El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Lo mató… no entiendo, ¿por qué?
– Por haber desobedecido a Kuklinski. Se lo estoy diciendo, es un verdadero asesino, es el demonio -dijo ella. Kane advirtió que le temlaban las manos al hablar. No sabía si aquella mujer le estaba diciendo la verdad o no, pero estaba claro que creía que lo que decía era la verdad. Saltaba a la vista que estaba «tiesa de miedo», como explicaría Kane más tarde.
Era aquel miedo lo que había impulsado a Barbara a huir de su casa para alojarse con su hermana, por lo que la Policía había acabado por fijarse en ella. Cuando la hermana de Barbara se había enterado de la causa de su miedo, le había exigido que se marchara, temiendo que también la mataran a ella. Discutieron. Un vecino había avisado a la Policía. Barbara había contado el caso a los policías, y estos la habían llevado a la comisaría para tomarle declaración.
– Así pues, Kuklinski se enteró -siguió contando Barbara-. Aquella noche fue a la habitación. Llevaba tres hamburguesas; dos con pepinillos y una sin ellos. Gary se comió esta última. Al cabo de unos minutos se atragantó, se puso azul y cayó al suelo.
– ¿Esto se lo contó a usted Danny? -preguntó Kane, incrédulo.
– Sí. Kuklinski había envenenado la hamburguesa, ¿entiende? Es lo que le digo. Es un asesino. Un asesino profesional… ¿me entiende?
– Sí-dijo Kane, aunque le estaba costando trabajo asimilar todo aquello. ¿Por qué iba a cometer alguien un asesinato por una serie de robos en casas? ¿A qué venía todo aquello? ¿Cómo podía ser?
– Pero Gary no había muerto, y Kuklinski obligó a Danny a que estrangulara a Gary hasta matarlo con un cable, con un cable de una lámpara de la habitación. El me lo contó, Danny me lo contó.
– ¿En qué hotel?
– El motel York, a la entrada del túnel Lincoln. Habitación 31 -dijo ella con seguridad-. Así que, Danny lo hizo, hizo lo que le decía Kuklinski; estranguló a Gary con el cable.
– ¿De verdad? -dijo Kane, empezando a creerla, percibiendo que aquella mujer decía la verdad, pero desconfiando todavía.
– Sí, de verdad -dijo ella.
Aquello era difícil de tragar. Kane se preguntó por qué aquel tal Kuklinski iba a matar a Gary Smith, por qué se iba a arriesgar a que lo condenaran por asesinato, por un simple asunto de robos en casas. Aquello no tenía sentido. Por otra parte, le bastaba con ver a Barbara, con ver sus manos temblorosas, su cara de preocupación, para saber que estaba diciendo la verdad.
– ¿Dónde… dónde está ahora Gary Smith? -le preguntó.
– Lo dejaron allí, en la habitación 31, debajo de la cama, nada menos. Allí lo encontró la Policía. Compruébelo usted, si no me cree -dijo ella-. Vamos, compruébelo.
Kane le tomó la palabra inmediatamente. Agarró el teléfono y llamó a la Policía de North Bergen.
Cuando detuvieron a Percy House y se emitieron órdenes de detención contra Danny y Gary, Richard comprendió que debía tomar medidas rápidas y decisivas. Ya se arrepentía de haber tenido tratos con Percy House y con aquella cuadrilla abigarrada, pero House era cuñado de Phil Solimene, Phil lo había avalado de todas las maneras posibles, y Richard había ido relacionándose más y más con ellos poco a poco, a lo largo de varios años… y, ahora, todo se le venía encima.
Al principio, Richard había intentado ayudar a Gary y a Danny, ocultarlos de la Policía. Era cierto que los había metido en el Hotel York, que les había dado dinero para que se quedaran allí, que les había advertido con firmes amenazas que no salieran de allí. Pero Gary había salido para ver a su hija de cinco años. Richard sabía que la Policía lo podía haber detectado y detenido; de manera que Gary tenía que desaparecer. Por lo que a Richard respectaba, Gary se había matado a sí mismo al desobedecerle. Richard fue a una casa de comidas próxima al hotel, compró tres hamburguesas, echó cianuro en la de Gary, fue al hotel, muy amable y amistoso, repartió las hamburguesas y se sentó a comer con Danny y con Gary como si fuera un buen amigo, cuando en realidad era la parca. Richard se había convertido en un gran actor. Si se ponía a ello, engañaba al más pintado. Gary sufrió casi inmediatamente los efectos del veneno; cayó al suelo con espasmos, se puso azul, pero no murió, y Richard obligó a Danny a que lo estrangulara para que Danny fuera partícipe del asesinato, cómplice activo, y así no pudiera decir nada de aquello.
