Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
—Quizá, pero aun así, ¿qué significa decir que este Constructor de aquí es un individuo? Es decir: si compro un cepillo, y cambio el mango y la cabeza, ¿me queda el mismo cepillo?
El ojo rojo grisáceo del Morlock se volvió hacia la pirámide, y el tubo de metal se hundió en el agujero con un sonido líquido.
—Este Constructor no es una máquina única, como un coche —respondió—. Está compuesta, construida, a partir de millones de submáquinas… miembros, si quieres. Están distribuidas de forma jerárquica, emanando de un tronco central por medio de ramas y capilares, al igual que un arbusto. Los miembros más pequeños, en la periferia, son demasiado diminutos para que puedas verlos: funcionan a un nivel molecular o atómico.
—¿Pero para qué —pregunté— sirven esos miembros de insecto? Uno puede mover átomos y moléculas, pero ¿por qué? Es un asunto tedioso e improductivo.
—Al contrario —dijo cansado—. Si puedes hacer ingeniería al nivel más fundamental de la materia, y si tienes tiempo y paciencia suficientes, puedes hacerlo todo. —Me miró—. Sin la ingeniería molecular de los Constructores, tú y yo ni siquiera hubiésemos sobrevivido a nuestro primer encuentro con la Tierra Blanca.
—¿Qué quieres decir?
—La «cirugía» que han realizado con nosotros —dijo Nebogipfel— fue a nivel celular, al nivel al que se produjeron los daños de la congelación.
Nebogipfel me describió, con detalles horrorosos, cómo por el frío que habíamos encontrado, las paredes de mis células (y las suyas) habían estallado por la congelación y la expansión de su contenido… y ninguna cirugía que yo conociese podría haber salvado nuestras vidas.
En su lugar, los microscópicos miembros exteriores del Constructor se habían separado del cuerpo principal y habían atravesado mi sistema dañado, realizando reparaciones en las células congeladas a nivel molecular. Cuando llegaron al otro lado —hablando crudamente— habían salido de mi cuerpo y se habían reunido con su padre.
Yo había sido reconstruido, de dentro hacia fuera, por medio de un ejército burbujeante de hormigas de metal. Lo mismo que Nebogipfel.
Me recorrió un escalofrío y sentí más frío que en ningún momento desde mi rescate.
Me rasqué el brazo, casi involuntariamente, como si quisiese arrancar aquella infección tecnológica.
—Pero esa invasión es monstruosa —protesté—. La idea de esos pequeños trabajadores atareados, atravesando la sustancia de mi cuerpo…
—Supongo que hubieses preferido el brutal escalpelo romo de un cirujano de tu época.
—Quizá no, pero…
—Te recuerdo que, en contraste, tú no fuiste capaz de arreglar un hueso roto sin dejarme tullido.
—Pero eso es diferente. ¡Yo no soy médico!
—¿Crees que esta criatura lo es? De cualquier forma, si hubieses preferido morir, sin duda podrán arreglarlo.
—Por supuesto que no. —Pero me rasqué la piel, ¡y supe que pasaría mucho tiempo antes de que volviese a sentirme cómodo con mi cuerpo reconstruido! Pensé en algo que me alivió—. Al menos —dije—, esos miembros del Constructor son simplemente mecánicos.
—¿Qué quieres decir?
—Que no están vivos. Si lo estuviesen…
Liberó el rostro del Constructor y me miró con el agujero de su cara lleno de cilios de metal.
—No, te equivocas. Esas estructuras están vivas.
—¿Qué?
—Según cualquier definición razonable de la palabra. Pueden reproducirse. Pueden manipular el mundo exterior, creando condiciones locales de mayor orden. Tienen estados internos que pueden cambiar independientemente de los estímulos externos; tienen recuerdos que pueden consultarse a voluntad… Ésas son todas características de la Vida, y la Mente. Los Constructores están vivos, y son conscientes… tan conscientes como tú o yo. De hecho, más.
