El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Pero a Richard no le gustaba John Spasudo, y cuanto más lo conocía, menos le gustaba. Por ejemplo, cuando Richard conoció a la mujer de Spasudo, este le dijo con tono de conspiración amistosa: «Puedes follártela si quieres»; lo que dejó atónito a Richard, que seguía siendo un hombre muy remilgado para esas cosas. ¿Qué clase de hombre era aquel -pensó Richard-, que ofrecía a su esposa como si fuera un palo de golf favorito? Spasudo también tenía una amante, Sherry, y cuando Richard la conoció, Spasudo también le dijo que podía acostarse con ella si quería.
– No, gracias -dijo Richard, pensando que Spasudo debía de tener sin duda tornillos sueltos en la cabeza. Entonces sucedió una cosa que hizo que Richard aborreciera a John Spasudo; de hecho, hizo que
Spasudo tuviera los días contados. Preguntaron a Richard si podría conseguir cien kilos de marihuana. Como de costumbre, Richard estaba dispuesto a vender cualquier cosa para ganarse unos dólares. Recurrió a Spasudo, y le preguntó si conocía a alguien.
– Claro -dijo Spasudo, satisfecho de poder demostrar a Richard que tenía contactos para cualquier cosa, que era hombre rico en talentos y en recursos; y Spasudo llevo a Richard a ver a «un amigo».
Aquel amigo vivía en una hermosa casa de un barrio exclusivo de North Jersey. Era un tipo intelectual, erudito, según lo describe Richard. Tenía en el cuarto de estar un panel secreto tras el cual tenía escondidos unos fardos de marihuana envueltos en tela de saco. Richard se llevó cien kilos, pagó un precio justo al tipo y guardó la hierba en su furgoneta. De vuelta en la casa, el traficante preguntó a Richard si quería «ver sus juguetes».
– ¿Que juguetes son esos? -preguntó Richard; y el traficante condujo a Richard y a Spasudo hasta una escalera oscura, oculta tras un panel bajo la escalera principal que llevaba al segundo piso. Lo siguieron por unos peldaños de madera estrechos hasta llegar a un sótano secreto. Cuando Richard llegó al pie de las escaleras, vio con asombro a unos niños de siete a catorce años, de ambos sexos, blancos y negros. Eran como una docena. Estaban todos callados y con los ojos muy abiertos, tristes y asustados.
– ¿Te apetece uno? -dijo el traficante, como si fueran postres frescos y apetitosos en una fuente de un restaurante animado.
– No; no, gracias -gruñó Richard, mientras se acumulaba dentro de él una ira ardiente. Le salió de los labios aquel chasquido suave. John Spasudo tenía una amplia sonrisa en el rostro. Richard apenas pudo contener el impulso de sacar la pistola y matar a los dos allí mismo. Se volvió en silencio y subió por las escaleras, ocupando todo aquel espacio con sus anchos hombros, prometiéndose a sí mismo en silencio que volvería… por un solo motivo.
Ver así a aquellos niños había hecho un efecto pésimo a Richard. Si había una cosa que aborrecía era ver maltratar a los niños, del modo que fuera. Aquello le hacía aflorar una oleada de recuerdos reprimidos. Richard ya no sonreía al traficante ni le hablaba con amabilidad; lo miraba con un desdén helado. Según explicó hace poco: No podía quitarme de la cabeza la imagen de aquellos niños… Esto me comía por dentro. Tenía que hacer algo. No podía dejar de pensar en ellos. Ahora que han pasado tantos años, me enfurezco solo de pensarlo… con el recuerdo, ¿sabe?
Cuando salieron, Richard dijo a Spasudo que no le gustaban esas cosas; que, de hecho, las detestaba. A Spasudo aquello le parecía muy divertido. Richard no le veía la gracia de ninguna manera.
