Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Una vez hecho el anuncio, Sila partió a su villa de Misenum con su esposa, hija, hijos y nietos, su hijastra y Mamerco. Dalmática le había rehuido desde la anulación del matrimonio de Emilia Escaura y Glabrio, pero él había advertido en ocasiones, al verla, que parecía enferma. Se imponían unas vacaciones a la orilla del mar. Incrementaron el séquito el cónsul Decula, que había redactado las leyes de Sila, y el imprescindible Crisógono.
Así, sólo al cabo de unos días de hallarse instalados a la orilla del mar, tuvo ocasión de intentar recuperar la intimidad con su esposa, que seguía rehuyéndole.
– Es una necedad que sigas reprochándome este asunto igual que Emilia -dijo en tono razonable-. Siempre haré lo que considere que es necesario. Ya deberías saberlo, Dalmática.
Estaban sentados en un rincón resguardado de la galería, a la sombra de los cipreses, con vistas al mar, y les llegaba una suave brisa. Aunque no había mucha luz, se echaba de ver que aquellos días de aire más saludable no habían mejorado la indisposición de Dalmática; estaba ojerosa, tenía mal color y parecía mayor de treinta y siete años.
– Lo sé -contestó ella, al ver que él pretendía una tregua-. ¡Pero no puedo acostumbrarme cuando se trata de mis propios hijos!
– Había que apartar a Glabrio -añadió él-. Y sólo había una manera de hacerlo: separándole de mi familia. Emilia es joven y pronto le olvidará. Pompeyo es un marido aceptable.
– Es inferior a ella.
– Sí, pero necesito vincularle a mí. Su matrimonio con Emilia sirve además para que Glabrio no se atreva a seguir hablando mal de mí al comprobar que tengo poder para dar la hija de Escauro a una persona como Pompeyo de Piceno. ¡NO te esfuerces, Dalmática! -añadió frunciendo el ceño-. No tienes fuerza para enfrentarte a mí.
– Lo sé -replicó ella con voz débil.
– No te encuentras bien, y empiezo a creer que nada tiene que ver con esto de Emilia -añadió él en tono más amable-. ¿Qué te sucede?
– Creo… creo que…
– ¡Dilo!
– Voy a tener otro hijo.
– ¡Por Júpiter! -exclamó él, perplejo y esbozando una sonrisa.
– Ya sé que ninguno de los dos lo deseábamos ahora -añadió ella mohína-. Y temo que tengo demasiada edad.
– Y yo soy demasiado viejo -añadió él, encogiéndose de hombros, pero con más satisfacción-. Bien, es un hecho del que los dos somos responsables. Supongo que no deseas abortar…
– Lo he retrasado demasiado, Lucio Cornelio, y sería peligroso al quinto mes. De verdad que no me había percatado.
– ¿Te ha visto algún físico o una comadrona?
– Aún no.
– Te enviaré a Lucio Tucio -dijo él, levantándose.
– ¡Oh, Sila, no, por favor! -replicó ella, acobardada-. ¡Tucio es un antiguo cirujano militar y no sabe nada de mujeres!
– ¡Sabe más que todos tus malditos griegos!
– En enfermedades de hombres sí, pero preferiría que me viese una mujer de Neápolis o Puteoli.
– Que te examine quien tú quieras -dijo Sila sin insistir, abandonando la galería.
Vinieron a examinar a Dalmática varias mujeres médico y algunas comadronas, y todas coincidieron en que estaba cansada, pero que conforme pasasen los días y el feto consolidase la posición en el vientre se sentiría mejor.
Y en las nonas de sextilis los esclavos prepararon el equipaje y el cortejo se puso en camino hacia Roma; Sila se adelantó porque no soportaba el paso de caracol que imponían las literas de las mujeres, y llegó a la ciudad dos días antes, entregándose a ultimar los detalles de la fiesta.
– Todos los tahoneros de Roma están comprometidos para hacer el pan y los bollos, y ya se han organizado envíos especiales de harina -dijo satisfecho Crisógono, que había llegado a Roma antes que Sila.
