Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
– Está sin blanca.
– ¿Quieres decir que compras la comida para todo el mundo?
– Pues… sí.
– Eres realmente demasiado buena -dijo Shirley golpeándole cariñosamente la nariz-. ¿Hace la casa? ¿Cocina? ¿Plancha?
– Ni siquiera eso.
Shirley se encogió de hombros y los dejó caer soltando un profundo suspiro.
– Me paso el tiempo en la biblioteca. He ido al cine con el hombre de la parka. Es italiano, se llama Luca. Siempre tan taciturno. Eso, en cierto modo, me viene bien. Debo terminar primero el libro.
– ¿Hasta dónde has llegado?
– Hasta el cuarto marido.
– ¿Y ese quién es?
– Todavía no lo sé. Me gustaría que ella viviese una pasión tórrida. Una pasión física…
– ¿Como Shelley Winters y Robert Mitchum en La noche del cazador! Ella lo desea como una loca y él la rechaza… así que ella lo desea aún más. El se hace pasar por un pastor y se sirve de la Biblia para enmascarar su avidez. Cuando ella intenta seducirle, él la sermonea y le vuelve la espalda. Acaba asesinándola. Es el mal encarnado…
– Eso es… -prosiguió Joséphine apretando su taza de té entre las manos-. Sería predicador, recorrería las campiñas, ella le en-contraría, se enamoraría perdidamente de él, la esposaría, ambicionaría su castillo y su oro e intentaría matarla. Temería por su vida, él cogería a su hijo como rehén… Pero ese no podrá hacerla rica.
– ¿Y por qué no? Podrías inventar que ya había estafado a muchas viudas, que había escondido el botín en alguna parte y que ella lo heredaría…
– Luca me habló precisamente el otro día de los predicadores de la época…
– ¿Le has dicho que escribías un libro? -preguntó Shirley, inquieta.
– No… pero metí la pata.
Joséphine contó cómo había evocado el libro cuando habían ido al cine. Se preguntó en voz alta si no habría descubierto su secreto.
– Eres la última persona a la que confiaría un secreto -dijo Shirley sonriendo-. ¿Ves cómo tengo razón para no decirte nada?
Joséphine bajó los ojos confusa.
– Tendré que andarme con cuidado cuando el libro haya salido…
– Iris se las arreglará para que toda la atención se concentre en ella. No te dejará ni una migaja. A propósito, ¿qué tal le va a Iris?
– Está ensayando para el gran día… Viene a leer de vez en cuando lo que escribo, hojea todos los libros que le he recomendado. A veces me da ideas. Quería que escribiese una escena en la que estudiantes parisinos provocaran a un auténtico motín, blandiendo sus cuchillos y sus cráneos afeitados; los estudiantes eran clérigos y pertenecían al clero, lo que les ponía al abrigo de la justicia seglar. El rey no podía hacer nada contra ellos, dependían de la justicia de Dios y abusaban de ello, lo que complicaba mucho el mantenimiento del orden en París. ¡Cometían crímenes con toda impunidad! Robaban, mataban. Nadie podía juzgarlos o castigarlos.
– ¿Y entonces?
– Tengo la impresión de ser un embudo, lo escucho todo, recojo anécdotas, pequeños detalles de la vida y los vierto en el libro. Ya no seré la misma después de este libro. Estoy cambiando, Shirley, estoy cambiando mucho, ¡aunque no se note!
– Descubres la vida contando esa historia; te lleva por territorios en los que nunca habías estado…
– Sobre todo, Shirley, ya no tengo miedo. Antes tenía miedo de todo. Me escondía detrás de Antoine. Detrás de mi tesis. Detrás de mi sombra. Hoy me permito cosas que antes me prohibía, subo más a la red.
Soltó una risita de niña y se escondió detrás de su mano.
