Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Servilia encontraba a su esposo algo más comunicativo en aquellos peligrosos días. Desde que había llegado la noticia de que su suegro había muerto en Lilibeo como consecuencia de las opera¡ciones de limpieza del perrillo del dictador, Pompeyo, Bruto estaba en ascuas. ¿Proscribirían a su padre? ¿Le proscribirían a él? Como hijo de proscrito, no podría heredar y lo perdería todo; y si le proscribían a él, perdería la vida. Pero el nombre del anciano Bruto no figuraba entre los cuarenta senadores condenados, y no había vuelto a publicarse ninguna lista de senadores desde aquella primera. Bruto esperaba que hubiese pasado el peligro; pero no estaba seguro. ¡Nadie podía estarlo! Sila actuaba por insinuaciones.
Que fuese menos reservado con Servilia se debía a su reciente apreciación del hecho de que seguramente era su matrimonio con ella lo que había servido para que no apareciese el nombre de Marco Junio Bruto en la lista. Ese nuevo privilegio que Sila concedía a los patricios era una nueva manera de dar a entender que el patriciado era algo especial que merecía más honores que las familias más ricas y poderosas con consulares en su genealogía. Y entre el patriciado, ¿qué nombre más augusto que el de Servilio Cepio?
– Es una lástima -dijo Servilia- que nuestro hijo no pueda aspirar al patriciado.
– Mi nombre es lo bastante antiguo y honorable para nuestro hijo -replicó Bruto con sequedad-. Los Junios Brutos descendemos del fundador de la República.
– Siempre me ha chocado -respondió ella con frialdad- que, sí así es, los actuales Junios Brutos no sean patricios; porque, desde luego, el fundador de la República lo era. Tú siempre hablas de un certificado de adopción por parte de una familia plebeya, pero una familia plebeya llamada Junio Bruto debe de ser descendiente de un esclavo o un campesino propiedad de una familia patricia.
El razonamiento, que Bruto no tuvo más remedio que tragar, era muestra de que Servilia no se resignaba ya a seguir siendo una esposa callada y sumisa; había disminuido su temor al divorcio y, en consecuencia, había aumentado el convencimiento de su propio poder. El hijo de dos años era lo más importante del mundo para ella, pero el padre no significaba nada para ella. Su deseo de conservar la categoría del esposo se basaba estrictamente en el amor por el hijo, pero eso no significaba que tuviera que rendir pleitesía a Bruto como antes de que la traición del suegro les hubiese puesto en un brete.
– A tu hermana menor le vendrá estupendamente -dijo Bruto en tono de malicia-. Es patricia casada con un patricio. A ella y a Druso Nerón les irá de maravilla.
– Druso Nerón es plebeyo -replicó Servilia, altanera-. Será Claudio por nacimiento, pero mi tío Druso lo adoptó; él es un Livio, de igual categoría que tú.
– De todos modos, ya verás como prospera.
– Druso Nerón tiene veinte años y una inteligencia más pequeña que un salero. ¡Es más listo nuestro hijo de dos años! -replicó Servilia ásperamente.
Bruto la miró hastiado; bien sabía que el cariño de su esposa por el pequeño Bruto era irracional. ¡ Era como una leona!
– En cualquier caso -añadió en tono conciliador-, ya nos dirá Sila pasado mañana lo que piensa hacer.
– ¿Tienes alguna idea de lo que se propone?
– Hasta pasado mañana no.
Dos días después, Sila abordaba las elecciones y los cargos con un talante que no daba lugar a discusión.
– Estoy harto de esas escaramuzas electorales -dijo-, y voy a legislar un procedimiento adecuado. A partir de ahora, todas las elecciones se celebrarán en quintilis, cinco o seis meses antes de que los elegidos ocupen el cargo. Durante ese plazo, los nombrados para cargos curules tendrán más importancia en la cámara. Los cónsules electos tomarán la palabra inmediatamente después de los cónsules en el cargo, y los pretores electos, después de los pretores en el cargo; y, a partir de ahora, el príncipe del Senado, los ex censores y los consulares no lo harán hasta después del último pretor electo. Es una pérdida de tiempo que la cámara tenga que escuchar a hombres que ya no desempeñan cargos antes que a otros que los ocupan o van a ocuparlos en breve.
