Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– El derecho a veto del tribuno de la plebe -prosiguió- quedará muy limitado. No podrá vetar decretos senatoriales, leyes con aprobación senatorial, el derecho del Senado a nombrar gobernadores provinciales y jefes militares, ni su derecho a tratar los asuntos extranjeros. Ningún tribuno de la plebe podrá promulgar leyes en su asamblea si no ha sido previamente autorizado por el Senado por un senatus consultum, y dejará de tener potestad para convocar reuniones del Senado.
Se vieron algunos rostros taciturnos y no pocos airados; Sila hizo una pausa teatral para ver si alguien protestaba, pero nadie osó hacerlo; ante lo cual, lanzó un carraspeo.
– ¿Qué tienes que decir, Quinto Hortensio?
– Estoy de acuerdo, Lucio Cornelio -contestó Hortensio, tragando saliva.
– ¿Hay alguien que no lo esté?
Profundo silencio.
– Bien -se apresuró a decir Sila-. Entonces, la lex Cornelia queda aprobada en el acto.
– Es horroroso -dijo después Lépido a Cayo Cotta.
– Totalmente de acuerdo.
– ¿Y por qué nos hemos callado sumisamente? -preguntó Catulo-. ¿Por qué se lo hemos consentido? ¿Cómo puede ser auténtica la República sin un tribunato de la plebe activo y debidamente constituido?
– ¿Y por qué no has hecho antes esas objeciones? -replicó Hortensio, sulfurándose, como si hubiese sido una indirecta a su acobardamiento.
– Porque me gusta conservar la cabeza sobre los hombros -replicó Catulo con toda franqueza.
– Con eso está todo dicho -apostilló Lépido.
– Yo veo una lógica en lo que dice -dijo Metelo Pío, uniéndose a ellos-. ¡Es muy inteligente! Otro con menos personalidad hubiera abolido el cargo, pero él no. No ha destruido el ius auxilii ferendi; lo que ha hecho ha sido reducir al mínimo los poderes que se conferían por añadidos posteriores. Y por ello puede argumentar perfectamente que está actuando sin traicionar al mos maiorum y que es lo único que quiere. De todos modos, yo os digo que esto no podrá llevarse a cabo, porque el tribunado de la plebe es una institución importante para muchos.
– La medida durará mientras él viva -terció Cotta, lacónico.
Tras lo cual, el grupo se dispersó. Ninguno estaba muy contento, pero, por otra parte, tampoco querían decir lo que realmente pensaban. ¡Era peligroso!
Lo que demostraba, pensó Metelo Pío mientras regresaba solo a casa, que el clima de terror de Sila daba resultado.
Cuando llegó la fecha de los juegos de Apolo a principio de quintilis, a las primeras leyes se habían añadido dos más: una lex Cornelia sumptuaria y una lex Cornelia frumentaria. La ley suntuaria era muy severa y llegaba hasta fijar un máximo de treinta sestercios por cabeza en comidas normales y de trescientos para los festines; lujos como perfumes, vinos extranjeros, especias y alhajas quedaban sometidos a fuertes impuestos; por otra parte, se limitaba el coste de entierros y tumbas y se gravaba con un enorme impuesto la púrpura de Tiro. La ley del trigo era en extremo reaccionaria, pues prohibía la venta a precio reducido por parte del Estado, aunque Sila, sobradamente astuto, no la prohibía del todo; su ley estipulaba sencillamente que el Estado no podía rebajar los precios en competencia con los comerciantes.
Todo un programa que aún estaba inconcluso, quizá porque la ímproba tarea de preparar toda aquella legislación se había sucedido sin tregua desde el triunfo de Sila; el dictador decidió, animado por las circunstancias, tomarse unos días de asueto y asistir a los ludi Apollinares celebrados a principio de quintilis. No era, desde luego, el espectáculo del circo Máximo lo que él quería ver, sino las representaciones teatrales, de las que unas diez u once estaban programadas en el teatro provisional de madera alzado en el circo Flaminius del campo de Marte. Abundaban las comedias y no faltaban las de Plauto, Terencio y Nevio, pero había también representaciones de mimo, que eran las preferidas de Sila, ya que la comedia constaba de un texto que no podía modificarse, mientras que el mimo consistía en una trama principal a partir de la cual director y actores añadían improvisaciones y actuaban sin máscaras.
