Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Ginette la había recogido bajo sus alas y le había enseñado la gestión de stocks. La pequeña sabía utilizar un ordenador y había comprendido enseguida su tarea. Tenía ganas de pasar a otra cosa y revoloteaba en torno a Josiane.
– ¿Quién se ocupa de las compras aquí? -le preguntó ella con una gran sonrisa que desmentía el brillo metálico de su mirada.
– Chaval -respondió Josiane abanicándose.
Hacía un calor sofocante y Marcel no había instalado todavía el aire acondicionado en los despachos. Este calor me va a bloquear la ovulación.
– Creo que voy a trabajar con él… He comprendido lo de los stocks, es apasionante, pero me gustaría aprender otra cosa.
Y siempre con esa sonrisa artificial tomándome por tonta, gruñó Josiane. Hasta Ginette y René habían caído en sus redes. En cuanto a los mozos, sus lenguas se arrastraban por el suelo de deseo.
– No tienes más que preguntarle… Estoy segura de que estará encantado de tener una becaria como tú.
– Porque a mí, lo que me interesa, es conocer el gusto de la gente y trabajarlo. Se puede vender barato y vender bonito.
– ¿Porque lo que vendemos aquí es feo? -no pudo contenerse Josiane, irritada por la condescendencia de la chiquilla.
– Oh, no, Josiane… no he dicho eso.
– No, pero lo has dado a entender. Ve a ver a Chaval, seguramente te aceptará, pero date prisa, se va a finales de mes. Su despacho está en el piso de arriba.
Hortense le dio las gracias ofreciéndole una última sonrisa tan artificial que dejó fría a Josiane. Va a ser interesante el choque entre esos dos, pensó. Me pregunto quién se comerá a quién.
Miró por la ventana para ver si el coche de Chaval estaba en el patio. Estaba. Aparcado como el jueves, en medio. Los otros, que se las arreglaran para encontrar un sitio.
Se encendió la luz del teléfono y lo descolgó. Era Henriette Grobz que buscaba a su marido.
– Todavía no ha llegado -respondió Josiane-. Tenía una cita en Batignolles y debía estar allí a las diez…
En realidad estaba haciendo jogging como cada mañana. Llegaba cubierto de sudor al despacho, se duchaba en casa de René, se tragaba unas vitaminas, se cambiaba y emprendía la jornada con la energía de un jovencito.
Henriette Grobz exigió que la llamara en cuanto llegase. Josiane prometió darle el recado. Henriette colgó sin despedirse ni dar las gracias y Josiane sintió una punzada en el corazón. Ya tendría que estar acostumbrada después de tantos años, pero no se hacía a ello. Hay pequeñas humillaciones que marcan mucho más que un guantazo en la cara, y ella, ella me humilla desde hace demasiado tiempo. ¡Ay!, pronto todo cambiará y entonces… Entonces nada de nada, se calmó, me importa un comino la Escoba, lo que le pase se lo habrá buscado ella.
Mientras Hortense hacía sus pinitos en la empresa de Chef, Zoé, Alexandre y Max paseaban por las salas del Museo de Orsay. Iris les había llevado allí, temprano, con la esperanza de que las obras de arte impresionistas calmasen la turbulencia de los niños. Ya no soportaba más el Jardín Botánico, las colas delante de las atracciones, los gritos, el polvo, los peluches horribles con los que había que cargar porque los habían ganado y los exhibían como trofeos. Ya es hora de que Jo termine y yo vuelva a mi vida de antes. ¡Ya no puedo aguantar más tiempo a estos adolescentes calenturientos! Alexandre pase todavía, pero los otros dos ¡qué mal educados están! La pequeña Zoé, antes encantadora, se ha convertido en un monstruo. Debe de ser la influencia de Max. Después de la visita al museo, los llevaría a comer al café Marly y les interrogaría sobre lo que habían visto. Les había pedido que eligiesen cada uno de ellos tres cuadros para comentar. El que se expresase mejor ganaría un regalo. Así yo también podré ir un poco de compras. Eso me relajará. Fue Philippe el que había tenido la idea del museo. Ayer noche, al acostarse, le había dicho: «¿Por qué no les llevas a Orsay? He estado con Alexandre y le gustó mucho». Algo más tarde, antes de apagar, había añadido: «¿Y tu libro, avanza?».
