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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Recorrió los bancos con la mirada, examinó los rostros alegres y los tristes, y se preguntó cuáles faltarían al año siguiente, y al otro, y al otro. De buena gana se habría echado a llorar, pero no podía. Era el Stark en Invernalia, hijo de su padre y heredero de su hermano, y ya casi un hombre.

Al fondo de la sala se abrieron las puertas, y la ráfaga de aire frío hizo que las antorchas brillaran más durante un instante. Barrigón dio paso a dos nuevos invitados al banquete.

—Lady Meera, de la Casa Reed —rugió el rotundo guardia para hacerse oír por encima del clamor—. Con su hermano, Jojen, de la Atalaya de Aguasgrises.

Todos alzaron la vista de sus copas y platos para mirar a los recién llegados. Bran pudo oír cómo Walder el Pequeño murmuraba «Comerranas» a Walder el Mayor, sentado a su lado.

Ser Rodrik se puso en pie.

—Sed bienvenidos, amigos, y compartid con nosotros este festín.

Los sirvientes corrieron a prolongar la mesa del estrado con más tablones, caballetes y sillas.

—¿Quiénes son ésos? —preguntó Rickon.

—Embarrados —comentó Walder el Pequeño con desdén—. Son ladrones y carroñeros, tienen los dientes verdes de tanto comer ranas.

El maestre Luwin se acuclilló al lado de Bran para susurrarle unos consejos al oído.

—Debes dispensarles un recibimiento cálido. No pensé que fueran a venir, pero… ¿sabes quiénes son?

—Lacustres —dijo Bran con un gesto de asentimiento—. Del Cuello.

—Howland Reed fue un buen amigo de tu padre —le dijo Ser Rodrik—. Al parecer, éstos son sus hijos.

Bran examinó a los recién llegados mientras éstos recorrían la sala. La primera era una chica, aunque con aquellas ropas nadie lo habría asegurado. Vestía calzones de piel de cordero, reblandecidos por el uso, y un jubón sin mangas, de escamas de bronce. Debía de tener la edad de Robb, aunque era delgada como un muchacho, con el largo pelo castaño atado en una coleta y apenas un atisbo de pechos. Llevaba una red colgada a una de las flacas caderas, y un largo cuchillo de bronce a la otra; tenía debajo del brazo un viejo yelmo con manchas de óxido; de la espalda le colgaba una fisga y un escudo redondo de cuero.

Su hermano era varios años más joven y no llevaba armas. Vestía de verde de los pies a la cabeza, hasta las botas de piel eran verdes, y cuando estuvo más cerca Bran vio que tenía los ojos del color del musgo, aunque sus dientes parecían tan blancos como los de cualquiera. Los dos Reed eran de constitución esbelta, delgados como espadas, y poco más altos que el propio Bran. Una vez delante del estrado hincaron una rodilla en tierra.

—Mis señores de Stark —dijo la muchacha—. Han pasado los años a cientos y a miles desde que mi pueblo jurase lealtad por primera vez al Rey en el Norte. Mi señor padre nos ha enviado a recitar de nuevo el juramento, en nombre de todo nuestro pueblo.

«Me está mirando a mí», comprendió Bran. Tenía que responder algo.

—Mi hermano Robb está luchando en el sur —dijo—. Pero si queréis, podéis recitar el juramento ante mí.

—A Invernalia juramos la lealtad de Aguasgrises —dijeron al unísono—. Tierra, corazón y cosecha os entregamos, mi señor. A vuestras órdenes están nuestras espadas, lanzas y flechas. Apiadaos de nuestros enfermos, auxiliad a nuestros indefensos, impartid justicia para todos, y jamás os fallaremos.

—Lo juro por la tierra y por el agua —dijo el chico de verde.

—Lo juro por el bronce y por el hierro —dijo su hermana.

—Lo juramos por el hielo y por el fuego —terminaron a la vez.

Bran no supo qué decir. ¿Tenía que recitar algún juramento equivalente? No le habían enseñado cómo salir de aquella situación.

—Que vuestros inviernos sean cortos y vuestros veranos generosos —dijo; aquello solía dar resultado—. Levantaos. Soy Brandon Stark.

La chica llamada Meera se puso en pie y ayudó a su hermanito a levantarse. El chico no apartaba la vista de Bran.