Todos los ojos se volvieron hacia Flaco, príncipe del Senado, directamente degradado por el edicto; pero él continuaba sentado, perplejo, pero sin incomodarse.
Sila prosiguió.
– Se celebrarán en primer lugar las elecciones curules de la Asamblea centuriada, el día anterior a los idus de quintilis; luego, se celebrarán, en la asamblea del pueblo, las de cuestores, ediles curules, tribunos de los soldados y otros cargos de menor importancia, diez días antes de las calendas de sextilis. Y, finalmente, las elecciones plebeyas de la asamblea del pueblo se celebrarán entre el segundo y el sexto día antes de las calendas.
– No está mal -dijo Hortensio a Catulo-. Así todos sabremos lo que nos deparan las elecciones mucho antes de fin de año.
– Y gozaremos de mejor preeminencia -añadió Catulo, complacido.
– Bien, ahora hablaré de los cargos -dijo Sila -. Después de haber completado personalmente con nuevos nombres la lista de senadores de esta distinguida cámara, voy a cerrar la puerta. A partir de ahora sólo se podrá acceder a él habiendo sido cuestor y a los treinta años; no antes. Se elegirán veinte cuestores cada año, lo cual es número suficiente para compensar las posibles muertes para que no haya bajas en la cámara. Hay dos pequeñas excepciones que no afectarán al conjunto: quien haya sido elegido tribuno de la plebe y no sea senador, tendrá que acceder al Senado después de ser cuestor; y quien haya obtenido la corona de hierba o la corona cívica accederá sin más al Senado.
Se rebulló en la silla y miró al mudo rebaño.
– Se elegirán ocho pretores cada año. Un plebeyo no podrá ser candidato a pretor hasta cumplir treinta y nueve años, mientras que un patricio podrá hacerlo dos años antes, como se ha dicho. Habrá de transcurrir un plazo de dos años desde que se haya desempeñado el cargo de pretor para poder ser elegido cónsul. Y nadie podrá ser candidato al consulado sin haber sido pretor. Y voy a restablecer la lex Genucia en toda su extensión para que nadie -patricio ni plebeyo- pueda ser cónsul una segunda vez sin que hayan transcurrido diez años. ¡No quiero ningún otro Cayo Mario!
Cosa que a todos pareció excelente.
Pero cuando Sila presentó el decreto anulando los poderes de los tribunos de la plebe, el consenso no fue tan general y rotundo. Durante los siglos de la República, los tribunos de la plebe habían ido adquiriendo mayor responsabilidad en cuestiones legislativas, convirtiendo la Asamblea, formada exclusivamente por plebeyos, en el cuerpo legislativo más poderoso. Muchas veces, el principal objetivo de los tribunos de la plebe había sido contrarrestar los amplios poderes no especificados del Senado y disminuir la importancia de los cónsules.
– Todo eso ahora se ha acabado -dijo Sila con evidente fruición -. De ahora en adelante los tribunos de la plebe se contentarán con poco más que el derecho a ejercer el ius auxilii ferendi.
Se produjo un revuelo general; todo eran murmullos y aspavientos. Sila frunció el ceño e hizo un gesto desabrido.
– ¡Quiero la supremacía del Senado! -bramó-. Y para ello tengo que reducir a la impotencia a los tribunos de la plebe. ¡Y lo haré! Con mis leyes, nadie que haya sido tribuno de la plebe podrá acceder a una magistratura… no podrá ser edil, pretor, cónsul o censor. Ni podrá desempeñar el cargo de tribuno de la plebe por segunda vez hasta que hayan transcurrido diez años. Podrá ejercer el ius auxilii ferendi sólo en su modalidad primitiva, salvando a un solo individuo de la plebe de las garras de un magistrado. Ningún tribuno de la plebe podrá intimidar con una ley respaldada por toda la plebe en virtud de ese derecho, ni impugnar ningún tribunal en reivindicación de ese derecho.
Curiosamente, la mirada de Sila se detuvo pensativa en dos personajes que no podían aspirar a ser tribunos de la plebe, dada su condición de patricios: Catilina y Lépido.