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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Emilia Escaura estaba encinta de cuatro meses, y se le había puesto esa piel lustrosa y los ojos brillantes que se observan en algunas embarazadas. Se la veía bien sana. Lástima, quizá, que hubiese salido al padre y fuese baja y algo regordeta, pero conservaba en el rostro rasgos de la madre y había heredado los vivos y hermosos ojos verdes de Escauro.

No era una muchacha inteligente y nunca había sido capaz de aceptar el matrimonio de su madre con Sila, a quien temía y detestaba. Lo había llevado muy mal los primeros años, cuando las escasas ocasiones en que le había visto le hicieron comprender que su atractivo físico era lo que había desatado la pasión de su madre; pero, pese a haber cambiado tanto con la enfermedad, la pasión de su madre no disminuía un ápice. ¿Cómo podía una mujer seguir amando a un viejo tan feo y horrible? Recordaba, naturalmente, a su propio padre, que también era viejo y feo, pero no tenía la podredumbre de alma de Sila, aunque ella no tenía penetración ni ingenio para describirla.

Y ahora la hacía comparecer, sin apenas darle tiempo para dejar un aviso a Glabrio. Su padrastro la recibió dándole palmaditas en la mano y ofreciéndole solícito una cómoda silla, a lo que ella respondió con sonrisa de conejo, temiéndose cualquier cosa. ¿Qué se traería entre manos? Se le veía lleno de júbilo y de maldad.

Cuando entró su madre, repitió la escena de las palmaditas y la silla, como si quisiera predisponerlas e influir en su ánimo para que lo que fuese a decirles resultase más aceptable. Porque era algo importante, desde luego.

– Por cierto, ¿cómo está el futuro pequeño Glabrio? -preguntó a su hijastra muy amablemente.

– Muy bien, Lucio Cornelio.

– ¿Cuándo es el feliz acontecimiento?

– A finales de año, Lucio Cornelio.

– ¡Hum! Aún falta mucho.

– Si que falta, Lucio Cornelio.

Sila tomó asiento y tamborileó con los dedos en el respaldo de roble de la silla, con los labios fruncidos, mirando al infinito. Luego, aquellos ojos que tanto temía se clavaron en ella, y Emilia Escaura se estremeció.

– ¿Eres feliz con Glabrio? -inquirió de pronto.

– Si, Lucio Cornelio -contestó sobresaltada.

– ¡Dime la verdad, muchacha, la verdad!

– Soy feliz, Lucio Cornelio, de verdad.

– ¿Te habrías casado con otro de poder elegir?

Emilia se ruborizó y bajó la vista.

– No tenía mi afecto puesto en ninguno, Lucio Cornelio, si a eso te refieres; y Manio Acilio me resultó aceptable.

– ¿Lo sigue siendo?

– ¡Oh, sí, sí! -respondió ella, con cierto tono de desesperación-. ¿Por qué me lo preguntas? ¡Soy feliz!

– Lástima -dijo Sila.

– Esposo -terció Dalmática, irguiéndose-, ¿a qué viene todo esto? ¿A dónde quieres ir a parar?

– Esposa, quiero dar a entender que no estoy satisfecho con la unión entre tu hija y Manio Acilio Glabrio, quien se cree con derecho a criticarme por ser de mi familia -replicó Sila, mostrando su indignación-. Señal, evidentemente, de que no puedo seguir considerándole miembro de mi familia. Voy a divorciarle inmediatamente de tu hija.

Las dos mujeres se quedaron pasmadas y los ojos de Emilia se bañaron de lágrimas.

– ¡Lucio Cornelio, estoy esperando un hijo suyo! ¡No puedo divorciarme de él! -exclamó la muchacha.

– Claro que puedes -replicó indolente el dictador-. Puedes hacer todo lo que yo te mande. Y te ordeno que te divorcies inmediatamente de Glabrio -añadió, dando palmadas para llamar al secretario llamado Flósculo, que entró hoja en mano, entregándosela a Sila, quien le hizo signo con la cabeza de que saliera.

– Acércate, Emilia, y firma.

– ¡No! -clamó la muchacha, poniéndose en pie.

– ¡Sila, eres injusto! -añadió Dalmática, con los labios prietos, levantándose también-. Mi hija no quiere divorciarse de su marido.

– Me trae absolutamente sin cuidado lo que quiera tu hija -replicó el monstruo-. ¡Ven aquí y firma, muchacha!

