Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– Al principio -le explicaría a Shorer-, se me ocurrió devolverle la pregunta diciéndole: «Y usted, ¿qué piensa de ese asunto?». Pero enseguida comprendí que la menor jugarreta por mi parte, la menor palabra indebida, y Shai se cerraría en banda y no conseguiría sonsacarle nada más. Ya ves que no me quedaba otro remedio -se disculpó azorado ante Emanuel Shorer, quien, con gran alivio de Michael, no se burló de él al escuchar la grabación del interrogatorio.
– En mi opinión, hay que establecer una distinción entre el artista y el arte -le dijo a Tuvia Shai con expresión seria.
– ¿Es decir? -preguntó Shai como si estuviera dando una clase en la universidad.
– Es decir, que lo que usted ha dicho de Nietzsche no coincide con lo que yo he pensado siempre. Mire, éste no es un asunto en el que piense todos los días, como usted. No sé si podré formular mis ideas con gran precisión -enmudeció y trató de concentrarse, temeroso de poner en evidencia sus limitaciones; quería exponer una tesis que pareciera meditada y profunda. Luego prosiguió-: Para mí no es una cuestión tan…, no es que no la considere importante; lo es. Pero estoy convencido de que para mí no significa tanto como para usted. En general, creo que el amor a los demás es el principal impulso de los actos creativos -hubo una pausa. Tuvia Shai esperó a que continuara mientras Michael se preguntaba: «¿Conque sí? ¿De verdad es eso lo que creo? ¿Quién dice que creo en eso?». Y, en voz alta, añadió-: En otras palabras, creo que, para un gran artista, es más importante amar que ser amado. Y, de hecho, eso es lo que pienso con respecto a la gente en general. Un escritor que se pasa la vida hiriendo gratuitamente a los demás es incapaz de poner en juego la compasión necesaria para crear personajes de carne y hueso -recordando lo que había oído en una conferencia sobre la literatura contemporánea, prosiguió-: Incluso Kafka, que pintaba como un absurdo la existencia humana, creó un mundo en su obra, un mundo completo. Y no me diga que en ese mundo no hay compasión. De todas las obras de arte que admiro, no se me ocurre ninguna que no se base, abierta o encubiertamente, como les gusta decir a ustedes, en el amor a la humanidad y en la compasión -titubeó mientras trataba de ordenar sus ideas-. Y, además, creo que en toda gran obra de arte se trazan unas directrices para la vida -en la cara de Tuvia Shai apareció la sombra de una sonrisa irónica. Sus cejas se alzaron, pero no dijo nada. Aunque reparó en esas señales sutiles, Michael prosiguió con la misma seriedad-: Hasta los autores del absurdo presentan éste como un axioma y revelan sus miserias para ofrecernos un espejo en el que mirarnos, de manera que eso nos permita reorientar nuestras vidas en este mundo sin sentido. Esa actitud requiere un cierto grado de moralidad, en mi opinión. Una moralidad más honda que la corriente, quizá. Supone vivir en la cloaca siendo consciente de dónde se vive. Una persona sin moralidad es incapaz de reconocer la cloaca. Un cínico empedernido no podrá describir su mundo y sus sufrimientos de una manera que llegue a los demás.
Tuvia Shai lo miró con un fulgor en los ojos que Michael describiría luego a Shorer como «una mirada peligrosa».
– Así veo yo las cosas. Mi forma de pensar no se parece nada a la de Nietzsche -concluyó Michael, preguntándose si el hombre que tenía delante no estaría a punto de abalanzarse sobre él.
Pero Tuvia Shai no se movió. Dijo sosegadamente:
– Una perspectiva muy ingenua. Estoy radicalmente en desacuerdo con usted. No creo que haya comprendido a Nietzsche ni ninguno de los libros que ha leído. Pero no está del todo mal para alguien que trabaja en la policía.
Había cosas que Michael no llegaría a comentar con nadie. Ni siquiera con Shorer. Tardaría mucho tiempo en olvidarse de Tuvia Shai y sus ideas. Y una duda le obsesionaba: ¿tenía algún sentido la opinión que él mismo había expresado? ¿Quién estaría en lo cierto?, se preguntaba, sin tratar de responderse. De algo estaba seguro, lo supo ya durante el interrogatorio: Tuvia Shai no estaba loco. Si bien se inclinaba a creer en su propia declaración de principios, era consciente, incluso mientras la hacía, de que la historia de la humanidad también justificaba la perspectiva de Shai. Ni entonces ni luego llegó a ninguna conclusión definitiva.
