El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
La cosa siguió así durante meses. Masgay empezaba a fastidiar a Richard, que procuraba darle esquinazo. Pero Masgay seguía apareciendo por la tienda de Solimene, pidiendo un buen cargamento de cintas vírgenes, diciendo que tenía «dinero al contado».
Por fin, el primer día de julio de 1981, Masgay se pasó por la tienda de Solimene a última hora. Solimene le dijo que acababa de llegar un nuevo cargamento de cintas robadas. Masgay se alegró mucho. Solimene le preguntó si tenía el dinero al contado. Louis Masgay, que se fiaba de Solimene, le dijo que sí, que el dinero estaba escondido dentro de la puerta de su furgoneta. Solimene, al oír esto, tomó el teléfono y llamó a Richard (era de las pocas personas que tenían el número de teléfono de casa de Richard) y le dijo lo que había. Richard dijo que llegaría allí dentro de una hora. Masgay se alegró.
Richard entró en la tienda al cabo de una hora. Llevaba en el bolsillo una pistola del 22 con silenciador. La tienda ya estaba cerrada.
– ¿Dónde está? -preguntó Richard.
– En el baño -dijo Solimene.
Richard se dirigió tranquilamente al baño, sacando por el camino la pistola del 22. Sin decir palabra, abrió bruscamente la puerta del baño. Masgay, sorprendido, estaba sentado en el retrete. Richard levantó la pistola y le pegó un tiro en la frente, por encima del ojo izquierdo, y un segundo tiro en plena frente, que lo dejó muerto al instante.
– Espero que no te moleste que lo haya hecho aquí mismo -dijo Richard.
– Aunque me molestara, ya no tendría remedio -dijo Solimene. Richard confiaba en Phil Solimene. Habían hecho juntos muchas cosas ilegales a lo largo de los años sin que hubiera habido problemas nunca. Richard tenía a Solimene por amigo; era, quizá, el único amigo que había tenido en su vida.
Metieron a Louis Masgay en una bolsa grande de plástico negro, fueron a la furgoneta de Masgay, desmontaron por dentro la puerta y encontraron allí un bonito fajo de billetes sujetos con dos gomas elásticas. Contaron el dinero en la tienda; había noventa mil dólares. Richard y Solimene se repartieron el dinero a partes iguales. Richard metió a Masgay en su furgoneta y se llevó el cadáver al almacén que tenía en North Bergen. Al fondo del local había un hoyo, un antiguo pozo del que brotaba un manantial de agua fría como el hielo.
Entre Robert Pronge y Richard habían congelado una vez a un hombre al que había matado Pronge, y habían guardado el cuerpo en un congelador para carne. La esposa de aquel hombre se había puesto en contacto con Pronge y le había pedido que matara a su marido para que ella pudiera cobrar el dinero del seguro. Para que aquello saliera bien, tenía que parecer que el hombre había muerto en fecha posterior a la fecha efectiva del asesinato, para que a la mujer le diera tiempo de preparar la póliza de seguro.
Pronge mató al hombre con su espray de cianuro en presencia de Richard; lo guardaron congelado durante varios meses, y por último lo dejaron en un lugar visible. La viuda cobró, en efecto, el seguro de vida, que repartió con Richard y con Pronge.
Richard se estaba preguntando si el agua casi congelada del pozo serviría para retardar el proceso de descomposición de un cadáver. Solimene le había dicho que la familia de Richard Masgay sabía que este había ido a visitarlo, y Richard pensaba congelar a Masgay para dejarlo en un lugar visible meses más tarde. Richard llevó el cadáver de Masgay al pozo y lo echó dentro, le puso encima un neumático, después una tabla de madera contrachapada, y vertió por fin algo de cemento sobre la madera, cegando casi por completo el hoyo. Se volvió a la tienda de Solimene, y este siguió a Richard, que llevó la furgoneta de Masgay a la carretera de peaje y la dejó al borde de la carretera, a la vista de todo el mundo. Richard se subió al coche de Solimene y los dos se volvieron de nuevo a la tienda.
