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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– No sé muy bien cómo abordar el asunto -dijo Michael al fin-. No es el tipo de persona que pueda venirse abajo si le hablo de huellas dactilares y cosas así…

Esta vez ni siquiera el comandante protestó. Transcurrieron unos segundos antes de que Balilty, incapaz de soportar un silencio prolongado, preguntase en tono comedido:

– Entonces, ¿qué es lo que puede hacerle venirse abajo?

– Algo diferente -respondió Michael despacio, y advirtió que la niebla que lo envolvía se extendía hacia los demás.

Las voces bajaron de tono y la excitación reinante se convirtió en un murmullo de expectación contenida.

– Mira, he pasado con él cuarenta horas, en total, durante los últimos tres días -dijo Eli Bahar desesperado-. Todo le resbala. Nunca había topado con nada semejante. Tú mismo te has dado cuenta por las cintas; las has escuchado todas. Es imposible llegar a él. Le hablas y le hablas y es como hablar con una pared.

– Hay un camino para llegar a él -dijo Michael- y es el que pretendo tomar. Pero no me pidáis explicaciones por adelantado; tendréis que confiar en mí.

– ¿Y qué hay de su mujer? -objetó el comandante-. ¿Por qué no le puede hablar de ella? Pero ¿qué está pasando?

Balilty asintió vigorosamente y, echando atrás la cabeza, opinó:

– En el fondo, se mire por donde se mire, la cuestión de su mujer ha tenido que afectarle. Con el debido respeto a todas tus teorías, es imposible que un hombre…

– Está bien. Traedlo y veremos qué sucede -interrumpió Michael, acorazándose contra las miradas críticas de sus colegas.

Ariyeh Levy dio voz al escepticismo generaclass="underline"

– Quiero hechos. Quiero pruebas. Quiero que se hunda y confiese…, basta ya de sutilezas. Piense en un tribunal, no en la universidad -concluyó antes de salir.

Michael miró a Shaul, que ponía en marcha los dispositivos de grabación.

– No queremos perdernos ni una palabra -le advirtió Balilty, y Michael sintió que toda el ala del edificio se transformaba en una oreja gigante.

Encendió la grabadora. La voz cascada de Boris Zinger resonó, trémula y excitada, en la habitación. Tuvia Shai cruzó las manos sin lograr que dejasen de temblarle. Escuchando la grabación, fue empalideciendo a medida que el aparato derramaba palabras. Cuando se oyeron los quejidos de dolor de Zinger, y la pregunta «¿Qué es esto?» reverberó entre las paredes del despacho de la comisaría, Michael se recostó contra el respaldo y escudriñó el rostro de Shai, todavía inexpresivo.

– ¿Lo ve? -dijo Michael tras un largo silencio-, estoy al tanto de toda la historia.

– ¿Qué historia? -inquirió Tuvia Shai, frunciendo los labios.

– Al entrar en posesión de las pruebas, comencé a reflexionar sobre el móvil. Una vez que hube concluido la entrevista con Zinger, me pregunté quién podía haberse sentido más dolido por el robo, el fraude perpetrado por Shaul Tirosh. ¿A quién habría destrozado, me pregunté, hasta el extremo de que un arrebato de violencia lo llevara al asesinato? La única respuesta posible era usted. Al pensar en cómo había renunciado a su vida, y no sólo a la suya; también a la de su mujer; en cómo se habían anulado a sí mismos…

Michael recogió los papeles diseminados sobre la mesa y los amontonó ante sí con cuidado. Esperaba una reacción, pero Tuvia Shai no decía nada.

– Sé que Iddo Dudai habló con usted y le puso la grabación de su entrevista con Zinger -continuó Michael-. Puedo imaginar cómo debió de sentirse después de hablar con Iddo. Cuando se supo con certeza que Iddo había muerto asesinado, tuvo que deducir quién era el culpable. Usted estaba al tanto de que Iddo había hablado con Tirosh, de que se habían enfrentado, pero no se enteró hasta el miércoles por la noche, después del seminario. Fue la perdición de Iddo, pero no la suya. Sólo ustedes dos conocían el plagio, y ése es el factor que explica ambos casos, el asesinato de Tirosh y el de Dudai. El plagio. Cuando Iddo se enfrentó a él, Tirosh lo negó todo alegando que era un despropósito concebido por un demente. Iddo recurrió a usted para que lo ayudara a demostrarlo…, a fin de cuentas, descubrir que un galardonado con el Premio Presidente de Poesía es un farsante no es algo que suceda todos los días.

