Memorias De Una Geisha
- Автор: Golden Arthur
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:
– ¡Entonces es verdad que piensa adoptarla! ¿No se acuerda, Mamita, cuando me dijo que estaba pensando en adoptar a Calabaza? Me pidió que se lo dijera.
– Lo que le hayas dicho a Calabaza no es de mi incumbencia. Además, no has llevado su aprendizaje todo lo bien que yo esperaba. Empezó bien, pero últimamente…
– Lo prometió, Mamita -dijo Hatsumono en un tono que me asustó.
– ¡No seas ridicula! Sabes bien que hace años que le tenía echado el ojo a Sayuri. ¿Por qué iba a cambiar y adoptar a Calabaza?
Yo sabía perfectamente que Mamita estaba mintiendo. Pero llegó a volverse hacia mí y decirme:
– Sayuri-san, ¿cuándo fue la última vez que hablamos de adoptarte? ¿Hace un año, más o menos?
Si alguna vez has visto a una gata enseñando a cazar a sus crías -la forma de agarrar a un ratón indefenso y de desgarrarlo-, bueno, pues me sentí como si Mamita me estuviera ofreciendo la posibilidad de aprender a ser como ella. Lo único que tenía que hacer era mentir y decir: «Claro, Mamita, usted mencionó el tema muchas veces». Éste sería el primer paso para llegar a ser yo también algún día una vieja de ojos amarillentos encerrada día y noche en un cuarto siniestro haciendo cuentas. No podía ponerme de su lado, como tampoco podía ponerme del de Hatsumono. Fijé la vista en el suelo, a fin de no ver a ninguna de las dos, y dije que no recordaba cuándo había sido.
Hatsumono estaba encarnada de ira, como si fuera a explotar de un momento a otro. Se puso en pie y se dirigió a la puerta, pero Mamita la detuvo.
– Dentro de una semana Sayuri será oficialmente mi hija -dijo-. Para entonces tendrás que haber aprendido a tratarla con respeto. Al bajar, pide a una de las criadas que suba una bandeja de té para Sayuri y para mí.
Hatsumono hizo una pequeña inclinación de cabeza y salió.
– Mamita -dije yo entonces-. Siento mucho haberle causado tantos problemas. Estoy segura de que Hatsumono se equivoca con respecto a que usted hubiera hecho plan alguno de adoptar a Calabaza, pero, si se me permite la pregunta, ¿no sería posible adoptarnos a las dos, a Calabaza y a mí?
– Conque has aprendido algo de negocios, ¿eh? -me contestó-. ¿Me vas a enseñar a mí a llevar una okiya?
Unos minutos después, apareció una criada con la bandeja del té, pero sólo traía una taza -no dos tazas, sino sólo una. A Mamita no pareció preocuparle. Yo le llené la taza, y ella bebió, mirándome con sus ojos enmarcados de rojo.
Capítulo veinticuatro
Cuando Mameha volvió al día siguiente y se enteró de que Mamita había decidido adoptarme, no pareció tan contenta como yo había esperado. Para ser exactos, asintió con un movimiento de cabeza, satisfecha, pero no sonrió. Le pregunté si no había salido todo como ella había esperado.
– ¡Oh, claro que sí! La puja entre el Doctor Cangrejo y Nobu ha ido tal como yo había previsto -me dijo-, y la cifra final es una considerable suma de dinero. En cuanto me lo dijeron, supe que la Señora Nitta te adoptaría. Me puse muy contenta.
Esto es lo que dijo. Pero la verdad, como la fui sabiendo en diferentes fases durante los años siguientes, era un poco distinta. Por una sola cosa: la puja no se había desarrollado entre el Doctor Cangrejo y Nobu, sino que terminó siendo una competición entre el Doctor Cangrejo y el barón. No me puedo imaginar cómo debió de sentirse Mameha; pero estoy segura de que explica su súbita frialdad conmigo inmediatamente después y por qué se guardó para sí la historia de lo que había sucedido realmente.
Con esto no quiero decir que Nobu se desentendiera de la puja. Hizo buenas ofertas, pero sólo durante los primeros días, hasta que la cifra pasó de los ocho mil yenes. Probablemente acabó retirándose porque las ofertas habían subido demasiado. Mameha sabía desde el principio que Nobu podía pujar con quien fuera, si quería. El problema que Mameha no había previsto era que Nobu sólo tenía un vago interés en mi mizuage. Sólo cierto tipo de hombres gastan su tiempo y su dinero buscando ocasiones de mizuage, y resultó que Nobu no estaba entre ellos.
