El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Lleno ya de curiosidad, dispuesto a emprender la caza, Kane fue en su coche a Dumont. Pasó despacio ante la casa de los Kuklinski. En el camino particular había dos coches. Anotó las matrículas, y se dirigió al cuartelillo de la Policía de Dumont. Allí se reunió con un detective conocido suyo, que le dijo que el año anterior habían detenido a Kuklinski por un asunto de un cheque sin fondos, pero que la cosa no había pasado de allí porque Kuklinski había abonado el cheque.
– Pero le sacamos la foto.
– La foto -dijo Kane, contento.
– Eso es -dijo el detective. Buscó en su escritorio y entregó a Kane la foto. Este vio a un hombre que se estaba quedando calvo, de ojos severos, que llevaba una perilla bien recortada. El detective de Dumont hizo una copia de la foto para Kane, y este se volvió a su despacho, sacó una carpeta archivadora amarilla, escribió en él el nombre Richard Kuklinski y lo puso en su cajón superior derecho. Así comenzó una investigación exhaustiva que duraría cuatro años y medio, que pondría en tensión el matrimonio de Kane, que merecería a este las burlas de sus colegas; una investigación que acabaría por descubrir a uno de los asesinos más prolíficos de los tiempos modernos; una ininvestigación que pondría a Pat Kane en el punto de mira del rifle Ruger del 22 de Richard Kuklinski.
Kane sabía que debía encontrar a continuación a Danny Deppner; y esto resultaba difícil. Pero Kane seguía profundizando, y no tardó en enterarse de que Richard Kuklinski era un gran distribuidor de películas pornográficas y tenía posibles vínculos con el crimen organizado. Añadió aquellos datos al expediente Kuklinski que tenía en su escritorio.
Para Richard, matar a Gary Smith no había sido más que matar a una mosca molesta. Richard sabía que Gary podía implicarlo a él en los robos en las casas, y que probablemente lo haría, y había pensado que más valía prevenir que curar. Richard había resuelto aquel posible problema por su sistema de costumbre, el asesinato, y había matado a Gary. Ahora tenía que encargarse de Danny Deppner. Al principio había intentado ayudar a Danny, ocultarlo de la Policía, pero Richard no había tardado en enterarse de que Danny había contado a su ex esposa (Barbara) todo lo relacionado con el asesinato de Gíiry; y para Richard aquello era motivo suficiente para matar a Danny, cosa que hizo dos semanas después de haber matado a Gary Smith.
Danny estaba escondido en el apartamento de Richie Peterson, donde Richard le llevaba las comidas. Cuando Richard tomó la decisión de matar a Deppner lo hizo con cianuro. Deppner se comió tranquilamente un emparedado de rosbif que le había llevado Richard, y pronto estuvo al borde de la muerte. Richard lo remató de un tiro en la cabeza con una 22 con silenciador. El problema era que Richard tenía una lesión en la espalda y no podía llevar a cuestas el cadáver de Deppner para deshacerse de él. Por ello, según dice, pidió a Richie Peterson, el novio de su hija, que le ayudara a deshacerse del cadáver, y Peterson le hizo el favor. Richard dijo a Peterson que Deppner había muerto de una sobredosis de drogas, y él lo creyó. Peterson tenía por oficio clavar postes de cercas y tenía una fuerza notable. Cuando Richard hubo envuelto el cadáver, grande, de noventa y tres kilos, en bolsas negras de las que se usan para las hojas secas, Peterson lo llevó al coche de Richard. Fueron a la carretera de Clinton, en West Milford y echaron el cadáver, ya rígido, en un lugar apartado, cerca de un embalse, quedó allí para servir de banquete a los seres de todo tipo que se alimentan de cuerpos muertos.
Paul Hoffman, el farmacéutico malhechor que llevaba varios años vendiendo a Richard los venenos mortales, quería comprar Tagamet robado. El Tagamet es un medicamento muy usado contra el dolor que provocan las úlceras. Era fácil de vender, y Hoffman insistía mucho a Richard y a Phil Solimene para que le localizaran un cargamento robado.
