El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Un agudo grito rasgó el aire, ahogando el sonido de las gaitas, y empezó la tonada All the Blue Bon-nets over de Border: Los sables se levantaron, y todos los hombres presentes empezaron a bailar, asiéndose los brazos y desasiéndolos, y haciendo revolotear los kilts. Reels, stranthspeys, flings: todos los bailaban, y el ruido de sus pies contra las tablas del suelo resonaba entre las vigas, y brillaban las hebillas de los zapatos y cada vez que cambiaba una figura de danza, alguien echaba la cabeza atrás y lanzaba un alarido agudo, ululante, coreado en seguida por los gritos de otras gargantas exuberantes. Mientras tanto, las mujeres observaban, olvidadas.
Eran casi las cuatro de la mañana cuando terminó el ceilidh; fuera, no reinaba el aire crudo seco de Blair Atholl o de Skye, sino la modorra de la noche tropical, con una luna grande y pesada arrastrándose sobre la sábana estrellada del cielo, e, invadiéndolo todo, los hediondos miasmas de los mangles. Sin embargo, cuando Arne se los llevó de allí en el renqueante «Ford», todavía oyó Meggie el desgarrado y tembloroso lamento de Flowers o' the Forest, despidiendo a los juerguistas que volvían al hogar. Al hogar. ¿Dónde estaba el hogar?
– ¿Qué? ¿Te has divertido? -preguntó Luke.
– Me habría divertido más si hubiese bailado más -respondió ella.
– ¿En un ceilidh? ¡Baja de las nubes, Meg! En estas fiestas, sólo bailan los hombres; portanto, somos muy bondadosos si dejamos bailar un poco a las mujeres.
– Parece que aquí sólo los hombres pueden hacer muchas cosas, sobre todo si son buenas y divertidas.
– Bueno, ¡perdóname! -replicó secamente Luke-. Supuse que te gustaría cambiar un poco de ambiente, y por eso te traje. No tenía por qué hacerlo, ¿sabes? Y, ya que no me lo agradeces, no volveré a traerte.
– Probablemente tampoco lo habrías hecho -dijo Meggie-.No te interesa que me entrometa en tu vida. Estas últimas horas, he aprendido mucho, aunque no creo que sea lo que tú pretendías enseñarme. Cada vez es más difícil engañarme, Luke. En realidad, estoy harta de ti, de la vida que llevo, ¡de todo!
– ¡Ssshhh! -silbó él, escandalizado-. ¡No estamos solos!
– Entonces, ¡ven tú solo! -saltó ella-. ¿Cuándo puedo ahora verte a solas más de unos minutos?
Arne detuvo el vehículo al pie de la colina de Him-melhoch, sonriendo a Luke, comprensivo.
– Adelante, amigo -dijo-. Acompáñala a casa. Te esperaré aquí. No hay prisa.
– ¡Lo he dicho en serio, Luke! -repitió Meggie, cuando Arne no podía oírles- Ya no soy la que era, ¿oyes? Sé que prometí obedecerte, pero tú prometiste amarme y cuidarme; por consiguiente, ¡los dos mentimos! ¡Quiero volver a mi casa, a Drogheda!
Él pensó en las dos mil libras anuales, que ya no serían depositadas a su nombre.
– ¡Oh, Meg! -declaró, muy compungido-. Escucha, querida, ¡te prometo que esto no durará siempre! Y este verano voy a llevarte a Sydney conmigo, ¡palabra de O'Neill! La tía de Arne tiene un piso en su casa que quedará desocupado; podremos vivir tres meses allí, ¡y ya verás lo bien que lo pasaremos! Dame otro año para trabajar en los cañaverales, y después compraremos nuestra propiedad y nos estableceremos en ella, ¿eh?
La luna iluminaba su cara, parecía sincero, confuso, ansioso, contrito. Y se parecía mucho a Ralph de Bricassart.
Meggie cedió, porque aún quería tener hijos.
– Está bien -dijo-. Un año más. Pero has prometido llevarme a Sydney, Luke, ¡no lo olvides!
12
Meggie escribía una vez al mes a Fee, Bob y los chicos, y sus cartas, llenas de descripciones de North Queensland, eran deliberadamente alegres, sin revelar las disensiones existentes entre ella y Luke. Siempre el orgullo. En Drogheda creían que los Mueller eran amigos de Luke, y que ella estaba a pensión en su casa, porque Luke viajaba mucho. El sincero afecto que sentía por el matrimonio se traslucía en cada palabra que escribía acerca de ellos, y por eso, nadie se preocupaba en Drogheda. Lo único que lamentaban era que no fuese nunca a visitarles. Pero, ¿cómo podía ella decirles que no tenía dinero para el viaje, sin revelarles lo desgraciado que era su matrimonio con Luke O'Neill?