Michael examinó atentamente el montón de papeles del escritorio. Shai clavó en él los ojos sin decir nada.

– Una vez, hace años -dijo Michael lentamente-, conocí a una estudiante de filosofía.

Tuvia Shai lo miró haciendo acopio de paciencia.

– Esa chica -prosiguió Michael, midiendo todas sus palabras- estaba estudiando a Kant. Le interesaba muchísimo Kant. Nadie pone en duda que era un genio, ¿verdad?

Shai lo miró perplejo y asintió con desgana.

– No me estoy yendo por las ramas -dijo Michael echando una ojeada en torno-. Se lo estoy contando porque está relacionado con el tema que nos ocupa.

– Ya me lo imagino -repuso Tuvia Shai con escepticismo.

– Un día, esa chica se presentó a verme en casa y me contó llorando que Kant tenía razón. Me aseguró que «todo era transparente» y que era imposible conocer las «cosas en sí». ¿Me sigue?

Era indudable: una expresión diferente, mezcla de interés y de aprensión, titilaba en el rostro de Shai.

– Entonces comprendí -prosiguió Michael, prudente, en el mismo tono amistoso y mesurado- que algunas personas interiorizan cuestiones abstractas como la filosofía, las interiorizan tan profundamente que llegan a gobernar sus vidas.

Aunque Tuvia Shai no dijo nada, Michael sabía que estaba bebiéndose sus palabras.

– Usted también lo sabe -afirmó Michael-; lo que no pude dilucidar es si la chica se había vuelto loca o si…

– No se había vuelto loca -dijo Tuvia Shai, con una autoridad que ni siquiera había demostrado al hablar en el seminario que Michael había visto en la grabación televisiva.

– Me pregunto -prosiguió Michael notando que se le secaba la boca- si no se habrá vuelto loco también usted.

Un débil rubor bañó las pálidas mejillas de Shai y sus labios empezaron a temblar.

– Ya me entiende -dijo Michael Ohayon, inclinándose hacia delante-; al pensar en cómo puede sentirse alguien que ha consagrado su vida, su mujer, todo su ser, a un hombre, y luego descubre que su ídolo tenía los pies de barro…, creo que no le cabe sino volverse loco. Perder el dominio de sus actos.

– Tonterías -replicó Tuvia Shai acalorándose-. Está diciendo tonterías.

– Comprenderá -continuó Michael como si no le hubiera oído- que después de hablar con Boris Zinger me di cuenta de que algo así puede hacerte perder el juicio. No a cualquiera, pero sí a algunas personas, a quienes se toman en serio sus principios.

– No sé de qué me está hablando -dijo Tuvia Shai con voz trémula.

– Pensé: ¿Cómo se siente Boris? Él lo había hecho por Anatoli, le había consagrado su vida entera, y ya ha oído cómo reaccionó. Nadie mejor que usted para comprender los sentimientos de Boris, aunque su caso es diferente, porque a él no le traicionó el hombre a quien amaba sino una tercera persona, y estoy convencido de que su moralidad le hará convenir conmigo en que, cuando menos, esa injusticia debe repararse.

Tuvia Shai irguió la cabeza. Con voz ahogada y gesto desdeñoso, dijo:

– Dejemos la moralidad para quienes no tienen otra cosa de la que enorgullecerse.

– Su coartada no se sostiene -y Michael miró a Shai a los ojos-. Y la prueba poligráfica, como sabe…, es difícil mentir convincentemente ante el detector de mentiras; mide cinco parámetros a un tiempo, nadie logra dominarlos todos. Cuando lograba controlar la transpiración y el pulso, se le disparaba la tensión. Debo decirle que, según todas las pruebas poligráficas, nos ha mentido. No lo he arrestado hasta haber atado todos los cabos. Usted asesinó a Shaul Tirosh porque le puso en evidencia. Porque le demostró que había consagrado su vida a una mentira.

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