El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
El espíritu de Meggie se rebelaba contra la indiferente aceptación local de estas cosas como norma les; ni viviendo hasta el fin de sus días en North Queensland podría ella perdonárselo. Y ahora pensaba, con terror, que lo más probable era que sí, que tuviese que vivir aquí toda la vida, o, al menos, hasta que Luke fuera demasiado viejo para cortar caña de azúcar. Pero por mucho que añorase y soñara en Drogheda, era demasiado orgullosa para confesar a su familia que su marido la tenía olvidada; antes que confesarlo, estaba dispuesta a cumplir su sentencia de cadena perpetua, se decía, orgullosamente.
Pasaron los meses, un año, y el tiempo corrió hacia el final del segundo año. Sólo la amabilidad constante de los Mueller retuvo a Meggie en Himmelhoch, mientras trataba de resolver su dilema. Si hubiese escrito a Bob pidiéndole dinero para el viaje a casa, se lo habría enviado en seguida por giro telegráfico; pero la pobre Meggie no tenía valor para decir a su familia que Luke la había dejado sin un penique en el bolsillo. Si un día se lo decía, sería para abandonar a Luke y no volver nunca a su lado, y todavía no estaba decidida a dar este paso. Todos los principios en que había sido educada se confabulaban para impedir que dejase a Luke: el carácter sagrado de su matrimonio, la esperanza de que un día podría tener un hijo, la posición que ocupaba Luke como marido y como dueño de su destino. Además, estaban las cosas nacidas de su propio carácter: su orgullo digno y terco, y la hiriente convicción de que la culpa de la situación no era sólo de Luke, sino también de ella. Si no hubiese cometido algún error, tal vez Luke se habría comportado de un modo diferente,
Le había visto seis veces en los dieciocho meses de su destierro, y a menudo pensaba, ignorando la existencia de cosas tales como el homosexualismo, que Luke habría debido casarse con Arne, ya que en realidad vivía con éste y sin duda prefería su compañía. Se habían hecho socios y recorrían arriba y abajo las mil millas de costa, siguiendo las cosechas de la caña, viviendo, al parecer, sólo para el trabajo. Cuando Luke venía a verla, no intentaba la menor intimidad; se limitaba a charlar una hora o dos con Luddie y Anne; después, llevaba a su esposa a dar un paseo, le daba un beso amistoso y se marchaba de nuevo.
Luddie, Anne y Meggie pasaban leyendo todos sus ratos de ocio. Himmelhoch tenía una bibloteca mucho más extensa que Drogheda, más erudita y mucho más salaz, y Meggie aprendió muchas cosas con su lectura.
Un domingo del mes de junio de 1936, Luke y Ame se presentaron juntos, muy satisfechos. Habían venido, dijeron, para obsequiar a Meggie, pues iban a llevarla a un ceilidh.
A diferencia de la tendencia general de los grupos étnicos de Australia a deshacerse y convertirse puramente en australianos, las diversas nacionalidades de la península de North Queensland tendían a conservar tenazmente sus tradiciones: chinos, italianos, alemanes y escoseses-irlandeses, formaban cuatro grupos que representaban la mayoría de la población. Y, cuando los escoceses celebraran un ceilidh, asistían todos sus hermanos de raza en muchos kilómetros a la redonda. Para asombro de Meggie. Luke y Arne vestían kilts y estaban -pensó, cuando; se hubo recobrado de la sorpresa- realmente magníficos. Nada más masculino que un kilt, en un hombre masculino, pues oscila al compás de los largos pasos con un revuelo de pliegues por detrás, mientras que la parte delantera permanece completamente inmóvil, con el bolso colgado sobre la ingle, y, por debajo del dobladillo, a media rodilla, los calcetines a rombos cubriendo las firmes piernas, y los zapatos con hebillas. Hacía demasiado calor para el plaid y la chaqueta, y ellos se habían contentado con ponerse una camisa blanca, desabrochada hasta la mitad del pecho y con las mangas arremangadas por encima de los codos.
– Bueno, ¿qué es un ceilidh? -preguntó ella cuando se pusieron en marcha.
– En gaélico, quiere decir reunión, fiesta.
– ¿Y por qué lleváis kilts?
– Porque no nos dejarían entrar si no los llevásemos, y, además, somos muy populares en todos jos ceilidhs, desde Bris hasta Cairns.
– ¿De verdad? Bueno, supongo que debéis ir a muchos, pues, si no, no comprendería que Luke se hubiese gastado dinero en un kilt. ¿No es así, Arne?
– Uno tiene que distraerse un poco -alegó Luke, un poco a la defensiva.
El ceilidh se celebraba en una especie de henil desvencijado y arruinado, en medio de un barrizal poblado de mangles cerca de la desembocadura del río Dungloe. «¡Oh, qué país éste, por sus olores!», pensó desatentadamente Meggie, frunciendo la nariz ante el nuevo, indescriptible y repugnante aroma. Melaza, moho, dunnies y, ahora, los mangles. Todos los efluvios podridos de la costa confusos en un solo olor.
Desde luego, todos los hombres que iban llegando vestían kilt, y, al verlos entrar y mirar ella a su alre-dedor/Meggie comprendió cómo debe sentirse la tosca pava real, deslumbrada por la brillante magnificencia de su compañero. Las mujeres quedaban casi anuladas, impresión que se agudizó a medida que transcurría la velada.
Dos gaiteros, luciendo el complicado tartán Ander-son de fondo azul claro, se hallaban de pie sobre un desvencijado tablado en el fondo del salón, tocando una animada contradanza en perfecta sincronía, con los rubios cabellos erizados y las rubicundas caras cubiertas de sudor.
Había unas cuantas parejas que bailaban, pero la actividad más ruidosa parecía centrarse alrededor de un grupo de hombres que trasegaban vasos de lo que seguramente era whisky escocés. Meggie se vio empujada a un rincón con otras mujeres, y se alegró de poder observar, fascinada, desde allí. Ninguna mujer llevaba el tartán de clan, pues las "escocesas no llevan nunca el kilt, sino sólo el plaid, y allí hacía demasiado calor para envolverse los hombros con aquel grueso material. Por consiguiente, las mujeres llevaban sus desaliñados vestidos de algodón de North Queensland, que no lucían en absoluto al lado de los kilts de los hombres. Había el resplandeciente rojo y blanco del clan Menzies, el alegre negro y amarillo del clan Mac-Leod de Lewis, el cristalino azul con cuadros rojos del clan Skene, la vivida mezcla del clan Ogilvy, el adorable rojo, gris y negro del clan MacPherson. Luke lucía los colores del clan MacNeil, y Ame, el tartán jacobeo de Sassenach. ¡Magnífico!
Por lo que podía verse, Luke y Arne eran muy conocidos y apreciados. Entonces, ¿cuántas veces habrían venido a esta fiesta sin ella? ¿Y qué les había inducido a traerla esta noche? Suspiró y se apoyó en la pared. Las otras mujeres la observaban con curiosidad, fijándose especialmente en su anillo de casada; Luke y Arne eran objeto de gran admiración por parte de las mujeres, y Meggie, de mucha envidia. «Me pregunto lo que dirían -pensó-, si supiesen que mi marido, aquel guapo mozo moreno, sólo me ha visto dos veces en los ocho últimos meses, y sin pensar en acostarse conmigo. ¡Miradlos! ¡Dos engreídos petimetres de las Highlands! Y ninguno de los dos tiene nada de escocés, sino que hacen comedia porque los kilts les sientan estupendamente y les gusta llamar la atención. ¡Menudo par de tramposos! Estáis demasiado enamorados de vosotros mismos para querer o necesitar el amor de nadie más.»
A medianoche, las mujeres se vieron relegadas a permanecer junto a las paredes; los gaiteros tocaron Caber Feidh y empezó e! verdadero baile. Durante el resto de su vida, Meggie recordaría aquel local siempre que oyese el sonido de una gaita. O siempre que viese revolotear un kilt. Porque era una mezcla tan fantástica de color y de sonido, de vida y de brillante vitalidad, que nunca se desvanecería su intenso y asombrado recuerdo.