– A paso de gigante.
– ¿Me lo dejarás leer?
– Prometido, en cuanto lo haya terminado.
– ¡Muy bien! Termínalo pronto y así tendré algo que leer este verano.
Ella había creído escuchar un punto de ironía en la voz de Philippe.
Mientras tanto, deambulaban por las salas del Museo de Orsay. Alexandre miraba los cuadros, avanzando, retrocediendo, para hacerse una idea, Max arrastraba los pies arañando la punta de sus playeras en el parqué y Zoé dudaba entre imitar a su amigo o a su primo.
– Desde que Max vive con vosotros, ya no me hablas -se quejaba Alexandre a Zoé, que acababa de colocarse a su lado mientras que miraba una tela de Manet.
– No es verdad… Te quiero igual que antes.
– No. Has cambiado… No me gusta ese verde que te pones en los ojos… Me parece vulgar. Te hace más vieja. ¡Es horroroso!
– ¿Qué cuadros vas a elegir?
– Todavía no lo sé.
– A mí me gustaría ganar. Ya sé lo que le pediría a tu madre como regalo.
– ¿Qué le pedirías?
– Un montón de bártulos para ponerme guapa. Como Hortense.
– ¡Pero si ya eres guapa!
– No, no como Hortense.
– ¡No tienes personalidad! Lo quieres hacer todo como Hortense.
– Y tú no tienes personalidad, lo quieres hacer todo como tu padre. ¿Te crees que no me he dado cuenta?
Se separaron, molestos, y Zoé fue al encuentro de Max, que miraba impresionado una mujer desnuda de Renoir.
– ¡Vaya tía en pelotas! No sabía que existían cosas así en los museos.
Zoé rio y le dio un codazo.
– No le digas eso a mi tía, se va a desmayar.
– Me da igual. ¡Yo ya he marcado tres cuadros!
– ¿Dónde los has marcado?
– Aquí…
Le enseñó la palma de la mano donde había anotado tres cuadros de Renoir.
– No puedes elegir tres cuadros del mismo pintor, eso es trampa.
– A mí me gustan las chávalas de ese tío. Son acogedoras y parecen buenas y felices de estar vivas.
Durante la comida, a Iris le costó mucho hacer hablar a Max.
– No tienes mucho vocabulario, querido -no pudo evitar comentar-. No es culpa tuya, ¡es una cuestión de educación!
– Sí, pero yo sé cosas que usted no sabe. Cosas para las que no se necesita vocabulario. ¿Para qué sirve el vocabulario?
– Sirve para ayudarte en tu pensamiento. Para expresar con palabras las emociones, las sensaciones… Clarificas tu cabeza sabiendo poner la palabra correcta en la cosa justa. Y al clarificarte la cabeza, te forjas una personalidad, aprendes a pensar, te conviertes en alguien.
– ¡Yo no tengo miedo! ¡A mí me respetan! ¡Nadie se me sube a la chepa!
– No es eso lo que quería decir… -empezó a decir Iris, que decidió abandonar la conversación.
Había un abismo entre ese chico y ella, y no estaba segura de querer salvarlo. Para no provocar celos, decidió conceder a los tres niños la elección de un regalo, y fueron hasta el Marais de tiendas. A ver cuándo se acaba esta tarea, termina Jo el libro, se lo llevo a Serrurier y nos reencontramos, en familia, en Deauville. Esperaremos juntas a que lo haya leído y dé su opinión. Allí estarán Carmen o Babette y yo no tendré que soportar el humor de estos niñatos todos los días. Había conseguido convencer a Joséphine de que pasase el mes de julio con ellos. «Si hay que hacer algún cambio, estarás conmigo, será más práctico». Joséphine había aceptado con reticencias. «¿No te gusta nuestra casa?»
– Sí, sí -había respondido Joséphine-, es sólo que me gustaría no pasar todas mis vacaciones con vosotros. Me da la impresión de ser una niña subnormal.