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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Volví la cabeza de un lado a otro buscando una ventana o puerta; pero fue inútil. Sin embargo, percibí una presión en la cabeza —algo sujeto a la nariz— y cuando levanté las manos para investigar encontré allí una gafas pesadas en las que el vidrio formaba una sola pieza con la montura.

Probé aquel dispositivo… y la habitación se llenó de luz brillante.

Al principio me deslumbró, y cerré los ojos todo lo que pude. Me quité las gafas y descubrí que la luz desaparecía dejándome nuevamente en las tinieblas. Y cuando me volví a colocar las gafas, la luz regresó.

No fue un gran esfuerzo para mi ingenio entender que la oscuridad era la realidad; y que la luz era producida para mí por las gafas, que había activado sin querer. Aquellas lentes eran equivalentes a las gafas de Nebogipfel, que el pobre Morlock había perdido en la tormenta del Paleoceno.

Los ojos se ajustaron a la oscuridad; me puse en pie y me investigué. Estaba entero y parecía sano; no pude encontrar en manos y brazos rastros de la acción difusa de la criatura piramidal sobre la piel. Sin embargo, noté una serie de marcas blancas en la tela de la camisa y pantalones; cuando las repasé con los dedos, encontré costuras onduladas, como si hubiesen intentado reparar las ropas de forma algo burda.

Me encontraba en una cámara de unos doce pies de ancho y otros tantos de alto; hasta aquel momento era la habitación más extraña que había visitado en todos mis viajes por el tiempo. Para imaginarla, deben comenzar con una habitación de hotel de finales del siglo diecinueve. Pero la habitación no tenía la estructura rectangular común en mi época; al contrario, era un cono redondo, algo similar a una tienda. No había puerta, ni mobiliario de ningún tipo. El suelo estaba recubierto de una capa uniforme de arena, en la que podía ver las marcas del lugar donde había dormido.

En las paredes había un papel chillón —un invento púrpura y abarrotado— y lo que parecían marcos de ventana flanqueados por cortinas gruesas. Pero los marcos no tenían vidrio sino paneles cubiertos por el mismo papel.

No había fuentes de luz en la habitación. En su lugar, un brillo difuso y continuo inundaba el aire, como la luz en un día nuboso. Ya me había convencido de que la luz que veía era producto de las gafas más que algo físico. El techo era una confusión barroca, decorado con pinturas increíbles. Aquí y allá en la cascada barroca podía distinguir fragmentos de formas humanas, pero tan confusos y distorsionados que no podía seguirlos: no era grotesco, sino más bien torpe y desorientado, como si el artista hubiese tenido la habilidad de un Miguel Ángel pero la visión de un niño retrasado. Y así era: ¡los elementos, supongo, de una habitación de hotel barata de mi época transformados por aquella peculiar geometría en un producto onírico!

Caminé un poco y las botas apretaron la arena. No encontré uniones en las paredes, ni rastros de puertas. En un lado de la habitación había un cubículo, de unos tres pies de lado, hecho de porcelana blanca. Cuando dejé la arena y entré en la plataforma de porcelana, inesperadamente salió vapor silbando de unos agujeros en las paredes. Me eché atrás, sorprendido, y los chorros se apagaron; el vapor bailaba alrededor de mi rostro.

Encontré una serie de tazones en la arena. Tenían el ancho de una mano y eran bajos, como platos. Algunos de los tazones contenían agua y los otros, trozos de comida: alimentos simples, como fruta, nueces, bayas y cosas por el estilo, pero nada que pudiese reconocer de inmediato. Sediento, vacié un par de tazones. Los encontré difíciles de manejar; al ser bajos, tenían tendencia a derramarme el contenido sobre la barbilla, y se parecían tanto a una taza, pensé, como los platos que uno utiliza para dar de beber al gato o al perro. Mordisqueé un poco de la comida; el sabor de la fruta era soso pero aceptable.

Al terminar tenía los dedos manchados, y miré a mi alrededor buscando un lavabo o un baño. Por supuesto, no los había; recurrí al contenido de otro de los tazones para lavarme, y me sequé la cara con una esquina de la camisa.

Probé las ventanas falsas, y salté sin éxito intentado alcanzar el techo; la superficie de paredes y suelo era tan suave como la de un huevo pero irrompible. Cavé en la arena y descubrí que llegaba hasta unas nueve pulgadas de profundidad; debajo había un mosaico de fragmentos de colores brillantes, como de estilo romano, pero, al igual que el techo, el mosaico no representaba ningún retrato o escena que pudiese reconocer, sino que era más bien un conjunto inconexo de diseños.

Estaba solo, y no venía ningún sonido de más allá de las paredes: de hecho, no había sonidos en mi universo, exceptuando el ruido de mi propia respiración, los latidos de mi corazón, ¡los mismo sonidos a los que había dado la bienvenida con tanto vigor poco antes!

Después de un rato, ciertas necesidades humanas se manifestaron. Resistí aquellas presiones todo lo que pude, pero al final me vi obligado a cavar hoyos en la arena para hacer mis necesidades.

A1 cubrir uno de aquellos hoyos sentí una vergüenza extraordinaria. ¡Me pregunté qué pensarían los viajeros estelares de aquel lejano 1891 de semejante representación!

Cuando me cansé, me senté en la arena con la espalda contra la pared. Al principio me dejé las gafas puestas, pero la iluminación era demasiado brillante para descansar, por lo que me las quité y las tuve en la mano mientras dormía.

Así comenzó mi estancia en aquella extraña habitación. Al desvanecerse mis temores iniciales, me asaltó un impaciente aburrimiento. Estaba prisionero de forma similar a mi estancia en la Prisión de Luz de los Morlocks, y había salido de allí sin deseos de repetir la experiencia. Llegué a sentir que cualquier cosa, incluso un peligro, sería preferible a permanecer en aquella prisión aburrida y sin sentido. Mi exilio en el Paleoceno —a cincuenta millones de años del periódico más cercano— creo que me había curado del impulso hacia la lectura; pero aun así, en ocasiones creí que me volvería loco por falta de alguien con quien hablar.

Los tazones de agua y comida se rellenaban cada vez que dormía. Nunca descubrí el mecanismo que lo permitía. No encontré señales de una máquina similar a la de los Morlocks; pero tampoco vi que rellenase los tazones alguien parecido a un mayordomo. En una ocasión, para experimentar, dormí con un tazón enterrado bajo el cuerpo. Cuando me levanté, descubrí que volvía a estar lleno de agua, como si de un milagro se tratase.

Llegué a la conclusión preliminar de que, por algún medio, una máquina sutil construía el contenido en los mismos tazones, ya sea a partir de sustancias en los tazones o tomando materiales del aire. Pensé —¡aunque no deseaba seguir investigando!— que mis desechos enterrados eran desmantelados por el mismo mecanismo discreto. Era una imagen extraña y no muy agradable.

2. EXPERIMENTOS Y REFLEXIONES

Después de tres o cuatro días sentí que debía lavarme adecuadamente. Como ya he dicho, no había nada que pareciese un baño, y no me resultaba satisfactoria la limpieza gatuna que podía realizar con los tazones de agua. Deseaba un baño o, mejor aún, un chapuzón en el mar del Paleoceno.

Me llevó un tiempo —pueden considerarme tonto en este asunto— volver a pensar en el cubículo de porcelana ,del que he hablado, y que había ignorado desde la primera vez que exploré de forma preliminar la cámara. Volví a acercarme a él, y coloqué un pie cauteloso en la base de porcelana. Una vez más, salió vapor de las paredes.

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