Las naves del tiempo [The Time Ships - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6788-4
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:
—Los Constructores se las han arreglado para reparar la mayoría de mis heridas. Francamente, ahora estoy tan bien como cuando subí por primera vez a tu Máquina del Tiempo.
—Todo menos el ojo —dije con pena, porque me refería al ojo que había destrozado con mi miedo y furia—. Supongo que esos Constructores tuyos no pudieron salvarlo.
—¿Mi ojo? —Parecía sorprendido. Separó su cara del aparato acular; el tubo se separó del rostro con un ruido suave y orgánico, y se metió en el interior metálico de la pirámide—. En absoluto —dijo—. Elegí que me lo reconstruyesen de esta forma. Tiene ciertas ventajas, aunque admito que tuve dificultades para explicar mis deseos a los Constructores…
Se volvió hacia mí. La cuenca era un agujero vacío. Los restos del ojo habían sido extraídos, y parecía como si hubiesen abierto el hueso y profundizado el hueco. En la cuenca brillaba un metal húmedo y tembloroso.
3. EL CONSTRUCTOR UNIVERSAL
En contraste con mi celda espartana, a Nebogipfel le habían dado una verdadera suite. Había cuatro habitaciones, cada una tan grande como la mía y de forma aproximadamente cónica, con ventanas y puertas, que nuestros anfitriones no habían considerado necesario ponerme a mí: ¡estaba claro que tenían en mejor consideración su intelecto que el mío!
Destacaba la misma falta de mobiliario que yo había padecido, aunque los Morlocks tienen necesidades más simples, y no era una incongruencia tan grande para Nebogipfel. Sin embargo, en una habitación encontré un objeto estrafalario: un artefacto en forma de mesa de unos doce pies de largo y seis de ancho, todo bordeado de una sustancia verde brillante. La mesa era aproximadamente rectangular, aunque los bordes tenían forma irregular; una única bola —blanca, de algún material denso— estaba en la superficie. Cuando la empujé, la bola rodó bien, aunque sin tapete se movía libre y caramboleó en los bordes con satisfactoria solidez.
Intenté descubrir algún sentido profundo en aquel artefacto; ¡pero por muchas vueltas que le daba —y como habrán deducido por mi descripción— no era más que una mesa de billar! Al principio especulé con que se tratase de otro eco distorsionado de una habitación de hotel del siglo diecinueve, pero si así era se trataba de una elección muy extraña, y al no tener tacos y con una sola bola era poco probable que se tratase de un desafío deportivo.
Confundido, dejé la mesa y probé las puertas y las ventanas. Las puertas funcionaban con pomos, para agarrarlos y girarlos, pero llevaban a otras habitaciones de la misma suite o a mi cámara original; no había salida al mundo exterior. Descubrí, sin embargo, que los paneles que cubrían las ventanas transparentes podían levantarse, y por primera vez pude inspeccionar aquel nuevo 1891, aquella Tierra Blanca.
¡Me encontraba a unos mil pies del suelo! Parecía que estábamos en lo más alto de una inmensa torre cilíndrica, cuyo perfil veía descender por debajo de mí. Todo lo que vi reafirmó mi primera impresión, justo antes de que el frío me derrotase, cuando di mi último vistazo desde el coche del tiempo: se trataba de un mundo eternamente hundido en el hielo. El cielo era de color bronce de cañón, y la tierra cubierta por el hielo era de un blanco grisáceo como el de los huesos descubiertos, sin rastro de los atractivos tonos azules qué a veces se aprecian en los campos nevados. Al mirar, pude ver cuán terriblemente estable era realmente aquel mundo, exactamente como lo había descrito Nebogipfeclass="underline" la luz del día se reflejaba feroz sobre el manto de hielo agrietado que cubría la tierra, y la blancura que cubría el mundo devolvía el calor del Sol al espacio. La pobre Tierra estaba muerta, atrapada en lo más profundo de aquel pozo de hielo, una estabilidad climática absoluta, eterna, la estabilidad definitiva de la muerte.
Vi Constructores aquí y allá —con la misma forma que el que teníamos en la habitación de Nebogipfel— sobre el paisaje helado. Cada Constructor estaba siempre solo, simplemente allí como un monumento deforme, una mancha de gris acero frente al blanco óseo del hielo. ¡Nunca los vi moverse!
Era como si se limitasen a aparecer en el lugar donde estaban, formándose, quizá, del aire (después descubrí que esa evaluación preliminar no estaba lejos de la verdad).
La Tierra estaba muerta, pero había signos de inteligencia. Más edificios grandes —como el nuestro— moteaban el paisaje. Tenían formas geométricas simples: cilindros, conos y cubos. Desde mi punto de vista privilegiado podía ver el sur y el oeste, y desde mi atalaya podía contemplar los grandes edificios esparcidos hasta Battersea, Fulham, Mitcham y más allá. Por lo que podía ver, estaban espaciados de media a una milla de distancia; y todo el conjunto —los campos de hielo, los Constructores mudos, los edificios anónimos y dispersos se conjuraba para crear un Londres terrible e inhumano.
Volví con Nebogipfel, que todavía estaba de pie frente al Constructor. El pellejo metálico del objeto se arrugaba y brillaba, como si fuese la superficie de un estanque lleno de peces metálicos que nadaban bajo su superficie, y luego una protuberancia —un tubo de unas pocas pulgadas de ancho— salió de la piel, brillando con la misma textura metálica que la pirámide, y se acercó al ojo de Nebogipfel.
Lo reconocí, por supuesto; era el regreso del dispositivo ocular que había visto antes. En un momento se encajaría en el cráneo de Nebogipfel.
Caminé alrededor del Constructor. Como ya he dicho, era en apariencia un montón de escoria fundida; en cierta forma estaba animado y era móvil, porque lo había visto, o a otro similar, arrastrarse sobre mi propio cuerpo.
Pero no podía imaginar su utilidad. Al examinarlo más de cerca, vi que su superficie estaba cubierta de pelos metálicos: cilios, como limaduras de hierro, que se contoneaban en el aire, activos e inteligentes. Y tuve la sensación exasperante y dolorosa de que había más niveles de detalle que escapaban a mi vista avejentada. La textura de la superficie móvil era simultáneamente fascinante y repulsiva: mecánica, pero con algo parecido a la vida. No me tentaba tocarlo —no podía soportar la idea de que aquellos cilios retorcidos tocasen mi piel— y no tenía instrumentos para investigar. Sin medios para realizar un examen más profundo, no podía acometer un estudio de la estructura interna de la pirámide.
Noté cierto grado de actividad en el borde inferior de la pirámide. Al agacharme, vi que pequeñas comunidades de cilios metálicos —del tamaño de hormigas, o más pequeños— dejaban continuamente el Constructor.
Por lo general, los trozos caídos parecía que se disolvían al tocar el suelo; sin duda, se dividían en componentes demasiado pequeños para verlos; pero en ocasiones observé que los trozos del Constructor se alejaban más y más por el suelo, nuevamente como hormigas, hacia un destino desconocido. De forma similar, grupos de cilios surgían del suelo, trepaban por las faldas del Constructor y se unían a su sustancia, ¡como si siempre hubiesen sido parte de él!
Le comenté todo eso a Nebogipfel.
—Es sorprendente —dije—, pero no es difícil imaginar lo que pasa. Los componentes del Constructor se unen y se separan por sí mismos. Corren por el suelo, e incluso, por lo que sé o puedo ver, vuelan por el aire. Los trozos sueltos deben de morir, de alguna forma, si son defectuosos, o unirse al cuerpo brillante de otro desafortunado Constructor.
»Maldita sea —dije—, el planeta debe de estar cubierto por una capa delgada de esos cilios sueltos, ¡retorciéndose aquí y allá! Y, pasado un tiempo, quizás un siglo, no debe quedar nada del cuerpo original de la bestia que aquí vemos. ¡Todos sus fragmentos, sus análogos de pelo y dientes y ojos, se habrán ido a visitar a los vecinos!
—No es un diseño exclusivo —dijo Nebogipfel—. En tu cuerpo, y en el mío, las células mueren y son remplazadas continuamente.