El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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– Oh, eso -dijo ella con repentina exasperación-. No creerías lo que ocurrió aquí.
Describió una escena entre Dixon y Rory, el chófer. Silvia dormía para descansar del viaje en avión cuando la discusión la despertó. El chófer, con marcado acento alemán, había advertido a Dixon que estaba sin aliento y que le dejaría la faena a él. Silvia se sentó en la cama y habló a los dos hombres, quienes la ignoraron. Dixon ardía de rabia y lanzaba insultos contra Stern. Había ido al aeropuerto para alquilar un avión privado.
– Sender, ¿qué ocurre entre vosotros dos?
A Stern le resultaba fácil eludir a Silvia y lo hizo una vez más. Una desavenencia de negocios, respondió. Añadió que sería conveniente que no mencionara a Dixon que había llamado. Su hermana colgó, turbaba y confundida, atrapada entre el polo norte y el sur: los dos hombres que dominaban su vida. Después de la llamada, Stern se arrepintió una vez más de haber actuado impulsivamente. Por lo pronto, admitía que su conversación con la hermana tal vez no estuviera amparada por la inmunidad. Pensó en lo poco que valoraba la ley el afecto familiar. En el peor de los casos, Stern se enfrentaría a opciones desagradables cuando compareciera ante el gran jurado: implicar a Dixon y exponer una confidencia de Silvia, o faltar al juramento.
Qué juicio tendría Dixon, pensó Stern de pronto. Primero, el marido de su hija incriminaría a Dixon, luego el gobierno llamaría a Stern. Bajo el mandato de una orden judicial, describiría el intento de Dixon de llevarse la caja de seguridad, desaparecida poco después. Para asestar el golpe de gracia, tal vez los fiscales encontrarían una excepción al secreto marital para obligar a Silvia a declarar acerca de la caja. Stan Sennett disfrutaría con ello. Toda la familia Stern contra Dixon Hartnell. Stern se estremeció. Declarar contra un cliente, cualquier cliente, aun el canalla de Dixon, sería como atentar contra el credo de toda una vida.
Stern había crecido en los tribunales estatales. En los oscuros pasillos alumbrados por lámparas toscas, forrados de madera tallada con cientos de iniciales de adolescentes, con politicastros patéticamente ávidos de prebendas, se sentía a sus anchas. Era un escenario de personajes regios: Zeb Mayal, el encargado de fianzas que a fines de los años sesenta aún se sentaba a un escritorio impartiendo órdenes a todos los presentes, incluidos muchos de los jueces; Wally McTavish, quien interrogaba a los acusados en casos de pena de muerte acercándose sigilosamente a ellos y susurrando: Bzzz; y desde luego los malhechores, los ladrones: Louie de Vivo, por ejemplo, que colocó una bomba de relojería en su propio coche en un intento de distraer al juez que lo sentenciaba. Oh Dios, los amaba, los amaba. Un hombre apocado, hombre de poco valor cuando se trataba de su propia conducta, Stern profesaba una admiración estética por la picardía canallesca, la egoísta astucia de muchas de esas personas que suscitaban interés en la perversa creatividad de la mala conducta humana.
Los tribunales federales que ahora constituían su hogar eran lugares más solemnes. Éste era el foro preferido por los abogados salidos de universidades prestigiosas y con clientes eminentes; sin duda era un sitio más adecuado para impartir la ley. Los jueces tenían tiempo y ganas de examinar los informes. Aquí, al contrario de los tribunales estatales, no era frecuente que los abogados se enzarzaran a puñetazos en los pasillos. Los escribientes y ujieres eran cordiales e incorruptibles, en abierto contraste con sus colegas de los tribunales de condado. Pero Stern no podía evitar la sensación de que era un intruso. Había ganado su lugar destacado mirando por encima del hombro, eludiendo los cuestionables tratos de los pasillos, demostrando que la habilidad y la astucia podían prevalecer incluso en esas luchas implacables, pero aún sentía que pertenecía al lugar donde estaban los abogados que él consideraba auténticos: el tribunal del condado, con sus pasillos mugrientos y sus patéticas columnas rococó.