—Te hemos traído obsequios: pescado, ranas y aves.

—Os lo agradezco. —Bran se preguntó si tendría que ser tan educado como para comerse una rana—. Os ofrezco la carne y el aguamiel de Invernalia.

Trató de recordar qué le habían enseñado acerca de los lacustres, que vivían entre los pantanos del Cuello y rara vez salían de los humedales. Eran un pueblo pobre de pescadores y cazadores de ranas, que vivían en casas de paja y juncos, en islas flotantes ocultas en las profundidades de los pantanos. Se decía de ellos que eran cobardes, que luchaban con armas envenenadas y preferían ocultarse de los enemigos en vez de enfrentarse abiertamente a ellos en la batalla. Y, pese a todo, Howland Reed había sido uno de los más leales compañeros de su padre durante la guerra en la que el rey Robert consiguió su corona, antes de que Bran naciera.

El chico, Jojen, miró toda la estancia con curiosidad al tiempo que se sentaba.

—¿Dónde están los lobos huargos?

—En el bosque de dioses —respondió Rickon—. Peludo se portó mal.

—A mi hermano le gustaría verlos —dijo la chica.

—Más vale que los lobos no lo vean a él —dijo Walder el Pequeño a gritos—, o se lo comerán de un bocado.

—Si voy con ellos, no lo morderán. —Bran estaba satisfecho de que quisieran ver a los lobos—. Bueno, Verano seguro que no, y él mantendrá a raya a Peludo.

Aquellos embarrados despertaban su curiosidad. No recordaba haber visto a uno nunca. Su padre siempre enviaba cartas al señor de Aguasgrises todos los años, pero ningún lacustre llegó a visitar Invernalia. Le habría gustado seguir hablando con ellos, pero la sala principal era demasiado ruidosa, tanto que sólo se oía lo que decía quien estaba justo al lado.

Quien estaba justo al lado de Bran era Ser Rodrik.

—¿Es verdad que comen ranas? —preguntó al anciano caballero.

—Sí —asintió Ser Rodrik—. Ranas, pescado, lagartos león y todo tipo de aves.

«A lo mejor es porque no tienen ovejas ni vacas», pensó Bran. Ordenó a los sirvientes que les llevaran chuletas de cordero y tajadas de uro, y que les llenaran los platos con guiso de buey con avena. Pareció que les gustaba mucho. La chica sorprendió su mirada y le sonrió. Bran se sonrojó y apartó la vista.

Mucho más tarde, después de que se sirvieran los dulces y se engulleran regados con galones de vino veraniego, retiraron los restos de comida de las mesas y las empujaron contra las paredes para que comenzara el baile.

La música se hizo más agresiva, entraron los tambores, y Hother Umber sacó un gran cuerno curvo de guerra con remaches de plata. Cuando el bardo, que estaba cantando «La noche que terminó», llegó a la parte donde la Guardia de la Noche cabalgaba para enfrentarse a los Otros en la Batalla por el Amanecer, lo hizo sonar con un rugido que provocó los ladridos de todos los perros.

Dos hombres de Glover comenzaron a tocar una música estridente con una gaita y una lira. Mors Umber fue el primero en levantarse. Agarró por el brazo a una sirvienta que pasaba por allí, con lo que la chica soltó el jarro de vino, que fue a estrellarse contra el suelo. Entre las alfombras, los huesos y los trocitos de pan que había sobre la piedra, la obligó a dar vueltas, la hizo girar y la lanzó por los aires. La chica se reía a gritos y se puso tan colorada como las faldas que le giraban y se le levantaban con el baile.

No tardaron en unirse otros. Hodor empezó a bailar solo, mientras que Lord Wyman pedía a la pequeña Beth Cassel que fuera su pareja. Pese a su inmenso tamaño se movía con elegancia. Cuando se cansó, Cley Cerwyn bailó con la chica. Ser Rodrik se acercó a Lady Hornwood, pero ella se excusó y pidió permiso para retirarse. Bran se quedó el tiempo justo para no parecer maleducado, e hizo que llamaran a Hodor. Estaba acalorado y cansado, el vino le había arrebolado las mejillas, y ver bailar lo ponía triste. Era algo que él jamás podría hacer.

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