Recordarás que unos meses antes Mameha había sugerido que ningún hombre cultivaría una relación con una aprendiza de quince años si no era porque estaba interesado en su mizuage. Fue durante esa misma conversación cuando me dijo: «Estate segura de que no es tu conversación lo que le atrae». Puede que tuviera razón con respecto a mi conversación, no lo sé; pero fuera lo que fuera que atrajera a Nobu de mí, no era precisamente mi mizuage.
El Doctor Cangrejo, sin embargo, era un hombre que habría elegido un suicidio a la antigua usanza antes de permitir que alguien como Nobu le arrebatara mi mizuage. Claro que a partir de un momento dado ya no era con Nobu con quien pujaba, pero él no lo sabía, y la dueña de la Casa de Té Ichiriki decidió no decírselo. Quería que el precio subiera lo más posible. Así que cuando hablaba con él por teléfono, le decía cosas como: «Doctor, acabo de recibir un recado de Osaka y una oferta de cinco mil yenes». Probablemente había recibido un recado de Osaka -aunque puede que fuera de su hermana-, porque aquella mujer no quería mentir totalmente. Pero como mencionaba Osaka y la oferta sin hacer pausa alguna, el Doctor Cangrejo suponía que la oferta era de Nobu, cuando, en realidad, era del barón.
El barón sabía perfectamente que su adversario era el doctor, pero no le importaba. Quería hacerse con mi mizuage costara lo que costara y hasta hacía pucheros como un niño cuando pensaba que podría no conseguirlo. Algún tiempo después, una geisha me contó la conversación que había mantenido con él por esos días.
– ¿Te has enterado de lo que pasa? -le preguntó el barón-. Estoy intentando disponer las cosas para un mizuage, pero hay cierto doctor que no para de interponerse en mi camino. Sólo un hombre puede explorar una región virgen, ¡y yo quiero ser ese hombre! Pero ¿qué puedo hacer? Ese loco doctor parece que no se da cuenta de que las cifras que suelta representan dinero de verdad.
A medida que la puja fue subiendo, el barón empezó a hablar de abandonar. Pero la cifra había llegado ya tan cerca de batir el récord que la dueña del Ichiriki decidió presionar un poco más engañando al barón de forma semejante a como había engañado al doctor. Así, cuando hablaba con él por teléfono, le decía que «otro caballero» había hecho una oferta muy alta, y luego añadía: «Sin embargo, mucha gente opina que es el tipo de hombre que no subirá más de ahí». Seguro que podría haber bastante gente que pensara así del doctor, pero desde luego ella no. Sabía que cuando el barón hiciera su última oferta, el doctor la subiría.
Finalmente el Doctor Cangrejo se comprometió a pagar once mil quinientos yenes por mi mizuage. Era la cifra más alta que se había pagado en Gion hasta entonces por un mizuage, y posiblemente en cualquiera de los distritos de geishas de todo Japón. Hay que tener en cuenta que por aquellos días, una hora con una geisha costaba cuatro yenes, y un kimono especialmente caro, mil quinientos. Así que puede que no suene a mucho dinero, pero es mucho más de lo que ganaba, por ejemplo, un obrero en todo un año.
He de confesar que no sé mucho de finanzas. La mayoría de las geishas se enorgullecen de no llevar nunca dinero, y están acostumbradas a que les carguen en su cuenta las cosas allí donde van. Incluso ahora, en Nueva York, sigo haciendo lo mismo. Compro en tiendas donde me conocen y los dependientes van apuntando lo que me llevo. Cuando llegan las facturas al final del mes, tengo una encantadora ayudanta que se encarga de pagarlas. No te podría decir cuánto dinero gasto, o cuánto más caro es un perfume que una revista. Debo de ser una de las peores personas sobre la tierra para intentar explicar nada que tenga que ver con dinero. Sin embargo, me encantaría contar algo que me contó una vez un amigo íntimo, que sin duda sabía lo que se decía porque por entonces, los años sesenta, era subsecretario de Hacienda. El dinero, decía, suele valer siempre menos que el año anterior, y por eso, el mizuage de Mameha, en 1929, costó de hecho más que el mío, en 1935, aunque por el mío se pagaran once mil quinientos yenes y por el suyo siete u ocho mil.