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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Creo que me dormí… o me desmayé.

Creí ver al Observador-la gran cabeza ancha— flotando frente a mis ojos, y más allá de su carcasa sin miembros podía ver las elusivas estrellas teñidas de verde. Intenté coger las estrellas, porque me parecían muy brillantes y cálidas; pero no podía moverme —quizá lo soñé todo— y luego el Observador desapareció.

Finalmente, con un bandazo, la potencia de la plattnerita se agotó, y el coche cayó nuevamente en la historia.

El brillo perlífero del cielo desapareció, y la luz pálida del Sol se apagó, como si le hubiesen dado a un interruptor: me encontré en las tinieblas.

Los restos de nuestro calor del Paleoceno se perdieron en el cielo. El hielo me agarró la carne —parecía que me quemaba— y no podía respirar, aunque no sabía si era por el frío o por la contaminación del aire, y sentía una gran presión en el pecho, como si me ahogase.

Sabía que no estaría consciente muchos segundos más. Decidí que al menos, antes de morir, vería aquel 1891 tan diferente de mi propio mundo. Puse los brazos debajo —ya no sentía las manos— y empujé hasta quedar medio sentado.

La Tierra yacía bajo una luz plateada, como la luz de la Luna (o al menos eso pensé al principio). El coche del tiempo estaba, como si fuese un juguete roto, en medio de una planicie de hielo antiguo. Era de noche y no había estrellas —al principio pensé que debía de haber nubes—, pero luego vi, en lo más bajo del horizonte, un trozo de Luna, y no podía entender la ausencia de estrellas; me pregunté si el frío había dañado mis ojos. El mundo hermano todavía era verde y sentí alegría: quizá todavía viviese gente allí. ¡Cuán brillante debía de ser la Tierra helada en el cielo de aquel mundo joven! Cerca del borde de la Luna brillaba una luz: no era una estrella, porque estaba demasiado cerca, quizá fuese el reflejo del Sol en un lago lunar.

Una parte de mi cerebro me obligó a preguntar por el origen de la luz plateada, porque ahora se reflejaba en la escarcha que se acumulaba en la estructura del coche del tiempo. Si la Luna seguía siendo verde, no podía ser la fuente de ese brillo élfico. ¿Qué entonces?

Con mis últimas fuerzas giré la cabeza. Y allí, en el cielo sin estrellas por encima de mi cabeza, había un disco brillante; una gasa titilante, como tejida con telas de araña, de una docena de veces el tamaño de la Luna llena.

Y, tras el coche del tiempo, aguardando pacientemente en la planicie de hielo…

No podía verlo bien; me pregunté si no me estarían fallando los ojos. Era una forma piramidal, de la altura de un hombre, pero las líneas eran difusas, como si estuviesen eternamente en movimiento.

—¿Estás vivo? —quise preguntarle a la terrible visión. Pero mi garganta estaba cerrada, mi voz congelada, y no pude plantear más preguntas.

La oscuridad se cerró a mi alrededor, y el frío retrocedió al fin.

LIBRO CINCO

La Tierra Blanca

1. CONFINAMIENTO

Abrí los ojos, o más bien tuve la sensación de que retiraban mis párpados, o que me los cortaban. Mi vista estaba borrosa, mi visión del mundo refractada; me pregunté si mis globos oculares estaban helados, quizá congelados por completo. Fijé la vista en un punto al azar en el cielo sin estrellas; en la periferia de la visión vi rastros de verde —¿quizá la Luna?—, pero no podía volverme para mirar.

No respiraba. ¡Es fácil decirlo, pero es difícil expresar la ferocidad de ese descubrimiento! Me sentí como si me hubiesen sacado de mi cuerpo; no sentía ninguno de los ruidos mecánicos —el sonido de la respiración y el corazón, el millón de pequeños dolores musculares— que forman, sigilosos, la superficie de nuestras vidas humanas. Era como si todo mi ser, toda mi identidad, se hubiese reducido a aquella mirada fija.

Deberías sentir miedo, pensé; debería haber luchado por respirar, como si me ahogase. Pero no tenía esas necesidades: me sentía adormilado, como en un sueño, como si me hubiesen transformado en un espíritu.