– ¿Y el pescado será fresco? Hace mucho calor.
– Todo está previsto, Lucio Cornelio; no te preocupes. He acotado con redes un tramo del río más arriba del Trigarium, y se recogerá el pescado el mismo día; mil esclavos lo desventrarán y comenzarán a cocinarlo en la mañana de la fiesta.
– ¿Y las carnes?
– El gremio de figoneros ha prometido que estarán recién asadas. Habrá cochinillos, pollos, salchichas, corderos y lechales. He recibido un mensaje de la Galia itálica anunciando la llegada de quinientos carros de manzanas y peras primerizas, que en este momento van por la vía Flaminia, escoltados por dos escuadrones de caballería. Las fresas las están recogiendo en Alba Fucentia y encestándolas con hielo del monte Fiscellus, y llegarán a Roma la noche antes de la fiesta, también con escolta militar.
– Es deplorable que la gente sea tan ladrona cuando se trata de comida -dijo el dictador, que en su juventud había sido bien pobre y sabía lo que era el hambre, por mucho que fingiera hacerse de nuevas.
– Si fuese pan o gachas, no habría de qué preocuparse, Lucio Cornelio -dijo Crisógono-. Lo que más roban son las cosas de gusto exótico y las primicias.
– ¿Tendremos vino de sobra?
– Sobrará vino y comida, domine.
– ¡Espero que no esté avinagrado!
– Es excelente todo él. Los que hubieran podido sentir la tentación de añadirle ánforas de vinagre saben perfectamente quién lo compra -replicó Crisógono sonriendo-. Les he dicho que si encuentro una sola ánfora de vinagre los crucificaré a todos, sean o no ciudadanos romanos.
– ¡No quiero trabas, Crisógono!
Pero la traba que hubo no tuvo relación (o así pareció) con la fiesta pública; la traba la procuró Dalmática, que llegó rodeada de todas las comadronas recogidas por Sila a su paso por las ciudades de la vía Apia.
– Sangra -dijo la hija de Sila.
– ¿Abortará? -inquirió Sila con gesto de preocupación.
– Tal vez si.
– Mejor.
– Estoy de acuerdo en que no será una tragedia que pierda el niño -añadió Cornelia Sila, que procuraba siempre no enfadarse ni indignarse con su padre-, pero lo que importa es ella misma, tata.
– ¿Qué quieres decir?
– Que puede morir.
Un fulgor sombrío pasó por los ojos de Sila, quien hizo un gesto de angustia y meneó enérgicamente la cabeza.
– ¡Me trae la muerte! -exclamó-. ¡Siempre el precio más alto! ¡Pero me da igual! ¡Me da igual! -La cara de perplejidad de Cornelia Sila le hizo dominarse-. Es una mujer fuerte y no morirá -añadió con despecho.
– Eso espero.
– Se ha negado a que la viera -dijo Sila, poniéndose en pie-, pero ahora va a verla; quiera o no.
– ¿Quién?
– Lucio Tucio.
Cuando el ex cirujano militar llegó al despacho de Sila horas después, su gesto era grave. Y el estado de ánimo de Sila, que había aguardado a solas todas aquellas horas, había cambiado del horror ante lo que sucedía siempre después de ver a Metrobio, a un sentimiento de culpabilidad y, finalmente, a la resignación. Lo único que esperaba es no tener que ver a Dalmática, pues no se creía capaz de semejante confrontación.
– No traes buenas noticias, Tucio.
– No, Lucio Cornelio.
– ¿Qué es lo que sucede exactamente? -preguntó Sila.
– La opinión generalizada es que la señora Dalmática está embarazada, y eso es lo que ella cree -contestó Lucio Tucio-, pero yo dudo mucho que exista un feto.
– ¿Pues qué existe entonces? -inquirió Sila, al tiempo que se ensombrecían aún más las cicatrices de su rostro.