Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
Michael observó la cara renovada del hombre que tenía enfrente. Ni rastro de la vacua expresión de hombre acabado. Su cara revelaba una fortaleza que Michael veía por primera vez. Tuvia Shai dijo con furia:
– ¿Por quién se tiene? No comprende nada. No sabe de qué está hablando. Mi vida no tiene tanta importancia; ni tampoco la suya. Y la vida de Tirosh tampoco la habría tenido si él no se hubiera considerado el sumo sacerdote de las artes. Pero ¿cómo voy a esperar que comprenda usted estas cosas? Un miembro del cuerpo dedicado a poner multas de tráfico y a reprimir manifestaciones no puede comprenderlas.
A Michael le acudió Dostoievski al pensamiento, y no por primera vez aquella mañana. Pensó en Porfiri y en Raskolnikov. «¿Seré yo Porfiri?», caviló mientras escuchaba a Tuvia Shai. «Lo único que me mueve en este instante es conseguir una prueba de peso para el juicio…, y también la curiosidad. Pero no sería justo decir que no me inspira compasión; tiene algo que impone respeto», pensó mientras lo miraba a la cara y escuchaba lo que decía. «Pero no debo demostrárselo abiertamente», se advirtió. «Tengo que lograr que hable. Transmitirle la sensación de que en el fondo no lo entiendo y de que le interesa hacérmelo entender, puesto que ya lo sé.»
– No estoy interesado en trivialidades, en la vida privada de personas como usted y como yo, lo que no significa que arda en deseos de ir a la cárcel…, ¿por qué iba a desearlo? Pero mis motivaciones y las de Boris Zinger son diferentes. Yo lo comprendo, pero, a diferencia de mí, él está sujeto a las reglas de la moralidad corriente, y además era discípulo de Anatoli Ferber. Yo nunca he seguido a nadie a ciegas. Las normas y convencionalismos siempre me han traído sin cuidado y Shaul Tirosh no me interesaba en absoluto como persona. El asunto con mi mujer no me inspiraba celos; y no lo maté porque la abandonara. Esa hipótesis se basa en la premisa de que atribuía a Tirosh una enorme importancia, o a ella, o a mí mismo en tanto que discípulo de esta o aquella persona o teoría. Yo no me concedo importancia. Ni siquiera se ha dado usted cuenta de que no me siento culpable. ¿Me cree un psicópata? No lo soy. Me sentiría más culpable si matarlo hubiera sido una venganza personal. No siento remordimientos de conciencia. Estoy convencido de haber actuado tal como debía, aunque nadie me comprenda…, ya estoy acostumbrado. En todos estos años nunca me ha preocupado mi imagen de sombra de Shaul. ¿Cree acaso que no estaba enterado de lo que pensaba la gente? Pero hay algo superior a todos nosotros. Y lo que le dijeron en Estados Unidos es cierto: gracias al arte, los seres humanos se elevan por encima de las vanidades de este mundo. En palabras sencillas, le diría que me entregué en cuerpo y alma a lo verdaderamente esencial. No espero que comprenda mi moralidad; porque usted representa a la policía, al brazo ciego de la ley, y es imposible que entienda de qué le estoy hablando.
– Déme una oportunidad -pidió Michael serenamente.
Tuvia Shai lo miró con desconfianza, pero la necesidad de hablar fue más fuerte que él.
– ¿Sabe por qué los animales carecen de moralidad? -preguntó con vehemencia-. En realidad no es que no la tengan; sí poseen una cierta moralidad. Su sentido moral se reduce a un valor supremo: el instinto de conservar la especie. Consulte a cualquier especialista en genética…, él se lo dirá. Los seres humanos también están dotados de ese instinto de conservación…, de la especie humana. En la mayoría de los casos se expresa a través de los hijos, de la procreación, de la crianza de la prole. Pero hay un puñado de elegidos capaces de dedicarse a lo que es realmente esencial. Y lo verdaderamente esencial, lo único importante a mis ojos en lo tocante a la conservación de la especie humana, es el arte. Da igual que Tirosh fuera una persona bondadosa o malvada, que yo le tuviera afecto o no se lo tuviera, todo eso son nimiedades, fruslerías. ¿Le parece que Nietzsche era un ingenuo? Nietzsche admiraba la grandeza humana en todas sus formas. Y él también habría opinado que Tirosh era un genio y que para los genios rigen unas normas especiales. Pero cuando se demostró que lejos de ser un genio era una medianía, que durante treinta años se había hecho pasar por genio usurpando los maravillosos poemas de Ferber y publicando su mediocre poesía como si fuera de Ferber, no pude sino ocuparme de que se hiciera justicia. Por el bien del mundo, de las generaciones venideras, era necesario destruir al ser que había profanado lo más sagrado.
