Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué no me cuenta qué es lo que sucedió exactamente? -preguntó Michael en tono paternal.
Tuvia Shai lo miró con desconfianza. Michael se cuidó mucho de no alterar su expresión mientras decía:
– Ahora estamos hablando de algo que decidirá el curso de su vida, que determinará si tendrá que cumplir una cadena perpetua por asesinato con premeditación o si le acusarán de homicidio y pasará mucho menos tiempo en la cárcel. No sé qué pensará usted, pero a mí me parece una diferencia crucial.
Tuvia Shai se enjugó la cara. Hacía mucho calor. Después de dirigir una mirada en torno, comenzó a hablar con la voz monocorde que Michael conocía bien de los interrogatorios previos.
– Después de que Iddo viniera a verme al final del seminario, y de que me lo contara y me pusiera la cinta, pensé en enfrentarme a Shaul. Había visto, como todo el mundo, que Iddo había regresado de Estados Unidos en un estado de desintegración, tal como lo expresó usted. Pero no sabía por qué. No tenía ni la menor idea, en el seminario me quedé atónito; no comprendía qué mosca le había picado. Y cuando terminó, vino a casa y me lo contó.
– ¿Qué fue exactamente lo que le contó? -preguntó Michael con fingido desenfado.
– Que había ido a ver a Shaul a su casa. A los pocos días de volver a Israel. Y le había hablado de su encuentro con Boris Zinger, con todo lo que eso implicaba.
– ¿Cómo reaccionó Tirosh?
– Según Iddo, mantuvo un «silencio trágico», pero, o yo no conozco a Shaul, o simplemente estaba urdiendo su siguiente maniobra -dijo Shai con amargura.
– ¿Por qué no lo mató allí mismo? -le espetó Michael.
Shai parpadeó.
– ¿En ese mismo momento? ¿Cuando Iddo fue a verlo a casa?
Michael hizo un gesto afirmativo.
– ¿Cómo pudo dejarlo marcharse y esperar dos semanas, hasta el curso de submarinismo, sabiendo que poseía esa información? ¿Le parece lógico?
– Usted no conocía a Iddo. Shaul le pidió que le concediera tiempo, que le prometiera no comentarlo con nadie hasta qué él hubiera decidido «cómo resolverlo». Iddo convino en ello. Cualquiera que conociera a Iddo sabía que se podía confiar plenamente en su palabra. Para él, una promesa era un compromiso solemne.
– En otras palabras -reflexionó Michael en voz alta-, en su opinión Tirosh aguardó a que se presentase una oportunidad. ¿Sabía de antemano lo del curso de submarinismo?
– Era de dominio público que Iddo iba a ir a Eilat a finales del curso académico para recibir las clases de submarinismo que le faltaban.
– ¿Y por qué Iddo se lo contó a usted, a pesar de haber dado su palabra?
– No lo sé -repuso Tuvia con voz quebrada-. No lo sé, de verdad. En cualquier caso, no fue capaz de callárselo.
Michael suspiró.
– ¿Y qué ocurrió cuando Iddo fue a verlo?
Tras unos segundos de vacilación, Tuvia Shai arrancó de nuevo:
– Iddo vino a verme. Como es natural, al principio no le creí. Me dejé dominar por mis propias necesidades, pero sólo durante un rato: hasta que me puso la cinta que había traído de Estados Unidos. Iddo le pedía a Boris Zinger que le recitara algún poema de Ferber para grabarlo, de memoria, y Zinger comenzó a declamar los versos de Shaul…, sólo que no eran de Shaul. Al final le creí. No tuve más remedio. Lo que acabó de convencerme fueron los cambios introducidos: Zinger empleaba nombres comunes y propios y Shaul los había adaptado al escenario local. Los abetos de Ferber se convertían en pinos y sus lobos en chacales. Iddo arguyó, con razón, que yo era la persona con mayor derecho y autoridad para plantarle cara a Tirosh y sacar la verdad a la luz. «Tú sacarás la verdad a la luz», me dijo y me repitió aquella noche, hasta que se me quedó grabado en la memoria. Esa frase no se me fue de la cabeza durante todo el día y toda la noche siguientes. E incluso ahora, cuando pienso en Iddo, recuerdo la voz ahogada con que pronunció esas palabras. Le prometí que la verdad saldría a la luz. Iddo lo exigía «para desagraviar a Ferber», pero yo tenía un motivo más profundo. «En nombre de la verdad, en nombre del arte», le dije. Cuando se marchó, estuve horas y horas leyendo y releyendo los poemas. Luego leí el prólogo de Shaul a la edición. De pronto parecía terriblemente rastrero. ¿Cómo es posible que nadie se tome estas cosas a la ligera?, me preguntaba; mentir, engañar, robar, y todo ¿para qué? Creo que el asesinato es una bagatela comparado con lo que él hizo. De verdad. No me arrepiento.
