El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
En la calle, cuando se dirigían al coche de Policía camuflado de Kane, el roedor dijo:
– Voy a ayudarle a usted y a todos, ¿sabe?, voy a enseñarle todos los golpes; pero si ellos se enteran de lo que estoy haciendo aquí, soy hombre muerto. Son mala gente, ¿me entiende usted?
– Sí, entendido -dijo Kane, pensando que aquel tipo se estaba poniendo melodramático, sin duda. Poco se figuraba Kane lo peligrosa que era aquella banda en realidad. El propio Kane acabaría estando en su punto de mira, lo seguirían, lo acecharían y planearían el modo de matarlo.
Kane siguió las indicaciones del informador, y fueron recorriendo poco a poco tres condados rurales del norte de Nueva Jersey, recorriendo en un sentido y en otro carreteras secundarias llenas de baches, levantando polvo, botando en los baches, mientras el informador iba señalando las casas donde había robado la banda. Kane anotaba las direcciones. Algunas casas estaban tan apartadas que ni siquiera tenían dirección. Tendría que comprobar una por una con el mapa de Leck para ver si en las casas indicadas se habían cometido robos, en efecto. Parecía que el informador conocía, en efecto, el interior de aquellas casas, que incluso sabía lo que se había robado en cada una.
El informador señaló cuarenta y tres casas a lo largo de dos días. Al joven detective se le presentaba una tarea monumental. Ahora, trabajando en solitario, tendría que verificar todos aquellos robos para contrastarlos con lo que había dicho el informador. Por otra parte, el informador dijo también los nombres de sus cómplices: Danny Deppner, Gary Smith, Percy House, y el jefe de la banda, un tipo al que conocían únicamente por el nombre de Richard, el Grandullón.
Kane se preguntó quién sería aquel Richard, el Grandullón.
Kane se puso manos a la obra y empezó a investigar cuidadosamente cada uno de los robos. Acabó por tardar varios meses en verificar todos aquellos robos, para presentar sus conclusiones a un fiscal de Nueva Jersey, quien, a su vez, presentó el caso a un gran jurado. En octubre del 1982, el detective Kane había conseguido preparar, él solo, una orden de detención por 153 delitos contra los miembros de la banda. Consiguió encontrar y detener a Percy House, pero los demás no estaban localizables. Era como si se hubieran desvanecido en el aire. Decidido a localizar al resto de la banda, Kane los buscó por todas partes. Vigiló los apartamentos de Cary Smith y de Danny Deppner. Nada. Llegaron las fiestas de Navidad. Terry Kane quería que Pat volviera a casa con su familia, con sus dos hijos. Sabía que aquel caso nuevo tenía obsesionado a su marido, y aquello no le gustaba. El le aseguró que pasaría las fiestas en casa: el teniente Leck le había prometido que le daría tiempo libre. Pero las cosas no salieron así. Pat pasó la Nochebuena y la Navidad de guardia, vigilando, buscando a Deppner y a Smith. Sí, habían metido en la cárcel al capataz de la banda, Percy House; pero este se negaba a soltar una palabra sobre nada en absoluto. Ni siquiera quería dar su nombre. Odiaba a los policías y no le daba reparo manifestar sus sentimientos al respecto.
Kane, preguntándose dónde diablos se habrían metido Deppner y Smith, siguió buscándolos, pues tenía la sensación de que detrás de aquello había algo más grande. Una de las grandes preguntas que le salían al paso era dónde habían ido a parar todos los artículos robados: televisores, vídeos, contestadores de teléfono, joyas de todas clases, armas de fuego, coches y equipos de alta fidelidad. Cuando Kane interrogaba al informador sobre este punto, este le decía que lo único que sabía era que Richard el Grandullón se ocupaba de aquel asunto, que Richard el Grandullón se pasaba a veces por una tienda de Paterson a la que llamaban «la tienda».
– ¿Qué tienda? ¿Cómo se llama? -preguntó Kane.
