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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– Las mujeres hablan de hemorragia, pero el flujo de sangre es escaso para que sea embarazo -contestó el hombrecillo frunciendo el ceño-. Hay sangre, sí, pero mezclada con una sustancia maloliente que yo diría que es pus si se tratase de un soldado herido. Diagnostico alguna clase de supuración interna, pero, con vuestro permiso, Lucio Cornelio, querría recabar otras opiniones.

– Haz lo que quieras -replicó Sila tajante-. En cualquier caso, mañana nada debe trascender… Tengo que ir a una boda. Supongo que mi esposa no podrá asistir.

– Desde luego que no, Lucio Cornelio.

Y en estas circunstancias fue como Emilia Escaura, embarazada de cinco meses de su esposo Glabrio, se desposó con Cneo Pompeyo Magnus en casa de Sila sin ningún testigo de su familia. Y, aunque bajo los velos rojos y azafrán lloraba amargamente, Pompeyo, nada más concluir la ceremonia, se dedicó a consolarla y a congraciarse con ella, de tal modo que cuando abandonaron la casa Emilia ya sonreía.

Debió ser Sila quien hubiera debido informar a Dalmática de la buena nueva, pero él no hizo más que alegar una excusa tras otra para no acudir a los aposentos de su esposa.

– Creo que no soporta verte estando tan enferma -dijo Cornelia Sila-. Ya sabes cómo es; si se trata de alguien a quien no quiere, le da lo mismo, pero si es un ser querido, es incapaz de hacer frente a la situación.

En el aireado cuarto en que estaba Dalmática flotaba un olor a podrido que se acentuaba si uno se acercaba al lecho. Cornelia Sila sabía que se moría; y Lucio Tucio tenía razón: no llevaba fruto en el vientre. Nadie conocía la causa de que se inflase falsamente su vientre, pero, desde luego, era algún morbo maligno. Aquel flujo fétido no cesaba, y no había medicamento capaz de atajarle la fiebre que la consumía. Seguía consciente, y sus ojos, vivos como dos llamas, clavaban su expresión doliente en su hijastra.

– No me importa -decía ahora, meneando la cabeza sobre la almohada bañada en sudor-. Lo que deseo es saber cómo le ha ido a mi pobre Emilia. ¿Está muy afectada?

– Pues no -contestó Cornelia Sila, cambiando de tono-. Lo creas o no, querida madrastra, cuando salieron camino del hogar, se la veía muy contenta. Ese Pompeyo es estupendo. Hasta hoy siempre le había visto de lejos y tenía contra él el prejuicio de los Cornelios, pero es guapísimo, mucho más que ese bobo de Glabrio, y, además, es encantador. Ella, al principio, era un mar de lágrimas, pero al cabo de un rato de decirle Pompeyo lo hermosa que estaba y cuánto la quería, se animó bastante. Dalmática, de verdad que ese hombre vale más de lo que yo pensaba, y te aseguro que la hará feliz.

– Se cuentan de él muchas historias -añadió Dalmática, convencida de las palabras de Cornelia-. Hace años, cuando apenas era un muchacho, tenía relaciones con Flora… ¿sabes quién te digo?

– ¿La famosa cortesana?

– Si. Ahora ya no es tan hermosa, pero me han dicho que aún llora su historia con Pompeyo, quien siempre la dejaba llena de señales de los mordiscos. Yo no sé cómo le gustaría eso, pero parece que así era. Él se cansó de ella y se la pasó a un amigo, y Flora quedó desconsolada. ¡Qué bobada por parte de una prostituta enamorarse!

– Entonces, puede que Emilia Escaura acabe dando las gracias a tata por haberla librado de Glabrio.

– ¡Cómo me gustaría que viniera a verme!

La víspera de los idus de sextilis Sila donó su corona de hierba y sus trofeos, como era costumbre cuando un militar de fama hacía un sacrificio en el ara máxima del forum Boarium. Precedido de sus lictores y encabezando una procesión de miembros del Senado, el dictador recorrió la distancia relativamente corta desde su casa a la escalinata de Caco, para descender por ella al espacio abierto en que solían celebrarse los mercados. Al pasar ante la estatua del dios -aquel día vestido también con atavíos triunfales- se detuvo a saludarle y orar. Luego se acercó al gran altar, tras el cual se hallaba el pequeño templo circular de Hércules Invictus, una sencilla edificación de estilo dórico, famosa porque contaba en su interior con unos frescos obra del famoso poeta trágico Marco Pacuvio.