– Sólo necesito ser paciente, dejar que la nueva Jo crezca y, un día, lo invadirá todo, me dará toda su fuerza. Por el momento estoy aprendiendo… He comprendido que la felicidad no es vivir una pequeña vida sin embrollos, sin cometer errores ni moverse. La felicidad es aceptar la lucha, el esfuerzo, la duda y avanzar, avanzar franqueando cada obstáculo. Antes no avanzaba, dormía. Me dejaba llevar por una rutina tranquila: mi marido, mis hijas, mis estudios, mi comodidad. Ahora he aprendido a luchar, a encontrar soluciones, desesperar un momento para rehacerme después y avanzar, Shirley. ¡Sola! Me las arreglo. Cuando era pequeña, repetía lo que decía mamá; su visión de la vida era la mía; después escuché a Iris. Me parecía tan inteligente, tan brillante… Después apareció Antoine: firmaba todo lo que él quería, amoldaba mi vida a la suya. Incluso tú, Shirley… El hecho de saber que eras mi amiga me daba seguridad, me decía que yo era alguien bueno porque tú me querías. Pues bien, todo eso se acabó. He aprendido a pensar por mí misma, a caminar por mí misma, a luchar sola…
Shirley escuchaba a Joséphine y pensaba en la niña que había sido ella. Tan segura de sí. Insolente, casi arrogante. Un día que su nanny la había llevado a pasear por el parque, le soltó de la mano y se fue. Debía de tener cinco años. Había deambulado saboreando la deliciosa sensación de ser libre, de correr sin que miss Barton le dijera que no estaba bien, que una niña bien educada debía caminar con paso regular. Un policía le había preguntado si se había extraviado. Ella había respondido «no, pero debería usted buscar a mi nanny, se ha perdido». Nunca tenía miedo. Me mantenía de pie sola. Fue después cuando todo se estropeó. He recorrido el camino inverso de Jo.
– No son difíciles de entender ese tipo de tíos. Babeaba de avidez hasta formar un charco.
– Pues yo estoy harta de ser pequeña, nadie me mira -gruñó Zoé.
– Ya vendrá, mi niña, ya vendrá… ¿Has olvidado que habías prometido vestirme para mi cita? -preguntó Christine Barthillet a Hortense.
Hortense la miró de arriba abajo analizándola.
– ¿Qué ropa tiene usted que se pueda poner?
La señora Barthillet suspiró «no gran cosa, no compro nada de marca, yo lleno mis armarios a base de catálogos».
– Vamos a tener que vestirla con aire desenfadado entonces… -declaró Hortense con voz profesional-. ¿Tiene usted una sahariana?
La señora Barthillet asintió con la cabeza.
– Un modelo de La Redoute. De este año…
– ¿Un chándal?
La señora Barthillet asintió.
– Bueno… ¡Vaya a buscarlos!
La señora Barthillet volvió con la ropa echa una bola. Hortense la levantó con la punta de los dedos, la extendió sobre el sofá y la observó durante un momento. Max y Zoé la miraban subyugados.
– Bueno, bueno…
Frunció la nariz, torció la boca, cogió un jersey, un chaleco, extendió una camisa blanca, la volvió a dejar.
– ¿Tiene usted accesorios?
La señora Barthillet levantó la cabeza sorprendida.
– Collares, brazaletes, una bufanda, unas gafas…
– Tengo algunas baratijas de Monoprix…
Fue a buscarlas a la habitación.
Zoé empujó a Max con el codo y susurró «vas a ver, ¡fíjate bien! Va a transformar a tu madre en bomba sexual». La señora Barthillet depositó un montón de colgantes al lado de la ropa desplegada, que parecía esperar el golpe de varita mágica de Hortense. Esta reflexionó y, después, con tono docto, declaró:
– ¡Desnúdese!
La señora Barthillet puso cara de sorpresa.
– ¿Quiere usted que la vista o no?
Christine Barthillet asintió. Se encontró en bragas y sujetador delante de Max y las niñas. Se tapó los senos con las manos y carraspeó molesta. Max y Zoé estallaron en un ataque de risa.
– Lo importante: la sahariana. Regla número uno: acompañada de un pantalón de jogging Adidas con bandas blancas es lo correcto. Empezamos bien, tiene usted uno. De hecho, es la única forma de tener un aspecto chic en chándal.
– ¿Con una sahariana?
– Efectivamente. Regla número dos: bajo la sahariana, poner un jersey con cuello en V y una camiseta que se vea bajo el jersey…
Hizo una señal a la señora Barthillet para que se pusiese la ropa que le tendía.