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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– No hay necesidad de ponerse así, Lucio Cornelio -dijo-. Te he ofendido y haré cuanto pueda por reparar la ofensa. No quiero poner en peligro la posición de mi esposa.

– Oh, la posición de tu ex esposa no está en peligro -replicó Sila, sonriendo con sorna-. Emilia Escaura es miembro de mi familia y está bien segura; pero no puede seguir casada con un hombre que critica a su padrastro y difunde comentarios sobre él que son una atroz mentira.

– Se me fue la lengua -dijo Glabrio, humedeciéndose los labios.

– Se te va con mucha frecuencia, tengo entendido. Es cosa tuya, desde luego; pero de aquí en adelante se te irá sin escudarte en que eres de mi familia, y afrontarás el riesgo como cualquier otro. No he proscrito a ningún senador desde la primera lista, pero no hay nada que me lo impida. Te honré nombrándote senador antes de los treinta años, igual que he hecho con otros jóvenes de familia de alcurnia y antepasados ilustres. Bien, de momento dejaré tu nombre en el elenco senatorial y no aparecerá en los rostra, pero de ti depende que en el futuro siga siendo tan clemente. Tu hijo vive en el vientre de la hija de mi hermanastra y es lo único que te salva. Cuando nazca te lo enviaré. Ahora retírate.

Glabrio salió sin decir palabra y no explicó a ninguno de sus íntimos las circunstancias de su precipitado divorcio, ni los motivos por los que abandonaba Roma para vivir en sus fincas campestres. Su matrimonio con Emilia Escaura no había representado para él una unión afectiva; simplemente, ella le satisfacía, y tenía alcurnia, dote y todo lo que era debido. Con los años habría nacido afecto entre ellos, pero ahora ya era imposible. Sentiría de vez en cuando una punzada de aflicción al pensar en ella, más que nada porque el hijo no conocería a su madre.

Lo que sucedió a continuación no mejoró las relaciones entre Sila y Dalmática. A la mañana siguiente Pompeyo fue a ver al dictador, como estaba previsto.

– Tengo esposa para ti, Magnus -dijo Sila sin rodeos.

Había en Pompeyo algo de león adormecido que le servía cuando sucedían cosas que le impulsaban a pensar antes que a actuar. Escuchó la nueva con gesto más abierto que prevenido, pero sin dejar traslucir lo que pensaba. Lo que hacía, pensó Sila sin quitarle ojo, era darse la vuelta bajo un supuesto sol para que le calentase el otro costado, y lamerse las costillas para quitarse un resto de comida del bigote. Lánguido pero peligroso. Si, mejor atarle a la familia, porque aquél no era como Glabrio.

– ¡Qué amable por tu parte, dictador! -dijo al fin Pompeyo-. ¿Quién podrá ser?

La inconsciente sintaxis picentina traicionaba sus orígenes, pero Sila no hizo comentario alguno.

– Es mi hijastra Emilia Escaura -dijo-. Patricia y de una familia que tú no encontrarías aunque buscases durante un milenio. Con una dote de doscientos talentos, y de fertilidad probada. Está embarazada de Glabrio y se divorciaron ayer. Comprendo que es algo molesto para ti tomar por esposa a quien ya espera un hijo de otro, pero la concepción ha sido virtuosa y es una buena muchacha.

Era evidente que la noticia ni entusiasmaba ni defraudaba a Pompeyo.

– ¡Lucio Cornelio, querido Lucio Cornelio! -exclamó, con sonrisa beatífica-. ¡Estoy encantado!

– ¡Estupendo! -añadió Sila, cortante.

– ¿Puedo verla? Creo que no la conozco.

Una sonrisa cruzó el rostro del dictador al pensar en las contusiones de la boca de Emilia Escaura, y meneó la cabeza.

– Deja que pasen dos o tres intervalos de mercado, Magnus. Luego, vuelves por aquí y te caso con ella. Entretanto me ocuparé de que devuelvan los sestercios de su dote y los guardaré yo.

– ¡Magnífico! -exclamó Pompeyo entusiasmado-. ¿Lo sabe ella?

– Aún no, pero la complacerá enormemente. Te ama en secreto desde que te vio desfilar en el triunfo -mintió Sila descaradamente.

¡La flecha había hecho blanco en el costado del león!

– ¡Qué maravilla! -exclamó Pompeyo agradecido, y partió con aspecto de felino bien satisfecho.

Sila tenía ahora que dar la noticia a su esposa y a su hijastra; una tarea nada desagradable para él. Dalmática le había estado mirando de un modo muy distinto desde que la escena del día anterior había roto casi nueve años de tranquilidad, y a él no le complacía que le detestase. Tenía que herirla.

