La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Me parece que el que necesita refrescarse eres tú.
– Sí, probablemente. ¿Vienes? -Se puso de pie de un salto, se desnudó por completo y se tiró al agua de cabeza. Vitória estaba tan fascinada por su cuerpo, que se deslizaba elegantemente por el agua, que no pudo moverse del sitio. Asomó tomando aire en el centro del lago-. ¡Ven, mi querida sinhá, el agua está fantástica!
Vitória permaneció sentada sin inmutarse. ¿Querida sinhá? ¿Era aquélla otra de sus bromas? ¿Le parecía gracioso recordarle precisamente el día de su aniversario de boda que no era precisamente el amor lo que caracterizaba a su matrimonio?
León se sumergió de nuevo y avanzó con fuertes brazadas hacia ella. Le agarró los pies y sacó la cabeza del agua. El pelo le colgaba liso y negro por la espalda, en la cara le brillaban miles de gotitas. Miró a Vitória con una amplia sonrisa, y por primera vez en mucho tiempo su sonrisa no era amarga ni cínica, sino feliz. ¡Y aquellos preciosos dientes tan blancos! ¡Qué lástima que no le sonriera de aquel modo más a menudo!
– ¡Vamos, Vita, quítate la ropa! ¿O quieres que te tire al agua con ropa y todo?
Sus manos frescas y húmedas avanzaron por las piernas de Vitória hacia arriba, como si buscaran el punto más adecuado para agarrarla. El tacto era refrescante y sumamente erótico. A Vitória se le puso carne de gallina.
Encogió las piernas, se puso de pie, se dio la vuelta y se alejó un par de pasos. León pensó por un momento que se iba a marchar, que le iba a dejar solo, desnudo y humillado. ¿Acaso no entendía por qué se presentaba ante ella así, tan indefenso?
Pero Vitória no se marchó. Sólo buscaba un lugar de la orilla donde el suelo estuviera seco. Cuando se quitó la parte superior del vestido estaba de espaldas a él. León contuvo la respiración. Ella se desprendió del resto de la ropa con movimientos provocadoramente lentos, siempre de espaldas a él. Sabía que la miraba. Dudó un momento, como si no quisiera volverse desnuda hacia su marido, pero enseguida se giró, se quedó un rato quieta y León pudo observarla de la cabeza a los pies. Naturalmente, no vio nada nuevo. Pero ella no se había desnudado nunca ante él al aire libre, iluminada por los rayos del sol. Para ella fue también una sensación nueva. Y muy agradable. Sus miradas se cruzaron, y entre sus párpados entornados ella creyó ver sólo puro deseo.
Luego salió corriendo y se tiró de cabeza al agua. Emergió a pocos metros de León, tomando aire de golpe.
– ¡Qué fría está!
– Sólo al principio. Enseguida te acostumbrarás.
Vitória nadó lo más deprisa que pudo para entrar en calor. Enseguida notó mejor la temperatura del agua y se estiró, inmóvil, flotando en la superficie. Contempló el cielo, vio las copas de los árboles sobre el lago, observó las mariposas y las libélulas que volaban cerca de su rostro. ¡Cómo había echado de menos todo aquello! Era como antes, cuando iba a nadar al Paraíba do Sul. Exactamente igual. Sintió las manos de León en su cintura. Él atrajo el cuerpo de Vitória hacia el suyo y lo sacó del agua de modo que pudo besar primero su cuello, luego sus hombros y sus pechos. Sus besos eran suaves y tiernos, y habría podido continuar así durante horas si ella no hubiera oído una voz.
– ¿Has oído eso?
– No. Sólo oigo latir mi corazón roto.
– Escucha, otra vez.
Esta vez también lo oyó León.
– ¡Sinhô León! ¡Sinhá Vitória! -gritaba el cochero.
Poco después apareció el hombre junto al lago. Miró a su alrededor, hasta que vio las ropas y finalmente descubrió incrédulo a la pareja, que estaba en el agua, no muy lejos de la orilla, los dos desnudos y fundidos en un fuerte abrazo. Vitóría intentó esconderse de las miradas curiosas del negro.
– ¡Oh, lo siento! Sólo quería decirles que debemos irnos pronto. El sol se pondrá enseguida.
Luego se dio la vuelta y se marchó.