Stern tuvo esos pensamientos acerca de la huida por otra frontera más mientras esperaba el comienzo de la sesión vespertina en la sala de la juez Moira Winchell. Remo Cavarelli, cabizbajo y silencioso, estaba sentado junto a Stern mordiéndose el bigote y el labio. A pesar de la agitación de Remo, el aire soñoliento de la tarde impregnaba la sala. La juez Winchell, como sus colegas, se tomaba una hora y media para almorzar, tiempo suficiente para beber vino en la comida, echar un polvo rápido o correr por el parque. De pronto una puerta se abrió y la juez Winchell salió de su cámara y ocupó su puesto, mientras Stern, Appleton, Remo y algunos espectadores se ponían en pie.
Wilbur, el cariacontecido ujier, anunció el caso de Remo. A pesar de que Stern había insistido en que nada ocurriría hoy, advertía que Remo estaba temblando. Wilbur ya sabía que habría una moción de postergación y no se había convocado a ningún jurado.
– El acusado está preparado para el juicio -dijo Stern en cuanto llegó al podio, para dejar constancia oficial de ello.
Sabía que Appleton no lo estaba. Estaba trabajando en un caso de arresto por cocaína con el juez Horka y necesitaría otra semana para abordar este caso. Con un ayudante menos afable que Moses, Stern habría protestado -a fin de cuentas, había otros cincuenta fiscales que podían ocuparse del asunto-, pero escuchó en silencio la solicitud de Appleton, añadiendo meramente «Protesto» ante la conclusión de la exposición de Moses, una observación que la juez Winchell ignoró con estudiada indiferencia.
– ¿Qué les parece el jueves próximo? -preguntó la juez-. Tengo un gran jurado que puede requerir cierta atención, pero nada más. -La juez hizo una anotación en su libreta y miró a Stern-. Señor Stern -continuó con practicada discreción-, recuerdo que usted tiene algo que ver con el asunto. ¿Las partes han encontrado una solución?
– Todavía no, señoría.
– Oh, lo siento.
Los afectados modales no ocultaban lo previsible: Moira estaba disgustada.
Klonsky había llamado a Stern esa mañana.
– No tengo el número de su hija en Nueva York. Me pareció conveniente que ella y yo habláramos. El gran jurado nos espera el jueves próximo.
Era viernes.
La voz de Sonny todavía despertaba sentimientos intensos. Quiso preguntarle cómo andaban las cosas con el marido, cómo se encontraba. Dictó el número de Marta.
– ¿El gobierno ha recapacitado?
– Buscaremos una solución de compromiso -afirmó Sonny-. Si usted entrega la caja y una declaración jurada que establezca que está en las mismas condiciones que cuando la recibió, no tendrá que comparecer ante el gran jurado.
– Entiendo.
El gobierno, como de costumbre, obtendría todo lo que deseaba, pero esa actitud moderada complacería a la juez.
– Creo que es justo, Sandy -comentó Sonny-. En serio. El hecho de tener la caja no está amparado por ninguna inmunidad. Sólo queremos la caja y saber que contiene todo lo que contenía. Tendríamos derecho a conseguirla si él la hubiera dejado en MD, donde debía estar. No podemos permitir que alguien eluda una citación duces tecum enviando lo que solicitamos a su abogado.
Aunque hubiera tenido la caja, Stern no habría estado de acuerdo, pero no venía al caso discutir. Le causaba tristeza hablar con Sonny. La situación era imposible en todos sus aspectos.
Stern llamó a Marta para comunicarle esa noticia y a sugerencia de ella preparó una moción para renunciar como abogado de Dixon. Era una declaración simple donde manifestaba que existían diferencias inconciliables entre abogado y cliente. Se la envió a Dixon por mensajero antes de salir para ver a Remo, junto con una nota diciendo que presentaría la moción el martes siguiente, a menos que dicha diferencia se resolviera de inmediato. La moción no se requería ante un gran jurado, pero Dixon no se daría cuenta de eso, y Marta creía que sería un preludio apropiado con la juez Winchell.