Al día siguiente, Richard salió camino de Georgia para abrir una cuenta corriente en la que pudiera ingresar los cheques bancarios robados. No estaba seguro de que aquello fuera verdad, de que diera resultado, pero Remi ya había cumplido una vez con lo del dinero nigeriano. Aquello había marchado como un reloj suizo, y Richard estaba optimista. Pero mientras viajaba en su coche hacia Georgia no dejaba de pensar en los niños, en lo que les estaban haciendo. Pensaba en sus padres y en sus familias, en cómo se sentiría él si alguno de sus tres hijos se encontrara en tal situación. Puso la radio para oír música country, intentando quitarse de la cabeza a aquellos niños, a lo que se leía en sus ojos, a la tristeza de sus pequeños rostros, los recuerdos de su propia infancia; pero no lo conseguía.
Richard iba a abrir la nueva cuenta de empresa en Georgia porque había vendido mucha pornografía en Georgia a lo largo de los años y aquel estado le resultaba familiar, le gustaba su filosofía de vivir y dejar vivir. No tuvo ninguna dificultad para abrir la cuenta a nombre de la Corporación Mercantil.
Cuando Richard volvía hacia Nueva Jersey, volvió a pensar en los niños. Decidió regresar a aquella casa al día siguiente, pero John Spasudo lo llamó y le dijo que Remi se había puesto en contacto con él y que tenía que volver a Zúrich lo antes posible.
– Dile que voy para allá -dijo Richard; y al día siguiente ya viajaba hacia Zúrich. Barbara estaba acostumbrada a aquellos viajes repentinos, y no dio vueltas a la marcha brusca de Richard. Dice que prefería que él no estuviera. Había paz en la casa, explica ella.
46
Pat Kane creía desde hacía mucho tiempo que la clave para llegar a
Richard Kuklinski era Phil Solimene, el propietario de «La tienda», en Paterson, que era el único amigo que tenía Richard.
Solimene era quizá la única persona del mundo (aparte de Barbara) en quien confiaba Richard, a quien Richard tenía por… amigo. Richard lo conocía desde hacía bastante más de veinte años; había cometido a su lado todos los delitos imaginables, incluso asesinatos. Solimene hasta sabía dónde vivía Richard y su familia, había ido varias veces a tomar copas y café a casa de los Kuklinski con su mujer, la hermana de Percy House.
Rindiéndose a la presión constante de Kane, Percy House accedió por fin a convertirse en chivato para salir de la cárcel. Con un micrófono, fue a «La tienda», donde consiguió que Phil hijo reconociera su participación en un robo frustrado en una casa en el que habían asesinado a un anciano, lo habían matado al golpes. House también intentó hacer hablar a Richard con una grabadora oculta, pero Richard no se fiaba de él, lo amenazó abiertamente con matarlo, y Percy House salió de la tienda como alma que lleva el diablo y no volvió más por allí.
También Phil Solimene padre tenía problemas con la justicia, y cuando Pat Kane se puso en contacto con él y le dijo que quería que tendiera una trampa a Richard, Solimene le escuchó, aunque a disgusto. Además, el hijo de Solimene estaba cumpliendo condena en una cárcel del Estado de Nueva Jersey, y a Kane le pareció que podría aprovechar este factor para convencer a Solimene.
– Si nos ayudas a atrapar a Kuklinski, te irá mejor en la vida -dijo Kane-. Si no nos ayudas, te irá mucho peor: tu vida será un infierno, te lo prometo.
Con la cara de querubín inocente que tenía Kane, una amenaza suya resultaba más inquietante si cabe.
Además -prosiguió-, procuraré que a tu hijo le vaya bien en la cárcel y que lo trasladen cerca de ti, de la estatal de Trenton a Rahway.
Con todo lo que temía Solimene a Richard -y lo temía de verdad-, temía todavía más perder su libertad; y, después de mantener varias reuniones con Kane y con agentes federales de la ATF (Polifrone entre ellos) y del FBI, Phil Solimene, la única persona del mundo en quien confiaba Richard, accedió a ayudar a las autoridades; y así se alargó de pronto un poco más la cuerda que había de servir para ahorcar a Richard Kuklinski; se hizo más fuerte, una realidad tangible que oscilaba sobre la cabeza de Richard como movida por una suave brisa.