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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Ahora había movimiento en el cielo occidental, en lo más bajo del horizonte: luces breves se encendían, lanzadas frente al cielo, y colocadas en su lugar, donde permanecían durante largos milenios, antes de apagarse y ser remplazadas por otras. Pronto hubo una multitud de aquellas chispas, y se fundieron en un puente, que cruzaba el cielo de horizonte a horizonte; en su mejor momento, conté varias docenas de luces en aquella ciudad del cielo.

Se las señalé a Nebogipfel.

—¿Son estrellas?

—No —dijo ecuánime—. La Tierra todavía gira, y las verdaderas estrellas deben ser demasiado oscuras para ser visibles. Las luces que vemos cuelgan en una posición fija sobre la Tierra…

—¿Entonces qué son? ¿Lunas artificiales?

—Quizá. Ciertamente son los hombres quienes las han colocado ahí. Los objetos puede que sean artificiales, construidos con materiales tomados de la Tierra, o de la Luna, ya que su pozo gravitatorio es menor. O puede que sean objetos naturales llevados a ese lugar alrededor de la Tierra por medio de cohetes: quizá cometas o asteroides capturados.

¡Contemplé aquellas luces alborotadas con la misma fascinación con que cualquier cavernícola hubiese mirado la luz de un cometa que pasase por encima de su cabeza!

—¿Cuál será el propósito de tales estaciones espaciales?

—Ese satélite es como una torre, fija sobre la Tierra, de veinte mil millas de alto…

Sonreí.

—¡Qué vista! Se podría uno sentar en ella y admirar la evolución del clima sobre un hemisferio.

»O la estación podría servir para transmitir mensajes telegráficos de un continente a otro. O, más radical, uno podría imaginar la transferencia de grandes industrias, manufactura pesada, o la generación de energía, a la seguridad relativa de la órbita alta.

Abrió las manos.

—Puedes observar por ti mismo la degradación del aire y el agua a nuestro alrededor. La Tierra tiene una capacidad limitada para absorber los productos de desecho de la industria, y con el desarrollo suficiente, el planeta podría hacerse inhabitable.

»Sin embargo, en órbita, los límites al crecimientos son virtualmente infinitos: piensa en la Esfera construida por mi propia especie.

La temperatura siguió subiendo, y el aire se hacía más irrespirable. El coche del tiempo improvisado por Nebogipfel era funcional, pero estaba pobremente equilibrado, y se agitaba y movía; me agarré sufriendo al banco, ya que la combinación de calor y movimiento y el vértigo normal del viaje en el tiempo me producían náuseas.

20. LA CIUDAD ORBITAL

Se produjeron más cambios en la Ciudad Orbital del ecuador. La disposición caótica de las luces se había hecho más regular. Ahora había una banda de siete u ocho estaciones, todas muy brillantes, colocadas a intervalos regulares alrededor del globo; supuse que más estaciones similares debían de estar situadas bajo el horizonte, siguiendo su marcha continua alrededor de la cintura del globo.

Entonces, unas hebras de luz, hermosas y delicadas, bajaron directas de las estaciones, acercándose como dedos inseguros a la Tierra. El movimiento era regular, y lo bastante lento para que pudiésemos seguirlo; comprendí que contemplaba unos proyectos de ingeniería colosales —proyectos que ocupaban miles de millas de espacio durante milenios— y me impresionó la dedicación y el alcance de los nuevos humanos.

Después de varios segundos, la primeras hebras habían llegado a la oscuridad neblinosa del horizonte. Entonces, una de aquellas hebras desapareció, y la estación a la que estaba sujeta se apagó como la llama de una vela en la brisa. Claramente la hebra había caído o se había soltado, y su estación de anclaje había quedado destruida. ¡Contemplé la silenciosa imagen pálida preguntándome qué inmenso desastre —y cuántos muertos— representaba! Sin embargo, en unos pocos momentos una nueva estación apareció en la posición libre girando alrededor del ecuador, y una nueva hebra surgió de ella.

—No estoy seguro de creer lo que ven mis ojos —le dije al Morlock—. ¡Me parece que intentan fijar esos cables del espacio a la Tierra!

—Supongo que eso es lo que pasa —dijo el Morlock—. Presenciamos la construcción de un Ascensor Espacial, un nexo fijo entre la superficie de la Tierra y las estaciones en órbita.

Hice una mueca ante la idea.

—¡Un Ascensor Espacial! Me encantaría subir en algo así: elevarse entre las nubes hacia la grandeza silenciosa del espacio. Pero si el ascensor tuviese paredes de vidrio, no sería un paseo agradable para los que padecen de vértigo.

—No.

Ahora vi que más líneas de luz se extendían entre las estaciones geosincrónicas. Pronto los puntos brillantes de luz estaban unidos, y las líneas se ensancharon para formar una banda brillante, tan ancha y brillante como las estaciones. De nuevo —aunque realmente no tenía ganas de acortar nuestro viaje en el tiempo— deseé poder ver más de aquella inmensa ciudad de los cielos que circundaba todo un mundo.

Los cambios de la Tierra durante el mismo periodo no eran ni de lejos tan espectaculares. De hecho, me dio la impresión de que Primer Londres se había quedado estática, incluso tal vez había sido abandonada. Algunos de los edificios habían durado tanto que casi nos parecían sólidos, aunque eran oscuros, bajos y horribles; mientras otros se desplomaban en ruinas sin ser remplazados (notamos el proceso por la aparición brutal de huecos en el complejo perfil de la ciudad). Me parecía que el aire se hacía más espeso, el paciente mar más gris, y me pregunté si la Tierra había sido finalmente abandonada, ya sea por las estrellas o, tal vez, por un refugio más aceptable bajo el suelo.

Le comenté esa posibilidad al Morlock.

—Quizá —dijo—. Pero ya han pasado más de un millón de años desde que Hilary Bond y su gente establecieron la colonia original. Hay mayor distancia evolutiva entre tú y los nuevos humanos de esta era, que entre tú y yo. Por lo tanto, todas nuestras suposiciones sobre la forma de vida de esta raza, sus motivos e incluso su composición biológica son sólo eso.

—Sí-dije lentamente—. Aun así…

—¿Sí?

Aun así el Sol todavía brilla. Por tanto la historia de estos nuevos humanos es diferente a la tuya. Aunque está claro que tienen máquinas espaciales como las vuestras, no tienen la intención de cubrir el Sol como hicisteis los Morlocks.

—Evidentemente no. —Levantó la mano pálida al cielo—. De hecho, sus intenciones parecen mucho más ambiciosas.

Me volví para ver lo que me señalaba. Vi nuevamente que la Ciudad Orbital mostraba cambios. Ahora surgían enormes conchas —irregulares, de miles de millas de ancho— alrededor de la brillante ciudad lineal, como bayas en un bastón. A medida que las conchas se terminaban salían despedidas de la Tierra, floreciendo con un fuego que iluminaba el paisaje, y desaparecían.

Desde nuestro punto de vista, el desarrollo de aquellos artefactos, desde la forma embriónica hasta la salida, ocupaba un segundo 0 menos; pero sabía que cada dosis de luz brillante debía bañar la Tierra durante décadas.

Era un espectáculo impresionante, y duró algún tiempo; varios miles de años según mis cálculos.

Las conchas eran, por supuesto, grandes naves en el espacio.

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