– Tengo dinero al contado -repetía a Phil; y este, naturalmente, se lo hizo saber a Richard. Al decir a tipos como Richard Kuklinski y a Phil Solimene que tenía mucho dinero y que estaba deseoso de gastarlo, Paul Hoffman estaba escribiendo su propia sentencia de muerte. Richard no había apreciado nunca a Hoffman. Le parecía una rata avariciosa capaz de vender a su propia madre para ganarse un dólar. Bien podía haberlo matado hacía mucho tiempo, si no fuera porque le proporcionaba ganancias.
El 21 de abril de 1982, Paul Hoffman se presentó en la tienda de Solimene diciendo que llevaba encima veinticinco mil dólares y que quería Tagamet. El medicamento se vendía por entonces a treinta y seis dólares las cien tabletas. Hoffman creía que las iba a comprar a nueve dólares. Richard le había dicho de pasada varias veces que podría conseguirle un cargamento, pero que no lo tenía de momento. Estaba tendiéndole el cebo. Phil llamó entonces a Richard y le dijo que Hoffman estaba en la tienda y decía que llevaba encima todo ese dinero.
– Voy ahora mismo -dijo Richard; y salió de su casa y se fue en su coche hasta Paterson.
Richard sabía que un detective de la Policía estatal había estado haciendo preguntas sobre él, que había estado pasando en coche por delante de su casa; pero suponía (erróneamente) que, ahora que Deppner y Smith habían muerto, ya no tenía de qué preocuparse. Percy House seguía en la cárcel, no conseguía salir bajo fianza, pero Phil había asegurado a Richard una docena de veces que Percy era «legal», que tendría la boca callada. Richard hasta había dado dinero a Phil para pagar el abogado a Percy. Según contó hace poco, procuraba portarse con él como es debido. Richard pensaba que aquel detective de la Policía estatal había oído campanas pero sin saber dónde, como dice él, y ahora que Smith y Deppner habían muerto, él no se preocupaba demasiado.
Aquel día, Richard fue a Paterson en su coche sin ninguna preocupación. Iba armado, como siempre; llevaba encima dos pistolas, y un cuchillo de caza atado a la enorme pantorrilla. Como siempre, se aseguró de que no lo seguían, hacía cambios de sentido repentinos, se detenía al borde de la carretera, esperaba un rato y seguía adelante. Era un
Bonito día de primavera con temperatura agradable, veintidós grados.
Richard se reunió con Hoffman en la tienda. Hablaron. Hoffman le aseguró que tenía el dinero, Richard dijo que había llegado el cargamento de Tagamet, que lo tenía en su garaje de North Bergen, donde seguía escondido el cadáver de Louis Masgay en el pozo de agua helada. El garaje era el lugar perfecto para lo que tenía pensado Richard, un asesinato repentino. Richard salió hacia North Bergen en su coche y Hoffman lo siguió.
Habia unas cuantas cajas vacías apiladas contra la pared del fondo del garaje. Richard dijo que el Tagamet estaba en las cajas. Hoffman metió su coche en el garaje, pensando que había conseguido por fin hacerse con aquel medicamento valioso. Era el momento oportuno. Kiehard sacó una 25 automática y disparó a Hoffman un tiro en el cuello sin pensárselo un momento. Volvió a apretar el gatillo, pero la automática se había encasquillado y no disparaba. Hoffman saltó de su coche como un poseso y atacó a Richard como un león. Luchaba a vida o muerte. Hoffman no era un hombre grande ni especialmente fuerte, pero la carga de adrenalina le daba una fuerza casi sobrehumana, y peleo con Richard con tal furia que estuvo a punto de imponerse, aun a pesar del tiro que tenía en el cuello y que le hacía sangrar profusamente. Richard consiguió por fin apoderarse de un desmontable de rueda con el que pegó a Hoffman en la cabeza, sometiéndolo por fin, destruyéndolo, matándolo allí mismo, en el garaje.
Richard estaba cubierto de la sangre de Hoffman. Tenía sangre por todas partes, hasta dentro de los zapatos. Richard llevaba, como siempre, ropa de repuesto en el maletero de su coche. Después de haberse lavado y cambiado, metió los restos de Paul Hoffman en uno de los bidones negros metálicos de doscientos litros, lo selló bien y lo metió en su furgoneta. Acto seguido, fue a la tienda de Solimene y se ofreció a repartir el dinero con él, pero cuando Solimene se enteró de lo sucedido le dijo que se quedara con todo. Richard se quedó con los veinticinco mil dólares.