El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Teniente -dijo-, tengo aquí una prueba clara, irrefutable, que relaciona a Kuklinski con el motel York. Hizo una llamada telefónica al hotel el 21 de diciembre, cuando Deppner y Smith estaban alojados allí. ¡Que intente negarlo!
– Bien, muy buen trabajo -dijo Leck. Si bien aquello no era más que una prueba circunstancial que no demostraba que Kuklinski hubiera matado a nadie, sí que relacionaba directamente a Kuklinski con el lugar donde habían encontrado a Gary Smith.
Pero para Pat Kane aquello representaba una nueva prueba de lo que él venía diciendo desde ya hacía años. Sin embargo, no tenían pruebas suficientes para ir a poner las esposas a Kuklinski. Kane deseaba, más que ninguna otra cosa en su vida, ir a detener a Richard Kuklinski y meterlo en un calabozo, encerrarlo como lo que Kane creía que era, un animal furioso. Aquella investigación había llenado a Kane de frustraciones y de desánimo. Sabía que Kuklinski era un asesino a sueldo al servicio de la Mafia, que era distribuidor de pornografía; que había matado a cinco personas, que él supiera (Masgay, Hoffman, Malliband, Smith y Deppner), y él no podía hacer nada al respecto, al menos de momento. Kane se estaba volviendo retraído y taciturno. Terry apenas era capaz de animarlo a hablar, a que se comunicara con ella o con los hijos. Siempre había sido un marido cariñoso, muy entregado y atento, un padre amantísimo; pero ahora se había convertido en un hombre completamente distinto. Estaba allí, en la casa, en la cama junto a su esposa, pero en realidad no estaba presente, no formaba parte de la familia. Pasaba casi todo el tiempo como ausente, explicaría más tarde Terry Kane. Pat tampoco dormía bien. Pasaba las noches dando vueltas en la cama. Tenía ojeras. A veces, por la noche, oía un ruido en el exterior de la casa, se levantaba de la cama y salía con una pistola en la mano. Si Kuklinski se presentaba con intención de hacerle daño a él o a su familia, lo mataría. Y punto.
Para poder detener a Kuklinski, para poner fin a aquella matanza que iba realizando en solitario, Kane sabía que necesitaba pruebas tangibles, irrefutables: la clásica pistola todavía humeante; testigos, huellas dactilares, pruebas reales que tuvieran validez ante un tribunal. Pat Kane salía a echar largas carreras, daba puñetazos a su saco pesado, mientras pensaba únicamente en aquel caso, en cómo sacar de la calle a Kuklinski. Solía tener fantasías en las que mantenía un tiroteo con Kuklinski y lo mataba. Kane tenía una puntería excelente, y le habría gustado vérselas cara a cara con Kuklinski. Estaba convencido de que si en el mundo había que matar a alguien, ese alguien era sin duda Richard Kuklinski. Pero sabía que aquello no era posible. El había ido siempre, durante toda su vida, por el camino recto, respetando las reglas y los reglamentos de la sociedad, y no estaba dispuesto a cambiar ahora, a convertirse en un homicida, por causa de Kuklinski. Sin embargo, sí que le habría gustado que Kuklinski le hubiera dado motivos para matarlo como a lo que era sin duda, como a un perro rabioso.
Un domingo que había ido a pescar lucios de los Grandes Lagos, su pasatiempo favorito, a Kane se le ocurrió por primera vez una idea que le pareció que podría hacer avanzar la investigación, incluso llevarla a su fin con éxito. El lucio de los Grandes Lagos (Esox masquinongy) es un pez de agua dulce, predador, algunos dicen que verdaderamente astuto, de la familia de los lucios. Estos peces, a los que se conoce en Estados Unidos con el nombre de muskellunges, o vulgarmente musties, viven en lugares apartados de los lagos de agua dulce. Son muy difíciles de pescar; no se los engaña fácilmente con cebos ni señuelos. Pueden alcanzar un metro ochenta de largo, son veloces y violentos y tienen dientes afilados como hojas de afeitar. Son tan agresivos que no solo se alimentan de otros peces, sino que llegan a atacar y a devorar a las ratas de agua, a los patos y a otros vertebrados de sangre caliente. Si en las aguas dulces del norte de Nueva Jersey hay un asesino en serie despiadado, se trata sin duda del mustie. Aquel domingo, mientras Kane intentaba pescar al mustie escurridizo con cebos vivos, se le ocurrió la idea de utilizar un cebo vivo para atrapar a Kuklinski.
