; hasta pegaba a los hijos de esta.
A Richard no le caía bien en absoluto Percy House. Había visto a Gary después de que Percy le hubiera dado una paliza, y parecía que lo había atropellado un camión. Richard habría matado a Percy House sin dudarlo si no hubiera sido porque la hermana de este estaba casada con Phil Solimene. House llevaba ya muchos meses metido en la cárcel, y se le había amargado todavía más el carácter, si cabe. Cuando Kane habló con él, fue directamente al grano.
– Quiero a Kuklinski. Sé quién es y a qué se dedica. Si me ayudas a atraparlo, me encargaré de que puedas llegar a un acuerdo de alguna manera, para que puedas salir de esta. Si tú me ayudas, yo te ayudaré a ti. Te doy mi palabra de honor. Si no, ¡me encargaré de que te pudras en la cárcel! ¡De que te pudras de verdad! -añadió.
Percy House tenía miedo a Richard. Sabía lo peligroso que era Richard, sabía que para él matar era tan natural como rascarse. Pero no le gustaba nada estar en la cárcel; quería salir libre, y sabía que la única manera de salir sería hablar, contar lo que sabía, llegar a un acuerdo. Sin embargo, la perspectiva de tener que entendérselas con Richard era temible, aterradora. Respiró hondo, y dijo por fin: