Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
—Así que —le dije al Morlock— los hombres viajan fuera de la Tierra en esos grandes yates del espacio. ¿Pero adónde crees que van? ¿A los planetas? ¿A Marte, o Júpiter, o…?
Nebogipfel estaba sentado con la máscara orientada al cielo, y con las manos en las rodillas, y las luces de las naves jugaban con el pelo de su cara.
—No se necesitan energías tan espectaculares como ésas para viajar a distancias tan pequeñas. Con motores como ésos… creo que la ambición de los nuevos humanos es aún mayor. Creo que abandonan el sistema solar, de la misma forma que parece que han abandonado la Tierra.
Miré las naves que partían sorprendido.
—¡Qué impresionantes deben de ser los nuevos humanos! No quiero ser duro con los Morlocks, viejo amigo, ¡pero qué diferencia de ambiciones y energía! Quiero decir, una cosa es una Esfera alrededor del Sol, pero enviar a tus propios hijos a las estrellas…
—Es cierto que nuestras ambiciones se limitaban al control cuidadoso de una sola estrella, y tiene lógica, porque así se obtiene más espacio vital para la especie que por medio de miles, de millones de saltos interestelares.
—Oh, puede que sí —dije—, pero ni de lejos es tan espectacular, ¿no?
Se ajustó la máscara y miró la Tierra destruida.
—Quizá no. Pero el control de recursos finitos, incluso de la Tierra, parece que es una competencia que los nuevos humanos no poseen.
Vi que tenía razón. A medida que la luz de las naves interestelares caía sobre el mar, los restos de Primer Londres se deterioraban todavía más —las ruinas parecían burbujear, como si se licuasen— y el mar se hizo más gris y el aire más irrespirable. El calor era ya intenso, y separé la camisa del pecho, donde se me había pegado.
Nebogipfel se movió en el banco, mirando a su alrededor incómodo.
—Creo… si pasa, será rápido…
—¿El qué?
No contestó. El calor era mucho más severo que el que recordaba de la jungla del Paleoceno. Las ruinas de la ciudad, desperdigadas sobre las colinas de basura marrón, parecían temblar, haciéndose irreales.
¡Y entonces —con un resplandor tan intenso que oscureció el Sol— la ciudad estalló en llamas!
21. INESTABILIDADES
El fuego devorador nos tragó durante una fracción de segundo. Un nuevo calor —insoportable— recorrió el coche del tiempo, y grité. Pero, afortunadamente, el calor se retiró tan pronto como se apagó el incendio de la ciudad.
En aquel instante de fuego, la antigua ciudad desapareció. Primer Londres desapareció de la superficie de la Tierra, y lo que quedó fueron unos pocos salientes de cenizas y ladrillos fundidos; y aquí y allá rastros de cimientos. El suelo desnudo fue pronto colonizado por los atareados procesos de la vida una lenta vegetación cubrió las colinas y las praderas, y árboles enanos se apresuraron a seguir su ciclo en la orilla de mar—, pero el avance de esa nueva ola de vida era lento. Parecía condenada a una existencia atrofiada; porque una niebla perlífera lo cubría todo, oscureciendo el brillo paciente de la Ciudad Orbital.
—Así que Primer Londres ha quedado destruido —dije maravillado—. ¿Crees que hubo una guerra? El fuego debió de haber durado décadas, hasta que no quedó nada más que quemar.
—No fue una guerra —dijo Nebogipfel—. Pero creo que fue una catástrofe provocada por el hombre.
Ahora vi la cosa más extraña. Lo nuevos árboles dispersos morían, pero no se marchitaban siguiendo su ciclo, como los dipterocarpos que había visto antes. Más bien, los árboles se incendiaban —ardían como inmensas cerillas— y todos desaparecieron en un instante. Vi también que una gran quemadura se extendió por la hierba y arbustos, un ennegrecimiento que persistía durante las estaciones, hasta que ya no creció más hierba, y la tierra quedó desnuda y oscura.
