En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Se ha hundido, missy! ¡Haz otro! -exigió Robert, y lanzó el barco mojado al regazo de la profesora.
George decidió volver a intervenir.
– Ven aquí, yo sé construir un barquito de papel -le dijo a Robert-. Te enseñaré y luego lo podrás hacer tú solo.
– Pero no es necesario que usted… -La muchacha le arrojó una mirada desvalida-. Robert, estás molestando al señor -dijo con severidad.
– No, no -respondió George con un gesto desdeñoso de la mano-. Al contrario. Me gusta hacer barquitos. Y hace más de diez años que no he construido ninguno. Ya es hora de que lo vuelva a intentar, o me oxidaré.
Mientras la joven seguía haciendo cálculos con Nancy y George arrojaba miradas de soslayo de vez en cuando, éste fue plegando rápidamente el papel hasta construir el barquito. Intentó enseñar a Robert cómo hacerlo, pero el niño sólo se interesaba por el producto acabado.
– ¡Ven conmigo, lo haremos navegar! -insistió a George-. ¡En el río!
– ¡En el río ni hablar! -La profesora se puso en pie de un salto. Pese a que con ello seguro que ofendía a Nancy, estaba dispuesta, de forma manifiesta, a acompañar a Robert al «lago», siempre que no volviera a correr riesgos. George fue a su lado y admiró sus movimientos livianos y encantadores. Esa muchacha no era ninguna campesina como el par de chicas que estaban bailando la noche anterior en el White Hart. Era una pequeña lady.
– Es un joven difícil, ¿verdad? -preguntó George compartiendo sus sentimientos.
Ella asintió.
– Pero Nancy es amable. Tal vez Robert cambie al crecer -dijo esperanzada.
– ¿Lo cree así? -inquirió George-. ¿Ha tenido alguna experiencia similar?
La muchacha se encogió de hombros.
– No. Es mi primer empleo.
– ¿Tras los estudios de pedagogía? -quiso saber George. Parecía increíblemente joven para ser una profesora con formación.
La muchacha sacudió la cabeza cohibida.
– No he asistido a ninguna escuela. Todavía no las hay en Nueva Zelanda, al menos aquí, en la isla Sur. Pero sé leer y escribir, un poco de francés y muy bien maorí. He leído a los clásicos, aunque no en latín. Y los niños tampoco es que vayan a la universidad.
– ¿Y? -preguntó George-. ¿Le gusta?
La joven lo miró y frunció el ceño. George le señaló un banco junto al «lago» y se alegró cuando ella efectivamente tomó asiento.
– ¿Si me gusta? ¿Dar clase? Bueno, sí, no siempre. ¿Qué trabajo pagado gusta sin cesar?
George se sentó a su lado e intentó un acercamiento.
– Ya que estamos aquí conversando, ¿me permite que me presente? George Greenwood, de Greenwood Enterprises, Londres, Sidney y desde hace poco Christchurch.
Si quedó impresionada, al menos no lo dejó entrever. En lugar de eso, dijo su nombre tranquila y orgullosamente:
– Elizabeth Godewind.
– ¿Godewind? Parece danés. Pero no tiene usted acento escandinavo.
Elizabeth sacudió la cabeza.
– No, soy de Londres. Pero mi madre de acogida era sueca. Me adoptó.
– ¿Sólo madre? ¿No tuvo padre? -George se enfadó consigo mismo a causa de su curiosidad.
– La señora Godewind ya era mayor cuando fui a vivir con ella, como una especie de dama de compañía. Luego quiso que heredase la casa y lo más sencillo para eso era adoptarme. La señora Godewind fue lo mejor que me ha pasado… -La joven luchaba por reprimir las lágrimas. George apartó la vista para que ella no se sintiera avergonzada y se quedó mirando a los niños. Nancy recogía flores y Robert hacía cuanto podía para hundir el segundo barco.
Entretanto, Elizabeth encontró el pañuelo y recuperó la calma.
– Lo lamento. Pero apenas hace nueve meses que ha muerto y todavía me duele.
– Pero si es usted una persona acomodada, ¿por qué se ha buscado una colocación? -preguntó George. Hurgar tanto era indecoroso, pero la muchacha le fascinaba.
Elizabeth se encogió de hombros.