En el silencio que descendió sobre la habitación se alcanzaban a oír pasos al otro lado de la puerta. El teléfono sonó, pero Michael no le prestó atención.
Al ver que el silencio se prolongaba y que Tuvia Shai parecía haber vuelto a replegarse sobre sí mismo, olvidado de dónde estaba, Michael dijo:
– Y después lo acompañó a su despacho de la universidad, después de comer con él.
– Sí -ratificó Tuvia Shai, y, como si estuviera viendo la escena, dijo suspirando-: Fue un mal trago, la reunión de departamento. Verlo todo después de que se me cayera la venda de los ojos, escuchar sus expresiones afectadas, saber de pronto que tras la fachada no había nada. Y quedarme callado. Fue duro. Pero él estaba tan embebido en sus asuntos que no comentó nada sobre mi silencio. En la comida me habló de Iddo. «Una crisis», «agotamiento nervioso», empleó esos términos. Y nunca olvidaré que me dijo, como una vieja chismosa: «Hasta sufre alucinaciones, pero no quiero entrar en detalles». No sospechaba que yo ya lo sabía. Dijo que tendríamos que «apoyar discretamente a Iddo para sacarle del bache», que «probablemente lo había hundido la preparación de la tesis». Y yo sin decir nada; inmutable. Esas horas fueron las peores. Quería estar a solas con él en su despacho. Había estructurado la confrontación a lo largo del día y la noche transcurridos desde que Iddo me lo contó. Lo tenía todo planeado. No dudé ni por un instante que le convencería de actuar como es debido. Creía, en mi inocencia, que la perspectiva de revelar la verdad le quitaría un peso de encima. No entiendo en qué estaba pensando, ni se me ocurrió que tendría la desfachatez de negármelo. Qué fatuidad la mía. Todos pecamos de fatuidad.
Y Tuvia Shai volvió a caer en un prolongado silencio, totalmente abstraído, como en trance.
– Y entonces le puso usted la cinta -dijo Michael despacio.
– No la puse de entrada. Nos sentamos en su despacho. Él comentó que me iba a dar unos papeles para que se los pasara a Adina. Por lo visto, estaba convencido de que yo iba a seguir haciéndole los recados de por vida. Y eso fue lo que le dije: «¿Estás convencido de que siempre voy a estar haciéndote los recados?». Y él me miró como si hubiera perdido la cabeza. A continuación le pregunté si opinaba que era un derecho de los grandes artistas considerarse exentos de toda traba moral, y él reaccionó con esa mirada irónica y humorística suya, que hasta entonces nunca me había molestado, pero que en ese momento me sacó de quicio. Le exigí una respuesta seria, y él me miró como a un enfermo a quien hay que seguirle la corriente y dijo: «¿Me estás preguntando si los artistas deben atenerse a las normas morales o si es el arte el que debe atenerse a ellas?». Y añadió que era un tema que habíamos discutido muchas veces y que no tenía tiempo para hablar de eso.
Tras otro silencio, Tuvia Shai se volvió hacia Michael para preguntarle:
– ¿Qué piensa usted sobre la moralidad y el arte?
Michael sintió un vahído. Pensó por un instante en sonreír y salir del atolladero con un chiste, o en quedarse callado, pero al observar a Tuvia Shai tenso, expectante, comprendió que si aspiraba a que confesara, era ineludible entrar en un debate serio. Y en ese momento su máximo deseo era conseguir una confesión firmada. Se había metido en muchas polémicas durante los interrogatorios, le diría después a Emanuel Shorer, pero ésa era la pregunta más absurda que nunca le hubiera planteado un sospechoso, lo último que se podía esperar en esa situación. Pero no había otro remedio, se excusó ante Shorer; tenía que responder con absoluta seriedad, porque Tuvia Shai lo estaba poniendo a prueba.