Fue la falta de terror, creo, lo que me convenció de que estaba muerto.

Ahora una forma se movía encima de mí, interponiéndose entre el cielo y la línea de mi mirada. Era más o menos piramidal, sin contornos claros; era como una montaña, todo en sombras, flotando encima de mí.

Por supuesto, reconocí aquella aparición: era la cosa que se había plantado frente a mí cuando yacíamos en el hielo. Ahora la máquina —porque eso pensé que era— se acercó a mí. Se desplazaba con un extraño movimiento fluido; si piensan en la arena de un reloj de arena al caer en un movimiento compuesto de granos al girarlo, tendrán una idea del efecto. Vi, en el límite de la visión, que los bordes difusos de la base de la máquina se movían sobre mi pecho y estómago. Entonces sentí una serie de picaduras —pequeños zarpazos— en el pecho y la barriga.

¡La sensibilidad había vuelto! Y con la rapidez de un disparo de rifle. Sentí unos arañazos débiles contra la piel del pecho, como si cortasen tela y la doblasen. Los pinchazos se hicieron más profundos; era como si pequeños palpos de insecto llegasen hasta el interior de la piel, infestándome. Sentí dolor, un millón de pequeños pinchazos de aguja penetrando en mi interior.

Nada de muerte. ¡Vaya con la incorporeidad! Y al comprender que seguía existiendo, volvió el miedo, instantáneamente, ¡y en un torrente brutal de productos químicos que corrían agitados por mi interior!

Ahora, la imponente sombra de la criatura montaña, desenfocada y ominosa, avanzó aún más por mi cuerpo, hacia la cabeza. ¡Pronto estaría cubierto! Quería gritar, pero no podía sentir ni la boca, ni los labios, ni el cuello.

Nunca, en todos mis viajes, me he sentido tan indefenso como en aquella ocasión. Me sentí abierto, como una rana sobre una mesa de disección.

En aquel momento final, sentí que algo se movía sobre mi mano. Sentía en ella un frío indefinido, un roce de pelos: era la mano de Nebogipfel que sostenía la mía. Me pregunté si estaba tendido a mi lado, mientras se realizaba aquella horrorosa vivisección. Traté de cerrar los dedos, pero no podía mover ni un músculo.

La sombra piramidal me llegó a la cara, y el amigable trozo de cielo quedó oscurecido. Sentí agujas que se me clavaban en el cuello, mejillas, barbilla y frente. Sentí un pinchazo —un picor insoportable— en la superficie de los ojos. Deseé desviar la mirada, cerrar los ojos; pero no podía: ¡era la tortura más exquisita que puedo imaginar!

Entonces, con aquel fuego intenso que penetraba incluso en mis globos oculares, mi último eslabón de conciencia se rompió.

Cuando desperté, el retorno no tuvo ninguno de los atributos de pesadilla de la primera vez. Desperté al mundo a través de una capa de sueños bañados por el soclass="underline" navegaba por visiones fragmentarias de arena, bosques y océanos; gusté una vez más bivalvos salados y duros; y yací con Hilary Bond en el calor y la oscuridad.

Así, lentamente, me llegó el despertar.

Yacía sobre una superficie dura. Mi espalda, que respondía con una punzada cuando intentaba moverme, era muy real; como lo eran las piernas abiertas, los brazos y los dedos, el ruido mecánico del aire por los agujeros de la nariz y el pulso de la sangre en las venas. Yacía en la oscuridad —completa y absoluta—, pero aquel hecho, que antes me hubiese aterrorizado, ahora me parecía accesorio, porque de nuevo estaba vivo, rodeado por el murmullo mecánico de mi cuerpo. ¡Sentí alivio, puro e intenso, y dejé escapar un grito de alegría!

Me senté. Cuando puse las manos en el suelo encontré allí partículas gruesas, como si una capa de arena cubriese una superficie más dura. Aunque sólo llevaba la camisa, los pantalones y las botas sentía calor. Seguía en la más completa oscuridad; pero los ecos de aquel grito tonto regresaron a mis oídos y tuve la sensación de estar en un lugar cerrado.

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