Ahora estaba confuso.
—Pero eso es imposible. —Señalé el dispositivo piramidal—. Esto es una máquina. Ha sido fabricada.
—Ya he encontrado antes los límites de tu imaginación —dijo severo—. ¿Por qué habría de construirse un trabajador mecánico con las limitaciones del diseño humano? Con la vida mecánica…
¿Vida?
—… uno es libre de explorar otras morfologías… otras formas.
Levanté una ceja al Constructor.
—¡La morfología de un seto de alheñas, por ejemplo!
—Y además —dijo—, te fabricó a ti. ¿Eso te hace menos vivo?
¡Aquello se estaba convirtiendo en un debate demasiado metafísico para mí! Caminé alrededor del Constructor.
—Pero si está vivo y es consciente… ¿es una persona? ¿O varias personas? ¿Tiene un nombre? ¿Un alma?
Nebogipfel se volvió hacia el Constructor una vez más y dejó que el dispositivo ocular se acurrucase en su cara.
—¿Un alma? Éste es tu descendiente. También lo soy yo, por un camino histórico diferente. ¿Tengo yo un alma? ¿La tienes tú?
Dejó de mirarme, y observó el corazón del Constructor.
4. LA SALA DE BILLAR
Más tarde, Nebogipfel se unió a mí, en la cámara que yo consideraba como la sala de billar. Comió de un plato que contenía comida parecida al queso.
Yo me senté, bastante malhumorado, en el borde de la mesa de billar, moviendo la única bola por la superficie. La bola iba a mostrar un comportamiento anómalo. Yo apuntaba a una de las troneras al otro lado de la mesa; la mayoría de las veces acertaba, y daba la vuelta para recuperarla de la redecilla. Pero en ocasiones, el camino de la bola quedaba alterado. Se producía un temblor en medio de la superficie vacía —la bola se meneaba, de forma extraña y con demasiada rapidez para poder seguirla— y entonces, normalmente, la bola seguía hacia el destino que yo quería. Sin embargo, en ocasiones, la bola se desviaba de forma pronunciada del camino que yo pretendía, ¡y en una ocasión, incluso volvió de la casi invisible perturbación a mi mano!
—Nebogipfel, ¿viste eso? Es de lo más extraño —dije—. No parece haber ninguna obstrucción en medio de la mesa. Aun así, la mitad de las veces algo impide el paso de la bola. —Lo probé un par de veces para que lo viera, y lo contempló con aire distraído.
—Bien, de cualquier forma me alegro de no jugar aquí —dije—. Conozco a un par de amigos que se pegarían por discrepancias como éstas. —Cansado de mis juegos ociosos, dejé la bola quieta en medio de la mesa—. Me pregunto cuáles eran los motivos de los Constructores al colocar esta mesa aquí. Es decir, es el único mueble sustancial, a menos que uno cuente al Constructor de ahí… Me pregunto si se supone que es una mesa de snooker o billar.
A Nebogipfel pareció divertirle mi pregunta.
—¿Hay alguna diferencia?
—¡Por supuesto! A pesar de su popularidad, el snooker es sólo un juego de tiros, un entretenimiento adecuado para los aburridos oficiales del Ejército en la India que lo inventaron, pero carece de la ciencia del billar, desde mi punto de vista…
Y entonces —miraba mientras sucedía— una segunda bola de billar saltó espontáneamente fuera de una de las troneras y comenzó a rodar, recta, hacia la bola quieta en el centro de la mesa.
Me incliné para ver mejor.
—¿Qué demonios pasa aquí? —La bola se movía muy lentamente, y pude distinguir detalles de su superficie. Mi bola ya no era lisa y blanca; después de los diversos experimentos, su superficie estaba llena de arañazos bastante evidentes. Y la nueva bola estaba igualmente marcada.
La recién llegada golpeó la bola estacionaria con un golpe sólido; la nueva bola se detuvo por el impacto y mi bola corrió por la mesa.