Otro trabajo bien hecho, al parecer. Solimene y Richard se abrazaron y se dieron la mano, y Richard se volvió a Dumont con cuarenta y cinco mil dólares en el bolsillo, asegurándose de que no lo seguía nadie por el camino, escuchando música country.
Pero Phil Solimene tenía la boca muy grande. Varias semanas después del asesinato, contó a Percy House lo que habían hecho a Masgay, y le contó también que Richard había matado a George Malliband. Solimene debía dinero a House y este le estaba apretando los tornillos, y Solimene, a su vez, amenazaba a House con Richard a base de indirectas.
Percy House acabó contando a otros miembros de la banda lo que había oído, y estos, a su vez, se lo contaron a otras personas, a sus esposas, a sus amigos… y al cabo de poco tiempo ya había docenas de personas que sabían lo relativo a los asesinatos de Malliband y de Masgay.
Así, por primera vez, empezaba a descubrirse el pastel, como suele decirse.
42
Pat Kane, el joven que se había licenciado de las Fuerzas Aéreas y que se había hecho agente de la Policía estatal convencido por su hermano Ed, ya era detective, el más joven del cuartelillo de Newton, Nueva Jersey, donde estaba destinado.
Pat era un hombre religioso que iba a la iglesia todos los domingos v que disfrutaba con su trabajo. Se consideraba el tipo más afortunado del mundo, pues le pagaban por hacer lo que más le gustaba en la vida: meter a los malos donde tenían que estar, a la sombra. Solía trabajar al aire libre, y tenía la posibilidad de mejorar el mundo. ¿Qué más podía pedir? Para Pat, ser policía no era un simple trabajo, era una vocación, era su pasión en la vida. Estaba cumpliendo una misión, literalmente, una misión que consistía en proteger a las mujeres y a los niños de los depredadores de largos colmillos que se movían con tanta facilidad en una sociedad libre. Pat se ceñía siempre a los reglamentos. Era un hombre verdaderamente honrado; no aceptaba jamás de nadie una invitación a comer ni a tomar una copa, ni siquiera a un café. Había llegado a la conclusión de que la Policía era el último frente de defensa que tenía la sociedad contra la anarquía. Aunque Pat Kane era muy religioso, si se veía en la necesidad de matar a un tipo tampoco se lo pensaba dos veces. El detective Kane era un investigador diligente y dolado de iniciativa, un hombre de los que no sueltan su presa cuando la tienen entre los dientes. Era terco y tenaz como un bulldog.
El jefe de Pat Kane era el teniente John Leck, hombre alto, grueso y calvo que se parecía a Telly Savalas. A finales de 1981, Leck llamó a su despacho al detective Kane. Se había producido un número fuera de lo común de robos en casas por el norte de Nueva Jersey, y el teniente Leck estaba preocupado. Le explicó que una banda de ladrones profesionales entraban en las casas con una impunidad arrogante y robaban todo lo que se pudiera trasladar. Solían elegir casas buenas en zonas apartadas, y las asaltaban y las robaban a voluntad, como si tuvieran licencia divina para robar lo que les diera la gana. El propietario de una casa había atrapado en su domicilio a un hombre que decía ser miembro de la banda, y este hombre estaba ahora en el despacho del teniente Leck, intentando cerrar un trato. De momento, el teniente no sabía si el hombre hablaba de verdad o si les quería meter un cuento. Sobre la mesa del teniente había un mapa con docenas de puntos marcados con rotulador rojo donde se habían producido robos en casas sin resolver, según explicó el teniente Leck. El teniente dijo a Kane que se llevara a ese ladrón y viera si él, Kane, podía hacer concordar lo que decía el ladrón con los robos reales. Kane comprendió que el teniente Leck no sabía con certeza si aquel tipo de cara de roedor decía la verdad o si estaba tirándose un farol, como tantas ratas acorraladas que intentaban salir de un apuro por cualquier medio. Vaya novedad, pensó.