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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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George visitó, pues, las pocas direcciones que le facilitaron en el banco, el White Hart y algunos pubs, pero la mayoría eran alojamientos bastante sórdidos. Por regla general se trataba de familias o ancianas que vivían solas y buscaban subarrendar. Una opción con certeza más barata y conveniente que el hotel, que muchos emigrantes gustaban de aprovechar mientras intentaban echar raíces en el país. Pero George, que estaba acostumbrado a alojamientos señoriales, no iba tras algo así.

Abatido, se arrastró al final hacia el nuevo parque construido en las orillas del Avon. Ahí se celebraban las regatas estivales y había miradores y merenderos, si bien ahora, en primavera, se utilizaban poco. El tiempo inestable de esa estación permitía como mucho detenerse brevemente en uno de los bancos junto al río. Por lo pronto, sólo había gente transitando por los caminos más importantes. Sin embargo, un paseo por ese lugar casi despertaba la sensación de estar en Inglaterra, en Oxford o Cambridge. Las niñeras llevaban de paseo a los pequeños a su cargo, los niños jugaban a la pelota en los prados y algunas parejas de novios buscaban podorosos las sombras de los árboles. Todo esto ejercía un efecto tranquilizador en George, aunque no lo arrancaba por entero de sus cavilaciones. Acababa de ver el último inmueble para alquilar, un cobertizo que sólo con mucha fantasía podía calificarse de casa y que precisaría de tanto tiempo y dinero para su rehabilitación como la construcción, al menos, de una vivienda nueva. Además, se hallaba mal situado. Si no ocurría un milagro, George tendría que buscar parcelas al día siguiente y tomar en consideración la posibilidad de hacer construir un edificio nuevo. Cómo iba a explicárselo a sus padres, escapaba a su discernimiento.

Cansado y de mal humor deambulaba, contemplando los patos y cisnes del río, cuando inesperadamente una muchacha que cuidaba de dos niños atrajo su atención. La niña debía de tener siete u ocho años, era un poco regordeta y tenía unos bucles espesos y casi negros. Hablaba complacida con su niñera mientras lanzaba al agua pan duro para los patos desde una pasarela segura. El pequeño, un querubín rubio, demostraba, por el contrario, ser una auténtica calamidad. Había dejado la pasarela y deambulaba por el barro junto a la orilla.

La niñera parecía estar preocupada por ello.

– ¡Robert, no te acerques tanto al río! ¿Cuántas veces he de decírtelo? ¡Nancy, vigila a tu hermano!

La joven (George calculó que debía de tener como mucho dieciocho años) estaba bastante desamparada al borde de la franja embarrada de la orilla. Llevaba unos zapatos de cordones negros y brillantes y un vestido de paño azul oscuro y modesto. Si tenía que ir en busca del pequeño por el agua salobre se ensuciarían los dos. Lo mismo le ocurriría a la niña que iba delante. Iba limpia y aseada y seguramente le habían indicado que no se ensuciara la ropa.

– No me hace caso, missy -respondió obediente la pequeña.

El niño ya se había puesto perdido de barro el traje de marinero.

– Iré cuado me hagas barquitos -gritó travieso a su niñera-. Entonces iremos al lago para hacerlos navegar.

El «lago» no era más que una gran charca que se había formado con la crecida del río en invierno. No estaba limpia, pero al menos no había corrientes peligrosas en ella.

La joven parecía indecisa. Seguro que sabía que era erróneo meterse en negociaciones, pero era evidente que no quería caminar por el lodo y recoger al niño a la fuerza. Al final intentó presentar una contraoferta.

– ¡Pero primero repasamos los deberes! No quiero que hoy por la noche tampoco sepas nada cuando te pregunte tu padre.

George sacudió la cabeza. Helen nunca hubiera cedido ante William en situaciones similares. Pero esta institutriz era más joven y al parecer menos experimentada que Helen cuando estaba en casa de los Greenwood. Parecía al borde del desespero, y estaba claro que el niño la superaba. Pese a su expresión malhumorada, era hermosa: George distinguió en el dulce rostro con forma de corazón y de tez muy clara unos ojos azules y diáfanos y unos labios de un rosa pálido. Tenía el cabello fino y rubio, atado en un moño bajo en la nuca, pero que no quedaba firmemente sujeto. O bien tenía un pelo muy suave para mantenerse recogido o bien la joven era una mala peluquera de sí misma. En la cabeza llevaba una pulcra cofia a juego con el vestido. Todo modesto, pero sin llegar a ser el uniforme de una sirvienta. George corrigió su primera impresión. La muchacha era profesora particular, no una niñera.

