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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Conseguí, por fin, estructurar mis ideas.

En adelante, la trama estaría constituida por tres estratos distintos.

El primero era el asesinato de Sylvie Simonis. Un homicida en Sartuis. El que había torturado a la relojera y vengado a Manon. El que había grabado en la corteza yo protejo a los sin luz y te esperaba en el confesionario. ¿Era también alguien rescatado de la muerte como Agostina, como Raïmo?

El segundo estrato era la teoría de Van Dieterling. No se trataba de un único asesino sino de una serie de asesinos. Había que considerar a los nuevos Sin Luz en su conjunto, descifrar el significado de su ritual y averiguar qué se escondía detrás. «Una mutación», había dicho. Mutación y profecía.

El paisaje desfilaba. ¿Qué hacer? ¿Seguir buscando otros casos en todo el mundo? ¿Con qué objetivo? ¿Enriquecer la lista de los asesinos que habían confesado? ¿Completar los archivos del prelado? ¿Identificar, como él decía, al «supraasesino» que estaba detrás de la serie? Si se trataba del diablo en persona, no sería precisamente fácil ponerle las esposas.

Pero, sobre todo, esta teoría implicaba aceptar la existencia del demonio. Y de eso, ni hablar. Debía concentrarme en el único interrogante concreto, el único enigma que incumbía a un madero de la Criminaclass="underline" ¿quién había matado a Sylvie Simonis? De vuelta a la casilla de salida.

Faltaba el tercer estrato. Los asesinos me estaban pisando los talones. Ellos también me llevaban de nuevo al caso Simonis. Uno de ellos era Cazeviel. ¿Quién era el otro? ¿Por qué querían eliminarme? ¿Eran los asesinos de Sylvie? No. Esos mercenarios protegían un secreto. ¿La existencia de los Sin Luz? ¿Su reciente mutación? ¿O quizá había otro secreto detrás del expediente Simonis? Por ese lado tampoco había posibilidades. A menos que el segundo asesino tratara nuevamente de matarme y yo pudiera interrogarlo. Una perspectiva que no me entusiasmaba demasiado.

Seis de la tarde

El aeropuerto de Fiumicino a la vista.

La noche caía sobre el extrarradio de Roma. Nubes violeta, cielo amarillento. En mi interior, llamé a Luc para que acudiera en mi ayuda. En esa etapa de la investigación, ¿qué habría hecho él? ¿Cómo habría avanzado? Existía una diferencia fundamental entre él y yo. Luc creía en Satán; yo no. El mayor obstáculo en mi camino era mi mente cartesiana. Era el hombre menos indicado para seguir adelante con ese expediente.

Luc debía de haber seguido el camino de los Sin Luz, profundizando en sus signos, acercándose al núcleo maléfico.

Una idea: comprobar, de una vez por todas, si el demonio existía.

Saber a qué atenerse.

En el fondo, el único elemento sobrenatural del caso Gedda era la recuperación física de Agostina. El único hecho inexplicable. La niña podía haber sufrido una alucinación durante el coma. Una NDE infernal. Podía haberse traumatizado por esa experiencia y a causa de ello haberse convertido en una asesina. Desde un punto de vista metafísico eso no probaba nada.

En cambio, el milagro de su curación era harina de otro costal.

Curarse de una gangrena en pocos días: eso era algo muy concreto. El taxi se detuvo. Habíamos llegado a Fiumicino. Pagué al taxista. La terminal. El mostrador de la recepción. Un solo lugar en el mundo donde podría comprender lo que había ocurrido en el cuerpo de Agostina, una noche de agosto de 1994.

La azafata de tierra me sonrió.

– ¿Destino?

– Lourdes.

Desde Roma, los vuelos hacia la ciudad mariana eran frecuentes, pero la temporada alta había terminado y esa noche no salía ninguno. El próximo despegaría a la mañana siguiente a las seis y cuarto. Compré un billete en clase business y salí a buscar un hotel.