– Ya sé que no está de acuerdo conmigo -le dijo a Shai-. Y sé que el especialista en estética es usted, y no yo.
– La estética y la ética no vienen al caso. Lo que se pretende dirimir es hasta qué punto estoy dispuesto a comprometerme por lo que considero importante y hasta qué punto lo está usted. Usted trabaja aquí -dijo abarcando con un gesto la habitación- y vive su vida insignificante, convencido de que está haciendo algo por el mundo. Yo, por mi parte, estaba dispuesto a anularme por completo, a reducir mi vida a polvo y cenizas por el bien de lo que, a mis ojos, era importante.
– Y, sin embargo, no fue capaz de dominarse -intervino Michael, tratando de reencauzar la conversación hacia la escena del crimen.
– No es que no lograra dominarme -replicó Tuvia Shai, cayendo en la trampa con tanta facilidad que Michael comprendió hasta qué punto se sentía en la necesidad de hablar, ahora que se había abierto una brecha en el muro de silencio-. Si Shaul se hubiera prestado a decir la verdad y a ser castigado en consecuencia -prosiguió Shai-, si hubiera comprendido de qué le estaba hablando, lo habría dejado en paz. Pero se rió. Le expliqué la situación y él se lo tomó a risa. Claro que dejó de reír cuando le puse la cinta de Iddo. Tenía una pequeña grabadora en su despacho, porque a veces grababa sus clases. Cuando oyó a Boris Zinger declamando los poemas que habían pasado por ser suyos durante tanto tiempo, dejó de reírse. Pero vi en su cara esa expresión de alevosa malicia que ponía cuando planeaba cómo engatusar a una mujer. Y entonces me dijo: «Tuvia, siempre has estado chiflado. Hay gente que no lo sabe, pero a mí no me engañas. Nada es tan importante como para justificar que me destruyas así. Creía que me querías». Eso fue lo que me dijo. Entonces comprendí que él tampoco entendía nada, pensaba que lo quería por lo que era, personalmente. Y se lo dije muy claro: «Te voy a desenmascarar cueste lo que cueste, pero quiero que tú reconozcas que el arte está por encima de ti y de mí, que la verdad pesa más que nosotros, y quiero que seas tú quien lo digas. Nunca te he querido. Como persona no vales nada». Me miró entonces muy serio y dijo: «No tengo la menor intención de reconocer nada ante nadie, y vas a dejar esa cinta aquí mismo. Tampoco tú vas a desenmascarar nada. Ya te puedes ir olvidando de todo». Fue en ese momento cuando cogí la estatuilla, muy deprisa, sin que él se diera cuenta. Estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera, en esa pose que tanto le gustaba; cuando se volvió hacia mí, le golpeé una y otra vez, porque era un imbécil incapaz de distinguir lo importante de lo banal, porque iba a destruir la cinta para impedir que lo descubrieran.
– Pero si eso fue precisamente lo que hizo usted mismo, después. Destruyó la cinta para impedir que lo descubrieran. No sacó la verdad a la luz -dijo Michael con fatiga.
– Y ése es el principal motivo de que esté hablando con usted. Estoy dispuesto a ir a la cárcel con tal de sacar la verdad a la luz -dijo Tuvia Shai, y un temblor lo estremeció.
– ¿Y después de matarlo se fue al cine? -preguntó Michael, sin demostrar asombro.
Shai explicó cómo había salido de la facultad, sin que se le pasara por la cabeza que tendría que estar asustado. No se le había manchado la ropa de sangre. Metió la estatuilla en una bolsa de plástico y sacó la cinta de la grabadora. A partir de ese momento, fue como si no sintiera nada. «No habría echado a correr ni aunque se hubiera declarado un incendio», dijo. No se molestó en esconderse y nadie se fijó en él. Cuando por fin salió del despacho de Tirosh, era más de la una y media; se llevó el coche al aparcamiento del hospital Hadassah del Monte Scopus y allí volvió a escuchar la cinta una vez más antes de borrarla. Luego se dio cuenta de que se le estaba haciendo tarde para ir al cine. Y entonces, por fin, borró las huellas, con una gamuza que Tirosh guardaba en la guantera. Luego se deshizo de ella en Wadi Joz.