Las dos mujeres se encontraban en el cuarto de estar de Dalmática y se pusieron tensas al verle entrar sin previo aviso. Lo primero que hizo fue examinar el rostro de Emilia Escaura, contusionado e hinchado por debajo de la nariz. Después, miró a Dalmática. No advertía en ella ira o repulsa, aunque sí notaba desagrado en la frialdad de su mirada. Parecía enferma, pensó. Luego, se dijo que las mujeres æse refugiaban en curiosas enfermedades cuando la emoción las vencía.

– ¡Buenas noticias! -dijo jovial.

Ellas guardaron silencio.

– Tengo nuevo esposo para ti, Emilia.

Sorprendida, la muchacha alzó hacia él sus ojos enrojecidos.

– ¿Quién? -inquirió con un hilo de voz.

– Cneo Pompeyo Magnus.

– ¡Oh, Sila, no! -exclamó Dalmática-. ¡No me lo puedo creer! ¿Vas a casar a la hija de Escauro con ese patán picentino? ¿Mi hija, del linaje de Cecilio Metelo? ¡No lo consentiré!

– Tú nada tienes que opinar.

– ¡Ojalá viviera Escauro! ¡Ya verías si no habría que opinar!

Sila se echó a reír.

– Eso sí que es verdad. Aunque me daría igual. Necesito vincular a Magnus con un lazo más fuerte que el agradecimiento… porque él no es nada agradecido. Y tú, hijastra, eres la única mujer de la familia disponible en este momento.

El rostro de Dalmática se ensombreció aún más.

– ¡Te lo ruego, Lucio Cornelio, no hagas eso! ¡Te lo suplico!

– Llevo el hijo de Glabrio en las entrañas -musitó Emilia Escaura-. Pompeyo no me querrá.

– ¿Quién, Magnus? A él le daría igual que tuvieses dieciséis maridos y dieciséis hijos -replicó Sila-. Él sabe muy bien lo que es una ganga, y tú para él eres una ganga. Te doy veinte días para que te cures la cara, y después te casas con él. Cuando nazca el niño se lo enviaré a Glabrio.

Volvió a romper en llanto.

– ¡Por favor, Lucio Cornelio, no me hagas eso! ¡Déjame al niño!

– Podrás tener otros con Magnus. ¡Y ahora deja de comportarte como una niña y despierta a la realidad! ¡Y tú también, esposa! -añadió, mirando a Dalmática.

Y salió, dejando que Dalmática consolase a su hija como pudiese. Dos días más tarde, Pompeyo le informaba en una carta que se había divorciado de su esposa y que esperaba se fijase la fecha de la boda.

Sila le contestó diciéndole: «Estaré fuera de Roma hasta las nonas de sextilis, y creo que será propicio celebrarla dos días después. Ven a casa en esa fecha y no antes.»

Hércules Invictus era el dios del imperator triunfante y gobernaba en el forum Boarium, sede de los distintos mercados en el vasto espacio abierto que lindaba con el extremo del circo Máximo. Allí tenía su gran altar, el templo y la estatua, que le mostraba desnudo menos en las ocasiones en que un general celebraba el desfile en que se le ataviaba con ropaje de triunfo. Había también en aquella zona otros templos dedicados a Hércules con diversas advocaciones, ya que era el patrón de las aceitunas, de los grandes comerciantes, y a su protección se encomendaban también los que efectuaban un viaje de comercio.

El día de la festividad de Hércules Invictus, Sila difundió una proclama por la ciudad, anunciando que iba a dedicar una décima parte de su fortuna personal para agradecer al dios los favores concedidos en sus empresas militares. El populacho se regocijó, pues como el templo de Hércules Invictus no guardaba fondos, las donaciones en metálico se gastaban en su nombre y en el de sus generales triunfantes en fiestas para todos los hombres libres de Roma. Un día antes de los idus de sextilis, que era el día de la fiesta del dios, se dispondrían cinco mil mesas de banquete, cada una de ellas para cien hambrientos ciudadanos (lo que no quiere decir que hubiese en Roma medio millón de hombres libres, sino que el que daba la fiesta no quería excluir a ancianas decididas, viudas resueltas y niños descarados). La proclama llevaba anexa una lista de los lugares en que se colocarían las mesas, formidable tarea organizativa muy bien planeada y realizada para que los participantes pudiesen permanecer casi todos en su propio barrio sin obstruir las calles ni invadir terrenos problemáticos para no provocar peleas, desórdenes y disturbios.

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