– ¡Hago un problema y me das el barco! -gritó Robert con arrogancia. Acababa de descubrir una pasarela bastante destartalada que se adentraba más en el río y se columpiaba complacido encima de ella. George estaba alarmado. Hasta el momento, el niño sólo había sido rebelde, pero ahora corría un peligro real. La corriente era muy fuerte.

La profesora también era consciente de ello, pero no quería rendirse sin haber luchado.

– Resuelves tres problemas -sugirió. Tenía la voz quebrada.

– ¡Dos! -El niño, que debía de tener seis años, se meció como un demonio sobre una tabla suelta.

George ya tuvo suficiente. Llevaba unas recias botas de montar con las que podía pasar fácilmente por el barro. En tres pasos se plantó en la pasarela, atrapó al niño, que protestó, y lo llevó sin más ni más por la orilla hasta su profesora.

– ¡Aquí tiene, me parece que se le ha escapado! -George sonrió.

La joven dudó al principio, vacilante respecto a qué hacer en esa situación. Pero luego venció el alivio y también sonrió. Además resultaba cómico ver a Robert pataleando bajo el brazo del desconocido como un cachorro rebelde. Su hermana se reía de su desgracia.

– Tres problemas, jovencito, y te suelto -señaló George.

Robert dijo estar de acuerdo entre quejas y George lo dejó. La profesora lo agarró enseguida del cuello y lo sentó en el banco más cercano.

– Muchas gracias -dijo con los ojos castamente bajados-. Estaba preocupada. A veces es travieso…

George asintió y se dispuso a seguir su paseo, pero algo lo retuvo. Así que también él se buscó un banco no lejos de la profesora, quien obligaba ahora a su discípulo a estarse quieto. Mientras lo sujetaba en el banco, intentó, ya no que resolviera un problema, sino que diera una respuesta a una suma.

– Dos más tres… ¿Cuánto es, Robert? ¿Te acuerdas de que lo hemos visto con cubitos de madera?

– No me acuerdo. ¿Hacemos el barco? -Robert se agitó.

– Después de las cuentas. Mira, Robert, aquí hay tres hojas. Y aquí dos. ¿Cuánto suman?

El niño sólo tenía que contar. Pero era rebelde y no mostraba el menor interés. George volvió a tener a William ante sus ojos.

La joven profesora no perdía la paciencia.

– Basta con que cuentes, Robert.

El niño contó de mala gana.

– Uno, dos, tres, cuatro…, cuatro, missy.

La profesora suspiró, al igual que la pequeña Nancy.

– Vuelve a contar, Robert.

El niño era protestón y tonto. La compasión de George por la profesora aumentaba con cada problema para cuya solución ella tenía que avanzar cautelosa y esforzadamente. Sin duda no resultaba fácil seguir siendo amable, pero la joven sonreía estoicamente mientras Robert continuaba gritando: «¡El barquito, el barquito!» Desistió cuando Robert dio por fin la respuesta correcta al tercer y más fácil problema. Para hacer el barquito de papel, no mostró, por el contrario, ni paciencia ni habilidad. El modelo con el que Robert pareció al fin contentarse no parecía hallarse en buen estado para navegar. Como era de esperar, el niño volvió enseguida e interrumpió la clase de cálculo de Nancy. La hermana reaccionó malhumorada. La niña era buena en las sumas y a diferencia de su profesora sí era consciente de que tenía público. Cada vez que disparaba como una pistola la solución de un problema, miraba triunfal a George. Éste, a su vez, se concentraba más bien en la joven profesora. Planteaba los problemas con una voz baja y diáfana, pronunciando la ese con un poco de afectación, como los miembros de la clase alta inglesa o como una muchacha que de joven hubiera ceceado y que controlara ahora de forma consciente la pronunciación. Pero de nuevo, Robert volvía a privarles a ella y a su hermana de la mínima tranquilidad. George sabía perfectamente cómo se sentía la pequeña. Y en los ojos de la profesora leyó la misma reprimida impaciencia que antaño en los de Helen.

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