Kane pensó que Kuklinski se parecía mucho a un mustie: atacaba donde quería, era astuto, era un asesino difícil de cazar.
Sí: lo que necesitaba Kane para atrapar a Kuklinski era un cebo vivo, un señuelo seductor capaz de engañarlo y de hacerlo salir al descubierto. Pat Kane empezó a buscar a un hombre capaz de acercarse a
Kuklinski, un buen policía de paisano que dominara el arte de infiltrarse y que fuera capaz de hacer que se descubriera.
También John Spasudo tenía las manos en muchos negocios. Le habían retirado el pasaporte porque estaba en libertad bajo fianza por un asunto de falsificación, y por eso había pedido a Richard que fuera al extranjero para llevara cabo aquella operación de intercambio de divisas. Unos funcionarios corruptos de Nigeria habían robado mucho dinero en billetes y habían conseguido sacarlo del país y llevarlo a Zúrich. El problema era que el dinero no se podía convertir a ninguna otra divisa porque nadie quería la divisa nigeriana. Sin embargo, había otro funcionario de Nigeria que volvería a permitir la entrada del dinero en el país a cambio de una comisión de diez centavos por dólar. El funcionario daría al dinero la calificación de legítimo y haría emitir un cheque contra una segunda empresa que abriría Richard, cheque que se abonaría en dólares.
A Richard le gustaba Zúrich. Era una ciudad limpia y ordenada, y la gente era agradable y complaciente. Tomó una habitación en un hotel del centro, el Hotel Zúrich; se reunió con el hombre que tenía acceso a todo aquel dinero nigeriano, un belga llamado Remi, que era un individuo bajo y corpulento, de gruesas cejas. Richard desconfiaba, pero Remi se lo llevó a unas oficinas en las afueras de la ciudad y le enseñó allí el dinero nigeriano, en gruesos paquetes embalados en plástico: setenta kilos en total. Richard tendría que llevarse el dinero a Nigeria. No le hacía mucha gracia la idea de ir a África, pero estaba dispuesto a ir donde hiciera falta para ganar dinero. Ya estaba todo dispuesto para que el dinero se transportara de nuevo a Nigeria. Richard volaría en el mismo avión, que partiría al día siguiente. Richard siempre había tenido deseos de ver mundo y tenía curiosidad por ver Nigeria, uno de los países más pobres y más violentos del mundo, donde todavía se vendía y compraba a personas, donde todavía se practicaban los sacrificios humanos. Tal como se había acordado, Richard se reunió con el funcionario, un hombre alto, cadavérico, de piel oscura, y se aprobó sin problemas la importación del dinero en el país. Richard tuvo que quedarse hasta el día siguiente para tomar el vuelo de vuelta a Zúrich. No le gustó nada de lo que vio en Nigeria, su desorden, su pobreza abrumadora, sus carreteras polvorientas, las palmeras marchitas, los perros callejeros atribulados que parecían temer que alguien se los comiera en cualquier momento. Decir que Richard Kuklinski, con su tez clara de mezcla de polaco e irlandesa, llamaba la atención, era decir poco. Se alegró de marcharse al día siguiente, y esperó no tener que volver por allí.
Zúrich era todo lo contrario, una ciudad ordenada, limpia y próspera. Richard, como tenía por costumbre, daba largos paseos observando con curiosidad a los suizos escrupulosos que hacían sus vidas ordenadas y escrupulosas. Lo que más llamó la atención a Richard, lo que todavía recuerda con claridad después de tantos años, era lo limpio que estaba todo, ni un papel en el suelo. Richard encontró un parque que estaba abierto toda la noche y por donde la gente paseaba tranquilamente, sin miedo a sufrir atracos ni violencia. Mientras esperaba la llegada del cheque de Nigeria, Richard hacía unas comidas estupendas, principalmente a solas, pero a veces con su nuevo amigo Remi.
Remi habló a Richard de un segundo plan que había estado elaborando. Un hombre que trabajaba en un banco suizo le proporcionaría los números de cuentas suizas numeradas, hasta cheques bancarios contra esas cuentas.