La víctima, una novilla gorda y blanca, aguardaba al cuidado del popa y el cultarius, rumiando el pienso drogado y mirando con sus cálidos ojos castaños los apresurados preparativos del banquete en la explanada del mercado. Aunque Sila portaba la corona de hierba, los demás se adornaban con coronas de laurel, y cuando el joven Dolabela -que era pretor urbano y, por consiguiente, encargado de las ceremonias- inició sus jaculatorias a Hércules Invictus, todos se las quitaron, puesto que Hércules Invictus era un extranjero dentro del pomerium, y ante él se oraba a la manera griega: con la cabeza descubierta.

Todo se hizo conforme al rito. Como donante de la novilla y celebrante de la fiesta pública, fue Sila quien se inclinó a recoger la sangre en el skyphos, un recipiente especial del ritual de Hércules; pero mientras procedía a llenar la copa, una figura negra y baja como una sombra se introdujo furtivamente entre el pontífice máximo y el cultarius y, hundiendo el hocico en el creciente charco de sangre que se formaba entre los guijarros, comenzó a lamer ruidosamente.

Sila lanzó un grito de horror, dio un salto hacia atrás, irguiéndose, el skyphos cayó de su mano temblorosa y la corona de hierba fue a parar al charco de sangre. El pánico comenzó a cundir más rápido que la sangre derramada que aún seguía lamiendo el ávido perro negro. La gente se dispersó en todas direcciones, algunos profiriendo débiles gritos, otros chillando y perdiendo los laureles, y otros mesándose los cabellos. Nadie sabía qué hacer.

Fue Metelo Pío, el pontífice máximo, quien quitó la maza al estupefacto popa y la abatió con fuerza sobre la cabeza del can, que comenzó a chillar y a andar haciendo círculos, entre gruñidos, hasta que, tras lo que pareció una eternidad, se desplomó convulso hecho un rebujo y quedó muerto, echando un borbotón de espumarajos sanguinolentos por la boca.

Más pálido que Sila, el pontífice máximo dejó caer la maza al suelo.

– ¡Se ha profanado el ritual! -exclamó a voz en grito, con más fuerza que nunca-. ¡Praetor urbanus, hay que volver a empezar! ¡Padres conscriptos, sobreponeos! ¿Dónde están los esclavos de Hércules que hubieran debido impedir la entrada al perro?

Popa y cultarius reunieron a los esclavos del templo, que antes de la ceremonia se habían marchado a ver las golosinas que disponían en las mesas. Con la peluca torcida, Sila sacó fuerzas de flaqueza y se agachó a recoger su corona de hierba del charco de sangre.

– Tengo que ir a casa a bañarme -comentó a Metelo Pío-. Estoy impuro. De hecho, todos lo estamos; debemos ir a casa a bañarnos. Nos reuniremos dentro de una hora. Cuando hayan limpiado esto -añadió en tono más enérgico a Dolabela- y hayan tirado ese horrible animal al río, que los viri capitales encierren a los esclavos en algún sitio hasta mañana y los crucifiquen sin quebrarles las piernas; que agonicen durante días; aquí mismo, en el forum Boarium a la vista del dios Hércules. De ellos ha sido la culpa de que el perro profanara el sacrificio.

Impuro, impuro, impuro, repetía sin cesar Sila camino de su casa para bañarse y revestir la toga praetexta, pues un ciudadano no poseía más que una que vestía en caso de triunfo. Limpió la corona de hierba con sus propias manos, llorando porque, a pesar del cuidado con que lo hacía, se iba despedazando. Dejó, finalmente, los escasos restos para que se secaran en un lienzo blanco. He perdido mi corona graminea. Es una maldición. La suerte me abandona. ¡Mi suerte! ¿Cómo voy a vivir sin suerte? ¿Quién habrá enviado a ese perro negro del averno? ¿Quién me ha estropeado el día, ahora que Cayo Mario ya no puede? ¿Ha sido Metrobio? ¡Voy a perder a Dalmática por culpa suya! No, no es Metrobio…

Y regresó al altar de Hércules Invictus, ahora con una corona de laurel como los demás, mientras sus aterrados lictores le abrían paso brutalmente entre la muchedumbre que acudía a la fiesta. Seguían aprovisionando las mesas con carros, cuyos bueyes provocaron oleadas de pánico cuando los carreteros se apresuraron a desuncirlos para apartarlos de la procesión de sacerdotes que se acercaba, pues si los bueyes dejaban caer sus boñigas en el itinerario de los sacerdotes, era una injuria a éstos, y los dueños de las bestias podían ser azotados y obligados a pagar una fuerte multa.

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