Encontré una especie de fábrica de durmientes en el mismo aeropuerto, a unos pasos de la zona donde estacionaban los aviones. Pasillos, habitaciones ciegas. El único mobiliario: una cama y un reloj. Una cabina de ducha en un rincón. Allí se fabricaba reposo, como en otras empresas pegamento o circuitos electrónicos.

Cerré la puerta con llave y luego me eché sobre la cama, completamente vestido. Mi ropa estaba pegajosa por el sudor, arrugada, hecha jirones. Cerré los ojos. El bramido de los aviones que sobrevolaban el edificio penetraba por los muros y se metía en mi cabeza.

La hoja de una navaja se abrió paso entre la muchedumbre en la escalera de Giuseppe Momo. Se hundió en un brazo carnoso, exactamente delante de mí. Me sobresalté al ver que la sangre salpicaba. Parpadeé. ¿A quién pertenecía ese brazo? ¿Quién era el obeso, cómplice de Cazeviel, que ya se había cruzado dos veces en mi camino, en Catania y en el Vaticano? ¿Adivinaría dónde estaba? Consideré la posibilidad de un nuevo ataque.

Por un reflejo condicionado, apreté la Glock. Mi cuerpo se relajó. Duermevela. La voz de Luc: «He encontrado la garganta». «Yo también -le contesté mentalmente-, la he encontrado.» Por lo menos, conocía su existencia. Pero ¿cómo llegar hasta ella?

Mi conciencia se replegaba. Ahora, flotaba en un pasillo en tinieblas. Un laberinto serpenteaba bajo la tierra. Un farol rojo brillaba débilmente. Tendí la mano. Una voz se escapó. Era la voz, suave y viciosa, de Agostina Gedda.

Lex est quod facimus.

la ley es lo que hacemos.

72

Comparada con la leyenda en torno a ella, Lourdes no parecía gran cosa.

Rodeada de colinas, construida alrededor de rocas prominentes, la ciudad mariana era minúscula. Todo estaba concentrado en la ribera de un río que parecía más bien un riachuelo. A pesar de la basílica superior en la que sobresalía su elevado campanario, a pesar de las iglesias y las capillas, modernas y macizas, la ciudad no parecía dar la talla con respecto a lo que representaba. Allí se habían acumulado santuarios sin ampliar la superficie construible. Lourdes era como la rana de la fábula, la que quiso ser buey.

Nueve de la mañana

Ya había estado en Lourdes de adolescente, de visita con mi clase: Sèze estaba solo a unos kilómetros de distancia. No había vuelto desde entonces. Despreciaba esos sitios rimbombantes donde la superstición lucha con las mismas armas que la fe. Dejaba las ciudades milagrosas a los pardillos, a los cristianos ingenuos, a los desesperados. Nunca habría expresado tal juicio en voz alta, pero ante esos lugares de peregrinaje, mi posición era la del cinéfilo frente a las películas comerciales.

Era el primero de noviembre. En los aparcamientos a la entrada de la ciudad estaban estacionados decenas de coches que llevaban matrículas de toda Europa. En la fiesta de Todos los Santos se celebraba la última ceremonia antes del cierre de la temporada. El canto del cisne.

Aparqué el coche de alquiler, otro Audi, y empecé la ascensión. Las calles no cesaban de dar vueltas revelando una ciudad con una forma extravagante, atravesada por corrientes de aire. Las fuentes y los surtidores surgían por todas partes como en una estación termal, pero también los altares y las estatuas. Era imposible olvidar la naturaleza consagrada de la ciudad.

Los escaparates de las tiendas rebosaban de souvenirs. Estatuas de la Virgen; efigies de Bernadette con su cinturón azul y las dos rosas amarillas en los pies; cristos con los ojos que se abrían y se cerraban a medida que uno se acercaba o se alejaba. Y por supuesto, todos los sucedáneos de la fuente. Botellas conteniendo agua de Lourdes, caramelos con agua de Lourdes, frascos de agua con la figura de María.

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