Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Deambulando por las calles del Marais, Zoé, presa de remordimientos, se acercó de nuevo a Alexandre y le cogió suavemente de la mano.
– ¿Qué quieres? -refunfuñó Alexandre.
– Voy a contarte un secreto…
– ¡Me dan igual tus secretos!
– No, porque este es un secreto enorme.
Alexandre cedió. Le entristecía el tener que compartir a su prima con ese Max Barthillet, que le imponían cada vez que salían. No puedo aguantar a ese tío; además, hace como si yo no existiera. Todo porque vive en las afueras y yo, en París. Me toma por un pijo y me desprecia. Era mucho mejor cuando estábamos solos Zoé y yo.
– ¿Cuál es tu secreto?
– Ah, veo que te interesa. Pero no se lo digas a nadie, ¿me lo prometes?
– De acuerdo…
– Entonces, venga… Gary el hijo de Shirley es un «royal».
Zoé se lo contó todo: la velada ante la tele, las fotos de Internet, Guillermo, Harry, Diana, el príncipe Carlos. Alexandre se encogió de hombros diciendo que no eran más que tonterías.
– No son tonterías, es cierto Alex, te lo juro. De hecho, hay algo que prueba que es verdad: Hortense se lo cree. Se ha vuelto muy amable con Gary desde entonces. Ya no le habla con altanería, lo acepta… Antes, no lo podía tragar.
– Ahora hablas tan mal como él.
– No está bien estar celoso.
– No está bien contar mentiras.
– No son mentiras -gritó Zoé-, es la verdad…
Fue a buscar a Max y le pidió que corroborara su versión. Max aseguró a Alexandre que todo era verdad.
– Pero él, Gary, ¿qué dice? -preguntó Alexandre.
– No dice nada. Dice que nos hemos equivocado. Dice lo que su madre, que alguien se le parece, pero nosotros no nos creemos lo del parecido ¿eh, Max?
Max asintió con aire serio.
– Y tú, ¿crees que es verdad? -preguntó Alexandre a Max.
– Pues, sí, porque les he visto. En la tele y en Internet. ¡Puede que no tenga vocabulario, pero tengo ojos!
Alexandre sonrió.
– ¿Te ha molestado mi madre?
– Pues, sí, mogollón… ¡Porque cague en un tigre de oro no tiene que joder a los que no lo tienen!
– Está claro que eso no es culpa tuya.
– Tampoco es culpa de mi madre. Me toca los huevos con sus discursitos de pija, ¡payasa!
– ¡Eh! Tranquilo, que si fuese tu madre…
– ¡Eh! No vayáis a pelearos… Venga, haced las paces.
Alexandre y Max se dieron una palmada en la espalda. Caminaron un rato los tres juntos. Iris les llamó para pedirles que la esperasen, había visto una blusa en un escaparate. Se detuvieron y Max preguntó a Alexandre:
– ¿Qué móvil tienes tú?
Alexandre sacó su móvil y Max soltó un grito.
– ¡El mismo que el mío, colega! ¡El mismo! ¿Y qué tono utilizas?
– Tengo varios. Depende de quién me llama…
– ¿Me los dejas escuchar? Podríamos cambiárnoslos…
Los dos chicos se pusieron a hacer sonar sus móviles, dejando a Zoé a un lado.
– Yo ya sé lo que quiero -murmuró Zoé-. Quiero un móvil. Iré al mercado negro de Colombes y robaré uno.
Joséphine se despertó la primera y bajó a prepararse el desayuno. Le gustaban esas mañanas en las que estaba sola en la gran cocina cuyo ventanal daba a la playa. Ponía las rebanadas de pan en el tostador, calentaba agua para el té, sacaba la mantequilla salada y las mermeladas. A veces se hacía un huevo frito con una salchicha o beicon y desayunaba mirando al mar.