Después, cuando aquello estuvo hecho, Richard cometió otro error como el que había cometido con George Malliband: no se deshizo del cadáver de Gary de forma definitiva. Cometió la tontería de obligar a Danny a esconderlo bajo el somier de la cama. Aunque limpió cuidadosamente todas las huellas dactilares de la habitación, dejaron allí a Gary, muerto, morado como una violeta mustia. Hace poco, a la pregunta de por qué no se deshizo del cadáver de Gary, respondió: En el motel había un tipo de seguridad y había gente por allí. Pero podría haberlo metido en un baúl y haberlo sacado de la habitación, en vez de dejarlo allí, sin más, para que lo encontraran.
La habitación había estado ocupada por otros huéspedes en doce ocasiones; varias parejas habrían hecho el amor con alegría en la cama con Gary debajo, pudriéndose, hasta que al fin, por el hedor que salía de la cama se descubrió el cadáver y se avisó a la Policía. Por otra parte, si no lo hubieran escondido bajo la cama, la muerte podría haberse achacado a un ataque al corazón.
Mientras tanto, Richard metió a Danny en el apartamento de Richie Peterson, mientras Kuklinski alojaba a Richie en la habitación de huéspedes de su propia casa. Al principio no quería matar a Danny, pero no tardó en cambiar de opinión.
El detective Pat Kane descubrió enseguida que, en efecto, se había encontrado un cadáver en la habitación 31 de aquel hotel. Aquello no demostraba que lo que decía Barbara fuera verdad, pero desde luego que apuntaba en ese sentido. Pidió a los policías de North Bergen que volvieran a la habitación y comprobaran si faltaba el cable de una lámpara. Llamaron a Kane al cabo de media hora. Faltaba el cable de la lámpara.
Seguro ya de que Barbara Deppner había contado la verdad, de que conocía lo que había detrás de los hechos, Kane se encontraba ante un homicidio diabólico… y la posibilidad de otro. Si aquel tal Richard Kuklinski había matado a Gary solo porque este había ido a ver a su hija, no cabía duda de que mataría a Danny Deppner y a quien hiciera falta. Lo primero que hizo Kane fue encontrar un lugar seguro para Barbara y sus ocho hijos. Después, centró sus energías en localizar a Danny Deppner, en llegar al fondo de lo sucedido y en encontrar a aquel Richard Kuklinski. Kane no podía quitarse de la cabeza la manera en que Barbara repetía que Kuklinski era el demonio, lo aterrorizada que estaba. Según contaría más tarde, aquello era «desconcertante».
Kane dedicó entonces su atención a encontrar a Richard Kuklinski. No tardó mucho. Se enteró enseguida de que Kuklinski, de hecho, vivía cerca de él, en el segundo pueblo, y de que estaba casado y tenía tres hijos. También se enteró de que era distribuidor de películas de cine. Kane llamó a la Policía de Dumont, habló con un detective y se enteró de que Kuklinski, al parecer, tenía muy mal genio. En dos ocasiones había roto las ventanillas de los coches de otros conductores que le habían molestado de alguna manera. Una vez había roto de un puñetazo el parabrisas de un coche lleno de adolescentes, y en un segundo incidente, una mujer le había reñido en un semáforo, y él se había bajado de su coche y había roto de un puñetazo la ventanilla del pasajero. Kane sabía que romper de un puñetazo la ventanilla o el parabrisas de un coche no era tarea fácil, pero aquel tipo, Kuklinski, lo había hecho en dos ocasiones. Se enteró de que medía un metro noventa y seis, pesaba ciento treinta kilos, y estaba dotado, evidentemente, de una gran fuerza física.