De vez en cuando, se atrevía a incluir una pregunta casual sobre el obispo Ralph, y, de tarde en tarde, Bob le transmitía lo poco que Fee le decía del obispo. Pero un día llegó una carta que hablaba mucho de él.
«Llegó cuando menos lo esperábamos, Meggie -decía la carta de Bob-, y parecía un poco nreocupado y macilento. Debo decir que tuvo un disgusto al no encontrarte aquí. Se enfadó mucho porque no le habíamos dicho lo de Luke y tú; pero, cuando mamá le informó que habías sido tú quien se había empeñado en que no se lo dijésemos, se calló y no volvió a hablar del asunto. Pero creo que te encontró a faltar más de lo que nos habría encontrado a cualquiera de nosotros, y supongo que es natural que así fuese, pues tú pasabas mucho más tiempo con él que todos los demás, y afeo que siempre te había considerado como a una hermana pequeña. El pobre andaba de un lado a otro, como si no- pudiese creer que tú no aparecerías de pronto. No teníamos ninguna foto para enseñársela, y sólo cuando preguntó por ella pensé que era extraño que no hubiésemos tomado ninguna de la boda. Preguntó si tenías algún hijo, y yo Te. respondí que creía que no. No lo tienes, ¿verdad, Meggie? ¿Cuánto tiempo hace que os casasteis? Va para dos años, ¿no? Sí; ya que estamos en julio. El tiempo vuela, ¿eh? Espero que pronto tengas hijos, y creo que al obispo le gustaría saberlo. Le ofrecí facilitarle tu dirección, pero no quiso. Dijo que no valía la pena, ya que se marchaba a Atenas, Grecia, por una temporada, con el arzobispo para quien trabaja. Un dago cuyo apellido no puedo recordar. ¿Te imaginas, Meggie?, ¡van z. ir en avión! ¡De veras! En todo caso, al no estar tú en Drogheda para poder acompañarle, se quedó poco tiempo; sólo fue a dar un par de paseos a caballo, dijo misa diariamente para nosotros y se marchó a los seis días de su llegada.»
Meggie dejó la carta sobre la mesa. El lo sabía, ¡él lo sabía! ¿Qué había pensado? ¿Lo habría sentido mucho? ¿Y por qué la había empujado a hacer esto? No había mejorado las cosas. Ella no amaba a Luke, nunca le amaría. Éste no era más que un sustituto, un hombre que le daría hijos de un tipo parecido a los que^habría podido tener con Ralph de Bricassart. ¡Dios mío! ¡Qué confusión la suya!
El arzobispo Di Contini-Verchese prefirió alojarse en un hotel a residir en las habitaciones que le habían ofrecido en un convento ortodoxo de Atenas. Su misión era muy delicada e importante; desde hacía tiempo, había ciertas cuestiones que discutir con los principales prelados de la Iglesia ortodoxa griega, por la cual, así como por la rusa, sentía el Vaticano un aprecio que no podía sentir por el protestantismo. A fin de cuentas, los ortodoxos eran cismáticos, no herejes, y sus obispos, como el de Roma, se remontaban en línea ininterrumpida hasta san Pedro.
El arzobispo sabía que su designación para esta misión era una prueba diplomática, un paso previo para cosas más grandes en Roma. De nuevo le había sido muy útil su facilidad para los idiomas, pues había sido su griego fluido lo que había inclinado la balanza en su favor. Habían ido a buscarle a Australia y se lo habían llevado en avión.
Y habría sido inconcebible ir a Atenas sin el obispo De Bricassart, pues, con el paso de los años, el arzobispo había confiado cada vez más en aquel hombre extraordinario. Un Mazarino, un verdadero Maza-rino. Su Eminencia admiraba al cardenal Mazarino mucho más que al cardenal Richelieu; por consiguiente, la comparación no podía ser más halagadora. Ralph poseía todo lo que la Iglesia quería que tuviesen sus altos funcionarios. Su teología era conservadora, lo mismo que su ética; su cerebro era rápido y sutil, su cara no traslucía nada de lo que había detrás de ella; y tenía un tacto exquisito para agradar a las personas que estaban con él, tanto si le eran simpáticas como antipáticas, tanto si estaba de acuerdo como si discrepaba de ellas. No era adulador, pero sí diplomático. Si se hacía que las jerarquías del Vaticano reparasen repetidamente en él, su ascenso a los más altos puestos era cosa segura. Y esto complacería mucho a Su Eminencia el arzobispo Di Contini-Verchese, porque no quería perder contacto con el obispo Ralph de Bricassart.