Michael no daba crédito a sus oídos. Palpó la grabadora para cerciorarse de que estaba en marcha y dijo calmadamente:
– Claro, es el eterno dilema del conflicto entre el arte y la moralidad.
– Sí -convino Tuvia Shai, y se enjugó los labios.
– Dicho de otra forma -prosiguió Michael-, volvemos a enfrentarnos a la pregunta banal de si un genio queda exento de las leyes morales aplicables a los individuos normales…, si tiene derecho a mentir, a engañar, a utilizar a los demás…
– Si Tirosh hubiera sido un artista auténtico -dijo Tuvia Shai-, haberle entregado a mi mujer apenas si habría supuesto un sacrificio. O entregarle mi propia persona, ya que nos ponemos en eso. A fin de cuentas, el mundo no tendría sentido sin el arte verdadero. Sólo él hace progresar a la humanidad y, en comparación, el sufrimiento individual no cuenta. Lo maté porque él no había contribuido al progreso de la humanidad, sino todo lo contrario. Lo maté por haber ultrajado el arte verdadero. Toda la vida me he relegado a un segundo plano para servir a la más alta expresión del espíritu humano; era la justificación de mi existencia. No es usted el único incapaz de comprenderlo…, nadie lo comprende -dijo con el mismo tono de infinito desdén.
– Y, sin embargo, los poemas existen en sí mismos. ¿Qué más da, ateniéndonos a lo que usted ha dicho, quién los escribiera? Debería haber reverenciado los poemas, no al poeta.
La irritación nubló el semblante de Tuvia Shai.
– No es tan inteligente como yo creía -dijo con ademán desdeñoso. Dirigió la vista a la ventana que estaba a espaldas de Michael y éste permaneció a la espera, en silencio.
– Quería prestarle mi ayuda -prosiguió Shai, como si hablara para sí-. Quería estar a su disposición para que pudiera crear las cosas que le creía capaz de crear. No porque fuera amigo mío, sino porque pensaba que era un creador. Y cuando resultó que no había creado nada, que había mentido a costa del arte, entonces su existencia dejó de tener sentido. Se había beneficiado de lo más sublime de este mundo sin dar nada a cambio. ¡Usted no entiende nada! Tirosh sólo se daba importancia a sí mismo.
– Pero usted lo hizo en un arrebato de ira y no con la intención deliberada de ejecutarlo en nombre de la justicia suprema. ¿Cómo conciliar su defensa del arte, la cruzada que ha emprendido por esa causa, con un arrebato espontáneo de violencia?
Shai parecía desconcertado, turbado. Sopesó a Michael con la mirada y, durante un instante, aparentemente contra su voluntad, una expresión parecida al respeto titiló en sus ojos.
– Después me arrepentí -dijo-. Es lo único de lo que me arrepiento. Ya sabe que ni me siento culpable ni tengo remordimientos. Simplemente me he quedado sin ningún objetivo, pero no me siento culpable.
– A pesar de todo, ¿no le influirían también los motivos personales? -preguntó Michael despacio, con un interés desapasionado, reflexivo, que volvió a desatar las iras de Shai. Ante todo, quería que se reconociera la nobleza de sus motivos.
– ¡Qué estupidez! -chilló-. ¡Los motivos personales no tuvieron nada que ver! Le exigí que confesara e hiciera público lo que había hecho, y él lo consideró absurdo. Se lo tomó todo a broma. Por eso no lo planeé con cuidado, por eso perdí el dominio de mí mismo. Si Tirosh lo hubiera reconocido todo públicamente, si hubiese devuelto el premio y todo lo demás, quizá no habría tenido que matarlo. Pero, en cualquier caso, no me arrepiento. Aunque tenga que pagar un precio por ello, en realidad no me importa, siempre que sirva para que al fin la gente comprenda que hay personas a quienes no mueven las razones comunes, que no actúan por celos, avaricia, por deseo de venganza ni por ninguna de las trivialidades habituales.