– La señora Godewind recibía una pensión de la que vivíamos, pero tras su muerte sólo conservamos la casa. Intentamos alquilarla al principio, pero no era lo correcto. No tengo la autoridad necesaria y Jones, el mayordomo, no la tiene en absoluto. La gente no pagaba el alquiler, era impertinente, ensuciaba la habitación y daba órdenes a Jones y su esposa. Era insoportable. En cierto modo dejaba de ser nuestra casa. Entonces me busqué este puesto. El trato con los niños me gusta mucho más. Sólo estoy con ellos durante el día, por las noches vuelvo a casa.
Así que por las noches estaba libre. George se preguntaba si podía pedirle una cita. Tal vez una cena en el White Hart o un paseo. Pero no, ella lo rechazaría. Era una muchacha bien educada, y esta conversación en el parque ya rayaba en los límites de la decencia. Una invitación sin la mediación de una familia conocida o en un marco adecuado era totalmente inconcebible. ¡Pero, maldita sea, no estaban en Londres. Estaban en el otro extremo del mundo y no quería, en ninguna circunstancia, perderla de vista. Debía simplemente atreverse. Ella debía atreverse… ¡Diablos, Helen también se había atrevido al final!
George se volvió a la muchacha e intentó expresar en su mirada tanto encanto como seriedad le era posible.
– Miss Godewind -dijo circunspecto-. La pregunta que ahora quisiera plantearle rompe todo tipo de convenciones. Naturalmente podría salvar las apariencias si la siguiera con discreción, por ejemplo, descubriera el nombre de las personas para quienes trabaja, me dejara introducir en su casa por algún miembro conocido de la sociedad de Christchurch y luego esperase que en algún momento nos presentaran oficialmente.
»Pero hasta entonces es posible que ya se hubiera casado con otro y a mí no me gusta arreglar mis asuntos dando rodeos. Así pues, si no desea usted pasar el resto de su vida alterándose con niños como Robert, présteme atención: tiene usted justamente lo que yo busco, y es usted una mujer bonita, atractiva y cultivada, con una casa en Christchurch…
Tres meses después, George Greenwood contraía matrimonio con Elizabeth Godewind. Los padres del novio no estaban presentes. Robert Greenwood había tenido que renunciar al viaje a causa de obligaciones laborales, pero dio su bendición a la pareja y sus mejores deseos y transfirió a George, como regalo de bodas, filiales en Nueva Zelanda y Australia. La señora Greenwood contó a todas sus amigas que su hijo se había casado con la hija de un capitán sueco e insinuó cierto parentesco con la casa real de Suecia. Nunca sabría que Elizabeth había nacido en realidad en Queens y que había sido desterrada al nuevo mundo por su propio comité del orfanato. No obstante, de ningún modo se advertían los orígenes de la joven novia. Estaba arrebatadora en su vestido de puntillas blanco, cuya cola Nancy y Robert llevaban solícitamente a sus espaldas. Helen observaba al niño con recelo y George podía estar seguro de que él no se atrevería a cometer ninguna insolencia. Puesto que entretanto George ya se había hecho un nombre como comerciante de lana y la señora Godewind era uno de los pilares de la comunidad, el obispo no permitió que fuera otro quien casara a la pareja. Al final el enlace se celebró por todo lo alto en el salón del hotel White Hart, y durante el festejo Gerald Warden y Howard O’Keefe se emborracharon en rincones opuestos de la sala. Helen y Gwyneira no se dejaron aguar la fiesta por ello y lograron imponerse por encima de todas las tensiones logrando que Ruben y Fleur arrojaran juntos flores. Con ello, Gerald Warden fue consciente por vez primera de que el matrimonio de Howard O’Keefe había sido bendecido con un hijo varón y en buenas condiciones, lo que todavía le avinagró más el humor. ¡Así que para la miserable granja de O’Keefe había un heredero! Gwyneira, sin embargo, seguía tan delgada como un junco. Gerald se hundió profundamente en la botella de whisky y Lucas, que observaba su expresión, se alegró de poder retirarse con Gwyneira a una de las habitaciones del hotel antes de que su padre descargara escandalosamente su cólera. De noche intentó de nuevo acercarse a Gwyneira y, como siempre, ella se mostró solícita e hizo lo mejor que pudo para animarlo. Pero Lucas fracasó una vez más.