Echaba de menos a sus personajes. Florine, Guillermo, Thibaut, Balduino, Guibert, Tancredo, Isabeau y los demás. He sido injusta con el pobre Balduino. Lo ejecuté apenas entró en escena. Y todo porque estaba enfadada con Shirley. Guibert le producía un estremecimiento. Se sentía como Florine: subyugada. A veces, por las noches, soñaba que venía a besarla, sentía su olor, sus labios cálidos y suaves sobre los suyos, ella respondía a su beso y él le colocaba un puñal en la garganta. Se despertaba con un escalofrío. ¡Los hombres eran tan violentos en aquella época! Recordaba una escena leída en un antiguo manuscrito. Un marido que asiste al parto de su mujer. «Más de cien kilos de carne, sangre e irascibilidad. En una mano un largo y grueso atizador, en la otra una enorme cafetera llena de líquido hirviendo. El bebé era un varón y el padre se relajó, se puso a llorar, a rezar y a reír». Las mujeres sólo servían para dar a luz. Isabeau canta una nana que dice: «Mi madre pretende que me ha dado a un hombre de corazón. ¿Qué corazón es ese? Me clava su dardo en el vientre y me pega como a su mula». Había entregado el manuscrito a Iris, que se lo había llevado a Serrurier. Cada vez que sonaba el teléfono, las dos hermanas se sobresaltaban.
Esa mañana, Philippe se unió a ella en la cocina. También él se levantaba pronto. Iba a buscar el periódico y los cruasanes, tomaba un primer café fuera y volvía a terminar su desayuno en casa. Sólo iba los fines de semana. Llegaba el viernes por la noche y se iba el domingo. Se cogía las vacaciones el mes de agosto. Llevaba a los niños a pescar. Salvo a Hortense, que prefería quedarse en la playa con sus amigos. Debería conocerlos, pensó Jo. No se atrevía a pedirle que se los presentara. Hortense salía a menudo por la noche. Decía: «¡Oh, mamá! Estoy de vacaciones, he trabajado todo el año, ya no soy un bebé, ya puedo salir…». «Pero, como Cenicienta, vuelves a medianoche», había decretado, con un tono de broma que escondía mal su ansiedad. Temía que Hortense se rebelara. Pero Hortense estaba de acuerdo. Joséphine, aliviada, no había vuelto a plantear el tema, y Hortense volvía, puntual, a medianoche. Después de la cena, se escuchaba el ruido breve de un claxon, Hortense terminaba rápidamente el postre y abandonaba la mesa. Los primeros días, Joséphine la había esperado hasta medianoche, aguardando el ruido de los pasos de Hortense en la escalera. Después, aliviada por la actitud de Hortense, cedió al sueño. ¡Era la única forma de estar en paz! No tengo el valor de enfrentarme a ella todas las no-ches. Si su padre estuviese aquí, nos repartiríamos los papeles, pero, sola, no me siento con fuerzas para luchar, y ella lo sabe.
El mes de agosto las niñas viajarían a Kenia con su padre y sería Antoine el que haría de carabina. Por el momento, lo que más deseaba Joséphine era no agotarse en interminables disputas con su hija.
– ¿Quieres un cruasán caliente? -preguntó Philippe dejando los periódicos y la bolsa del pan sobre la mesa.
– Sí, con mucho gusto.
– ¿En qué pensabas cuando entré?
– En Hortense y sus salidas nocturnas…
– Es dura tu hija. Necesitaría un padre con puño de hierro…
Joséphine suspiró.
– Es cierto… Al mismo tiempo, es tan dura que no me preocupo por ella. No creo que se deje embarcar en historias turbias. Sabe exactamente lo que quiere.
– ¿Tú eras como ella a su edad?
Joséphine estuvo a punto de atragantarse con su té.
– Estás de broma, supongo. ¿Ves cómo soy ahora? Pues bien, era la misma pero aún más torpe.
Se detuvo, arrepintiéndose de sus palabras; tenía la impresión de estar mendigando piedad.
– ¿Qué te faltó de niña?
Ella reflexionó un instante y le agradeció que le hiciese esa pregunta. Nunca se la había planteado y, sin embargo, desde que escribía, había retazos de su infancia que volvían a su memoria y le llenaban los ojos de lágrimas. Como aquella escena en brazos de su padre gritando a su madre «¡eres una criminal!». El final de una tarde con un cielo cubierto de nubes negras y el ruido estrepitoso de las olas. Está creciendo en mí una sensibilidad un poco tonta, tengo que recobrarme. Intentó describirlo sin sensiblería.
– No me faltó de nada. Recibí una buena educación, tenía casa, un padre y una madre, un auténtico equilibrio. Incluso me di cuenta varias veces del amor que mi padre sentía por mí. Pero me faltó… Era como si yo no existiera. No se me tenía en cuenta. No se me escuchaba, no me decían que era guapa, inteligente, graciosa. Eso no se hacía en aquella época.