Vitória y León se miraron y se echaron a reír.
En la orilla se secaron el uno al otro con las enaguas de Vitória.
– Hoy no las necesito -dijo-, y tampoco me voy a poner la ropa interior. ¡Mira, hay miles de hormigas corriendo por ella!
A pesar del estado de ánimo que les invadía consiguieron separarse y vestirse. No querían que se les hiciera de noche en el bosque. Pero cuando Vitória quiso calzarse, soltó un grito de dolor.
– No me puedo poner los zapatos, tengo los pies llenos de ampollas.
– Yo te llevaré. Como siempre te llevaré conmigo, meu amor.
Vitória creyó haber oído mal. ¡Qué cosas más curiosas le estaba diciendo todo el rato! Se comportaba como si acabara de enamorarse.
León tomó a Vitória en brazos, como si no llevara más que a un gato mojado, y la llevó así todo el camino. Ella se agarró a su cuello con fuerza y aprovechó la ocasión para estudiar su rostro con detenimiento, sin que él la pudiera observar con igual atención. Tenía que concentrarse en el camino.
Durante el viaje de vuelta León no pensó en otra cosa que en el cuerpo suave y blanco de Vita bajo el vestido. Sólo pensar que no llevaba ropa interior lo excitaba extraordinariamente, y no dejó de acariciar su muslo hasta que el carruaje llegó a una zona habitada.
Vitória se sentía del mismo modo. Le resultaba agradable no llevar nada debajo del vestido, y decidió que en el futuro lo haría más a menudo, no por León, sino por ella misma. Pero aquello era ahora secundario. Era más excitante lo que León le había dicho. ¿Pensaría realmente así? ¿O se habría expresado de aquella forma animado por la situación para luego arrepentirse, como un borracho que dice cosas de las que luego se avergüenza?
Cuando el coche de caballos se detuvo ante su casa, León se bajó primero y cogió en brazos a Vitória, que todavía estaba descalza. Subió la escalera bajo la mirada atónita de sus sirvientes. ¡Desde que trabajaban allí no habían visto nunca al sinhô con su mujer en brazos! En el recibidor León le dijo a Tais que cenarían en su habitación, y siguió andando sin detenerse. Subió los escalones de dos en dos para llegar cuanto antes al dormitorio. Vitória encontraba a su marido irresistible cuando actuaba con tal decisión y presteza.
León la dejó lentamente sobre la cama y le retiró de la cara un mechón todavía húmedo. Se inclinó sobre ella, y entonces llamaron a la puerta.
– ¡Deja la bandeja fuera! -dijo León enojado.
– Hay alguien que quiere verle -oyó que decía Tais algo apurada-. Dice que es urgente.
– Siempre se interpone algo en nuestro camino, ¿verdad? -dijo León con voz ronca, y miró a Vitória con gesto de lástima. Se puso de pie, se arregló la ropa y salió-. Seré breve.
Vitória le miró sorprendida y decepcionada a la vez. «Es nuestro aniversario de boda», quiso gritarle, pero no lo hizo. Cuando la puerta se cerró tras él, se dejó caer sobre los almohadones y sollozó hasta quedarse dormida.
Capítulo veintidós
Félix no hizo caso de la estricta indicación de León de que no se acercara a su casa. En aquel momento le daba igual lo que el jefe pensara de él, y tampoco le importaba que le viera la sinhá Vitória. ¿Acaso no era la esposa de León Castro y, como tal, debía obedecer a su marido? Si León le había regalado la libertad, la sinhá no podía volver a quitársela. ¿Y qué podía hacerle? ¿Qué podía ser peor que lo que estaba viviendo en ese momento?
Había tenido que dejar su trabajo en la oficina, lo que en un principio no le pareció demasiado trágico. Pero entonces no sabía lo difícil que resultaba encontrar otro trabajo. Era negro y mudo, lo que para todos equivalía a ser idiota. En Río nadie creía que fuera capaz de leer, escribir y hacer cálculos. Excepto León Castro, naturalmente. Pero si se acercaba a él corría el riesgo de ser capturado; seguro que la persona que lo denunció también había revelado a las autoridades su relación con León. En algún momento su instinto de supervivencia fue más fuerte que su orgullo: Félix aceptó un trabajo tan estúpido como descargador que casi se vuelve loco.