Quizá fuese su entrevista con la delegación encabezada por Aurelia lo que motivase su decidida asistencia a las obras representadas durante los juegos de Apolo; o tal vez el hecho de que un antepasado suyo hubiera sido fundador de los juegos le decidiera a mostrarse en público. ¿O sería la necesidad de ver al actor Metrobio? ¡Treinta años! ¿Tantos habían pasado? Sí, Metrobio era un muchachito cuando Sila celebraba su treinta cumpleaños atormentado. Desde su ingreso en el Senado tres años después, sus encuentros habían sido escasos, muy espaciados y llenos de amargura.
La decisión de Sila de rechazar esa parte de su naturaleza había sido reflexiva, tenaz y basada en la lógica. Los hombres que en su vida pública admitían o caían en la preferencia por su propio sexo estaban condenados; no había una ley que les obligase a abandonar el servicio público, pero sí que existían leyes en las tablas y una lex Scantinia que imponía pena de muerte, aunque casi nunca se aplicaban pues existía cierta tolerancia con los hombres notables. La realidad era más sutil y no tenía por qué entorpecer la carrera pública si el interesado era eficiente, y se concretaba en sarcasmo, desprecio, bromas y en una drástica disminución de la dignitas; los de su misma alcurnia siempre le considerarían inferior por algo así, y Sila se impuso privarse de ello por mucho que lo deseara. Y lo deseaba mucho. Cifraba sus esperanzas en retirarse pronto de la vida pública, y entonces, se decía, le importaría un bledo lo que pensaran. Viviría su vida y satisfaría sus deseos. Cuando se retirase, su obra sería evidente y notoria, y habría acumulado a lo largo de su carrera una dignitas tan firme, que la última cana al aire ya no podría arruinarla.
¡Cómo deseaba a Metrobio! Probablemente, al actor no le interesaría un hombre viejo y feo. También eso había motivado su asistencia a las representaciones; mejor saberlo ahora que cuando llegase el momento del retiro; mejor recrearse la vista con el objeto amado ahora que aún veía.
Actuaban varias compañías, y, entre ellas, la que ahora dirigía Metrobio, que desde hacía unos diez años había dejado la tragedia por la comedia. Su grupo no actuaba hasta el tercer día, pero Sila asistió a las representaciones de mimo el primero y el segundo, y se divirtió mucho.
Le acompañó Dalmática, aunque no podía sentarse con los hombres como se hacía en el circo, porque en el teatro había una estricta jerarquía, dado que la sociedad romana no veía con buenos ojos las comedias y se consideraba que las mujeres podían corromperse si se sentaban con los hombres para contemplar tales inmoralidades y desnudeces. Las dos primeras filas de asientos en el hemiciclo con gradas de la cavea estaban reservadas a miembros del Senado, y las catorce filas siguientes solían reservarse para los caballeros del caballo público, un privilegio concedido a sus antepasados por Cayo Graco y que Sila les había arrebatado con suma fruición. Por ello, ahora, los caballeros tenían que batallar por un asiento con personas de menor categoría, llegando antes que otros para ocuparlo sin ningún privilegio. Las pocas mujeres que asistían a la representación estaban acomodadas a la derecha de la parte superior trasera de la cavea, desde donde se oía bastante bien, aunque casi no se veía el escenario. En la comedia corriente con máscaras (como la que representaba la compañía de Metrobio) no actuaba ninguna mujer, mientras que en el mimo los papeles femeninos sí que los encarnaban mujeres, nadie actuaba con máscara y muchas veces los actores salían desnudos.
La comedia del tercer día era la tan celebrada de Plauto Miles Gloriosus, en la que Metrobio hacía el papel de soldado fanfarrón. ¡Que ridículo! La máscara grotesca con la boca abierta curvada hacia arriba en boba sonrisa le tapaba el rostro, pero se le veían las manos, y su cuerpo liso y musculoso quedaba bien dentro de la coraza griega. Naturalmente, al final, los actores saludaban sin máscara, y Sila pudo por fin ver el efecto del paso de los años en el joven: pocas huellas, aunque el negro pelo ahora mostraba algunas atractivas canas y se advertía un surco a ambos lados de su nariz griega.