– ¡No! ¡No firmo!

Se levantó con tal celeridad de la silla que ninguna de las dos advirtió el movimiento. Los dedos de la mano derecha aferraron a Emilia Escaura por la boca, arrastrándola, en medio de sus gritos y llantos.

– ¡Suéltala! ¡Suéltala! -gritó Dalmática, tratando de aflojarle los dedos-. ¡Te lo suplico, déjala! ¡Está embarazada y puedes hacerle daño!

Él apretaba cada vez mas.

– ¡Firma! -repitió.

La muchacha no podía responder, y su madre se había quedado sin habla.

– Firma -volvió a decir Sila con voz suave-. Firma o te mato, con la misma despreocupación que cuando maté a los legados de Carbón. ¿A mí qué más me da que lleves un retoño de Glabrio en las entrañas? ¡Bien me vendría que lo perdieras! ¡Firma el acta de divorcio, Emilia, o te arranco los pechos y el vientre!

La muchacha firmó sin dejar de llorar, y Sila la soltó desdeñosamente.

– Eso es -dijo, limpiándose la saliva de la mano-. Y no vuelvas a hacerme enfadar, Emilia. No te conviene. Ahora, vete.

Dalmática abrazó protectoramente a la desconsolada joven, dirigiendo por vez primera en su vida una mirada de odio a Sila. Él se dio cuenta, pero les volvió la espalda indiferente.

Una vez en sus aposentos, Dalmática se vio con una muchacha histérica en los brazos y una profunda indignación. Ambas tardarían en recobrar la calma.

– Me habían dicho que podía actuar así, pero nunca le había visto hacerlo -dijo, cobrando ánimo-. ¡Oh, Emilia, no sabes cuánto lo siento! ¡Trataré de hacerle cambiar de idea en cuanto me sienta capaz de ir a verle sin ganas de sacarle los ojos!

Pero la muchacha, que no estaba entontecida, hizo un gesto terminante con la mano.

– ¡No, no, madre! Sería peor.

– ¿Qué habrá hecho Glabrio para enfurecerle así?

– Habrá dicho algo que no debía. A él no le gusta Sila; eso lo sé. Me ha contado que a Sila le gustan los hombres de un modo impropio.

Dalmática se puso pálida.

– ¡Qué absurdo! ¡Oh, Emilia!, ¿por qué ha sido Glabrio tan necio? Ya sabes cómo son los hombres; esa calumnia les hace volverse locos.

– No creo que sea una calumnia -replicó Emilia Escaura, llevándose una toalla a la cara, en donde las señales de los dedos de su padrastro empezaban a ponerse moradas-. Yo siempre he creído que había una mujer en él.

– Mi querida niña, llevo nueve años casada con Lucio Cornelio Sila -replicó Dalmática, que comenzaba a sentirse cada vez más pequeña-, y te digo que es una calumnia.

– ¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Como quieras! ¡Me da igual lo que sea! ¡Yo sólo siento odio por esa bestia!

– Te prometo que hablaré con él cuando esté más calmada.

– Ahórrate el mal trago, madre. No cambiará de idea -dijo Emilia Escaura-. Lo que me preocupa ahora es el niño. Mi hijo es lo único que me importa.

– Lo mismo puedo decir yo -replicó Dalmática, mirando compasiva a su hija.

– Madre, ¿también tu estás embarazada?

– Sí, hace muy poco; pero estoy segura.

– ¿Qué vas a hacer? ¿Lo sabe él?

– No lo sabe. Y no voy a hacer nada que le impulse a divorciarse de mi.

– ¿Conoces la historia de Elia?

– ¿Quién no?

– ¡Oh, madre, esto hace que todo cambie! ¡Me portaré bien! No hay que darle ningún pretexto para que se divorcie de ti.

– Esperemos æ-añadió Dalmática en tono de hastío- que sea menos brutal con tu marido que contigo.

– Será más brutal.

– No necesariamente -dijo Dalmática, que conocía a Sila-. Tú has sido la primera, y a veces se contenta con la primera víctima. Cuando Glabrio se entere del asunto, tal vez ya se haya calmado y se muestre benevolente.

Si no estaba lo bastante apaciguado para mostrarse benevolente, al menos se había disipado gran parte de su ira por las indiscretas palabras de Glabrio. Y Glabrio se percató en seguida de que sería peligroso fanfarronear.

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