Encima, las nubes perlíferas se hacían más gruesas y la bandas del Sol y la Luna quedaron oscurecidas.
—Creo que esas nubes son de cenizas —le dije a Nebogipfel—. Parece que la Tierra arde… Nebogipfel, ¿qué pasa?
—Es como temía —dijo—. Tus amigos derrochadores… esos nuevos humanos…
—¿Sí?
—Con su intromisión y descuido, han destruido el equilibrio vital del clima del planeta.
Temblé, porque hacía frío: era como si el calor se escapase del mundo por un desagüe intangible. Al principio agradecí aquel alivio del calor ardiente; pero aquel frío pronto se hizo insoportable.
—Atravesamos una fase de exceso de oxígeno, de una mayor presión atmosférica-dijo Nebogipfel—. Los edificios, plantas y hierbas, incluso la madera húmeda, arden espontáneamente en tales condiciones. Pero no durará mucho. Es una transición a un nuevo equilibro… Es una inestabilidad:
La temperatura caía en picado —el área adoptó el aspecto de un noviembre frío— y me apreté la camisa más cerca del cuerpo. Tuve la breve impresión de un parpadeo blanco —era la aparición estacional de la nieve y hielo de invierno— y luego el hielo y el permafrost se asentaban sobre la tierra, sin tener en cuenta las estaciones, formando una superficie dura de un blanco grisáceo que parecía permanente.
La Tierra quedó transformada. A1 oeste, al norte y al sur, los contornos de la tierra quedaban ocultos por la capa de hielo y nieve. Al este, el viejo mar del Paleoceno había retrocedido varias millas; podía ver hielo en la playa, y —lejos al norte— un blanco reflejo fijo que indicaba la presencia de icebergs. El aire estaba claro, y una vez más pude ver el Sol y la verde Luna subiendo por el cielo, pero ahora el
aire tenía ese color perlífero que se asocia con lo más profundo del invierno, justo antes de una nevada.
Nebogipfel se había inclinado sobre sí mismo, con las manos bajo los brazos y las piernas dobladas debajo. Cuando le toqué el hombro, la carne estaba helada. Era como si su esencia se hubiese retirado a lo más profundo de su cuerpo. Los pelos de la cara y pecho se habían cerrado sobre sí mismos, como las plumas de un pájaro. Sentí culpa por sus problemas, porque consideraba las heridas de Nebogipfel como mi responsabilidad, ya sea directa o indirectamente.
—Venga, Nebogipfel. Ya hemos pasado antes por periodos glaciares, fueron mucho peores que éste, y sobrevivimos. Atravesamos un milenio cada pocos segundos. Pronto pasaremos esto y volveremos a salir a la luz del Sol.
—No lo entiendes —susurró.
—¿Qué?
—Esto no es simplemente una Época Glacial. ¿No lo entiendes? Esto es cualitativamente diferente… la inestabilidad… —Cerró los ojos de nuevo.
—¿Qué quieres decir? ¿Va a durar mucho más que antes? ¿Cien mil años, medio millón? ¿Cuánto?
Pero no contestó.
Puse los brazos a mi alrededor e intenté mantenerme caliente. Las garras del frío se hundieron más profundamente en la piel de la Tierra, y aumentó el grosor del hielo, siglo tras siglo, como una marea que subiese lentamente. El cielo parecía despejarse —la luz de la banda solar parecía brillante y dura, aunque aparentemente sin calor— y supuse que el daño provocado a la delgada capa de gases vitales se estaba reparando con lentitud, ahora que el hombre ya no era una fuerza sobre la Tierra.
Aquella Ciudad Orbital todavía colgaba, brillante e inaccesible, en el cielo sobre la tierra helada, pero no había rastros de vida en la Tierra, y todavía menos de la humanidad.
¡Después de algunos millones de años de aquello empecé a sospechar la verdad!
—Nebogipfel —dije—. No va a acabar nunca… esta Edad de Hielo, ¿no?
Giró la cabeza y murmuró algo.