– No lo sé -dijo el informador de cara de roedor-. «La tienda», nada más.
En los meses en que Pat Kane intentaba descubrir cómo funcionaba aquella banda de ladrones de casas, Richard estaba especialmente ocupado matando a gente. Solo en aquellos meses llevó a cabo quince encargos de asesinato, todos ellos ejecuciones aprobadas por la Mafia. Richard se llevaba a todas las víctimas a su garaje-almacén de North Bergen. Era un barrio completamente desierto de noche, ideal para las necesidades de Richard, y este mató a los quince hombres a golpes. Podría haberlos matado de un tiro o haberlos degollado, pero prefería matarlos con sus manos, golpearlos con una palanca, con un destornillador largo, con martillos y con cañerías. También utilizaba el destornillador, muy grueso y de cuarenta centímetros de largo, para clavárselo a sus víctimas y destrozarles la espina dorsal, dejándolas paralizadas pero vivas, y las seguía pegando cuando no podían moverse.
Estaba rabioso, explicó hace poco. Los mataba a golpes y disfrutaba con ello. Así era más… más personal, ¿sabe?, más íntimo, y a mí… a mí me venía bien aquel ejercicio. También lo hacía, quiero decir, lo de matarlos a golpes, para descargar mis frustraciones, mi ira… mi odio hacia el mundo; supongo que se podría llamar así.
Richard amordazaba a la mayoría de sus víctimas con cinta adhesiva para que no pudieran gritar mientras él les pegaba, las apaleaba y destrozaba sus cuerpos. Había comprado un camión de bidones de doscientos litros, y tenía los bidones guardados en el garaje. Había espacio para tres coches. También había un grifo con manguera, y Richard la usaba para lavarla sangre del suelo, aunque había manchas de sangre también por las paredes, incluso en el techo.
Richard se deshizo de aquellas quince víctimas de dos maneras. Inspirado por DeMeo, desangraba los cadáveres hasta dejarlos secos, y después los descuartizaba, amputando los brazos y las piernas por las articulaciones para no tener que serrar los huesos. Así es más fácil. A algunas de las víctimas las metía en bolsas de plástico negras, que iba dejando en diversos contenedores que encontraba. Pero a la mayoría las metía, cortadas en varios pedazos, en los bidones de doscientos litros. Después, abría en los bidones agujeros del tamaño de un palmo, y los cerraba bien soldando la tapa. Había aprendido a hacerlo porque a george Malliband lo habían encontrado detrás de aquella fábrica de Jersey City porque había saltado la tapa del bidón. Aquello no volvería a suceder. Después, Richard metía el bidón en su furgoneta, atravesaba el tunel Lincoln y volvía a su antiguo cazadero, el West Side de Manhattan. Alli había kilómetros enteros de muelles destartalados donde podía llevar la furgoneta marcha atrás hasta el borde mismo del agua, abrir la puerta trasera y arrojar el bidón al río Hudson. Los bidones se hundían enseguida gracias a los agujeros que les había hecho, y al poco tiempo, los cangrejos, unos carroñeros muy eficientes, empezaban a darse un banquete con la carne de los cuerpos que estaban dentro de los bidones. Podían entrar y salir con facilidad, y terminaban por no dejar ni una brizma de carne. Richard sabía que como los bidones eran metálicos, el agua salada los corroía en poco tiempo, y las corrientes del río se llevaban los huesos. Esta idea se le había ocurrido a Richard viendo a la gente que pescaba cangrejos a orillas del río, y por una película de piratas en la que echaban a alguien a los cangrejos. Richard había desarrollado así un nuevo sistema singular para deshacerse de los cadáveres. Explicó que si iba al West Side de Manhattan era porque allí había mucho tráfico, muchas furgonetas y camiones, y sabía que allí no llamaría la atención. Los muelles y los embarcaderos de Jersey City y de Hoboken estaba desiertos de noche, pero allí era más probable que le diera el alto algún policía curioso. En el West Side se fusionaba con el bullicio constante de la ciudad.